Cultura y Libros

"La mitología es una brillante explicación del sentido de la vida y de la existencia"

Magdalena Aliau da clases en la UNR y es docente de un secundario en Villa Banana. Enamorada de los griegos, agradece haber nacido en Rosario. "Como toda ciudad portuaria, es fascinante y entretenida. Ojo, también es déspota", dice. Con Cultura y libros conversó sobre su pasión: los mitos. "No podemos vivir sin ellos", sostiene.

Domingo 05 de Noviembre de 2017

Magdalena Aliau espera sentada en un coqueto bar del centro de la ciudad donde todas las semanas se reúne con un grupo cerrado de amigos a leer el Quijote. El mozo la reconoce a lo lejos y se acerca a saludar con confianza. "Él es Rubén Darío. Es que mi mozo no podía llamarse de otra manera", dice con desparpajo y los dos ríen. Es docente de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Rosario, donde da clases de Literatura Grecolatina desde hace más de treinta y cuatro años, y también es profesora de una escuela secundaria en el corazón de Villa Banana. Pero asegura que no siente que esa tarea sea en sí una obra extraordinaria. "Lo hago porque me da un contacto con la realidad que estando acá, en el centro, no tendría. Me hace ver los otros mundos que se gestan en esta ciudad", explica. Enamorada de la Magna Grecia, andariega empedernida por los antiguos templos de Sicilia junto al Mediterráneo, Aliau confiesa que Rosario es la mejor ciudad donde pudo haber nacido. "Como toda ciudad portuaria y fenicia es fascinante y entretenida. Ojo, también es déspota. De pensar que el que no hace lo mío o no está en lo mío no sirve. Pero es distinta a Buenos Aires. Allá te perdés y sos uno más. Acá, en cambio, la gente que se dedica al arte se conoce, la que se dedica a la poesía se conoce. Eso sí, no nos podemos engañar entre nosotros", sostiene. Tiempo atrás fue invitada por el artista David Nahón para ser parte de una performance. La intervención consistió en que ella diera una clase en la explanada del Museo Castagnino+Macro bajo el título Esta desorientación es para siempre. El mismo año prologó el libro Desnudeces (Laborde) con relatos de ocho escritoras: Diana Luz Bravi, Egle Frattoni Romano, Ada Gil, Angélica Gorodischer, María Gutiérrez, Lili Muñoz, Jorgelina Paladini e Inés Santa Cruz. Siente auténtica pasión por los griegos, que según ella no sólo lo pensaron todo, sino que lo hicieron desde la nada.
—¿Qué fue lo que te llevó a la mitología griega?
—Lo que recuerdo es que siempre me encantaron los cuentos. Un mundo sin cuento, un mundo que no sea narrado es un mundo imposible. Necesitamos que nos cuenten, que nos muestren otras cosas, que nos hagan una visión de lo que es el otro. De chica me encantaba leer. Ahora pienso que leí precozmente. No te voy a decir que fui niña prodigio porque sería falso, pero leí muy temprano. Mi madre me regalaba libros de diversas cosas. Y yo los leía y los disfrutaba. También tenía una tía que era una gran cuentista, entonces me llegaban por ella las colecciones que venían de los hermanos Grimm y los cuentos de Andersen. A veces pienso que no he superado esa etapa. Me dedico a la mitología porque creo que los griegos lo pensaron todo y lo pensaron desde la nada. La mitología es un tema totalmente moderno porque no podemos vivir sin mitos. Esos mitos te dan un sentido de identidad, te permiten saber quién sos. Son una explicación de este mundo en el que muchas veces no sabemos por qué estamos. Por eso creo que una de las grandes crisis de esta época es la destrucción de los mitos. Nosotros, en Argentina, somos especialmente mitómanos, necesitamos de esas creencias. Los mitos te definen, los héroes que elegís te definen. Los griegos lo inventaron todo y cuando vos buscás sobre algún tema siempre encontrás un mito que hace referencia a eso.

—Por ejemplo, son diversas las invitaciones que te hacen para hablar de mitos y el amor, de mitos y fútbol y hasta de mitos y agrimensura. ¿No?
—Por ejemplo, cuando los de la Facultad de Agrimensura me pidieron que diera una conferencia yo no sabía sobre qué iba a poder hablar. Luego pensé: "Pero si es clave. El pensamiento griego lo dice. Todo es mejor según medida". Eso se ve en el mito de la creatividad de Prometeo y a partir de ahí lo ves en toda la estatuaria moderna, desde el Rockefeller Center hasta Tel Aviv, pasando por Filadelfia. Entonces. por eso me dedico

a la mitología. Porque pienso que es una brillante explicación del sentido de la vida y de la existencia.

—¿Y por dónde empezarías a contar la mitología a un principiante? ¿Hay en la historia dioses más importantes que otros?
—Hay un dios que tiene diversos roles. Están los conocidos como Zeus el dios de dioses, Hera su mujer, Afrodita la diosa de la seducción, del encanto y del amor, Eros el dios del amor, Heracles que tiene buen mercado como Hércules porque siempre aparece ese superhéroe. Pero a mí me interesa mucho Hermes. Es el dios que accede al Olimpo pero es el dios mediador, el del sentido, que en la mitología romana va a pasar a ser Mercurio, el dios de los mercaderes, del comercio, de la transacción. Que también es el dios de los ladrones. Mercurio, siendo un bebito, ya de entrada le roba el ganado a su hermano Apolo. Es el dios del intercambio, el que está relacionado con la comunicación. Con el mediar con el otro aunque el otro piense exactamente lo contrario, cosa que nos cuesta bastante, pero que como vemos no es una enfermedad nuestra, es una enfermedad actual. Creo que si no nos hacemos cargo de esa empatía con el otro no hay salida. Este dios del intercambio es capaz de negociar para ver qué salida encuentra y eso para mí es muy válido. Es el que tiene el caduceo, el gorro que lo vuelve invisible, las sandalias con alas para irse a cualquier lado. Pero es muy rico porque nos obliga a ver qué es lo que le está pasando al otro. No es el que tiene el reinado absoluto, es el petiso de los mandados, y eso también es muy importante. Si el mandadero o mensajero falla, todo se desmorona de a poco. Hermes te permite recuperar la palabra que da sentido. Y necesitamos volver a la palabra. Si no, nos manejamos con lo físico, con la violencia, con la destrucción del otro.

—En estos tiempos en que tenemos tantos medios para comunicarnos, ¿la palabra tiene el valor que se merece?
—Las vías de la comunicación son fascinantes. Pero no sé si estamos más comunicados. Estamos más informados. Vivimos en medio de la sobreinformación. Debería haber una actitud crítica acerca del uso de las redes. En lo personal no utilizo Facebook porque no me gusta el nivel de exposición. Pero sí utilizo internet, Skype y veo que informaciones que antes estaban postergadas ahora las tenés a mano. Pero falta un saber elegir, un no tragarse todo. A veces siento que todo se hace banal. El otro día la moza de un bar me decía: "Yo tengo casi un millón de amigos". Perdón querida, si eso está sólo en la pantalla dejame que te diga que no tenés ninguno. Un amigo es con quien podés tomar un café, verte cara a cara y contarte cómo estás. Todo se ha banalizado. Y todo va hacia el vacío. Y esto es lo que más les cuesta a las generaciones jóvenes, que sienten esa sensación de vacío. Ya lo dijo Borges en El Golem. Vos podés hacer todo en ese golem que es la computadora pero los sentimientos pasan por el humano. La batalla pasa por la lectura. Hay un término griego, anagnórisis, que a través de Aristóteles nos dice que significa saber leer lo que nos pasa. Tener esa capacidad de darnos cuenta, de reconocer lo que nos pasa. Con una computadora todo el día no lo podemos hacer.
—¿Y cómo vencer esa sensación de vacío en tiempos de conexión y desconexión intermitente?
—Pienso que la literatura y el arte te permiten esa apuesta. Tomar un libro y buscar ahí. La gran tarea que ya planteaba el oráculo de Delfos es conocerse a uno mismo. En este momento en que el mundo te supera, el hombre vuelve a buscar en lo que le gusta esa tabla de salvación que te permite elegir. Esta es una época muy rica para la introspección, para volver a pensarse, son esas épocas en las que parece que el mundo te va a arrasar y te va a dominar. Tiempos en los cuales los argentinos, que somos especialistas en victimizarnos, en vez de pensar qué es esto que nos está pasando decimos como aquella película de Pedro Almodóvar: ¿Qué hice yo para merecer esto? ¿Por qué no pensamos qué hago yo con esto que me está pasando? Las épocas de crisis son riquísimas, en los paraísos uno no hace nada. ¿Para qué vamos a hacer algo? Mejor disfrutemos del paraíso. En cambio, las épocas de crisis te dan la creatividad, la posibilidad de hacer cosas diferentes para encontrar la salida. Para saber qué hacer con esto que nos pasa. Acá hay un montón de gente brillante. El tema es cuando se la creen demasiado.

—¿Es el arte entonces lo que nos salva?
—La creación artística implica un erotismo. Un deseo puesto en el arte. Vos tratas de modificar el mundo. Eso sí, no hay que mezclar el artista con la persona. Esto lo aprendí de grande, porque uno identifica artista con persona. Y por ahí es un gran creador y como persona es una persona común. Porque hay un desprecio por la gente que no hace lo que a uno le gusta. Y pienso que todo es valioso. Entonces el arte implica una cuestión del deseo puesto ahí. Toda actividad hecha con pasión, con amor, es la que da resultado. La vida tiene sentido si uno ama y está relacionado pasionalmente con lo que uno hace. Sea el arte o la cosa que parezca más banal. Una cosa que me preocupa de la generación nueva es esa falta de deseo. Esa indiferencia, que no la encuentro en todos, por suerte. Los griegos tienen una palabra bellísima que nosotros manejamos, que es el entusiasmo. El entusiasmo es entheos, que significa el ir acompañado por los dioses. Ir con los dioses, así estés haciendo un té o un café eso tiene sentido. Cuando nos abandonan la pasión o el amor por lo que hacemos es ahí cuando debemos preguntarnos qué es lo que nos está pasando. Y pienso que faltan mitos, modelos, que nuestros modelos nos desilusionan. Y esto lo ves en todos los ámbitos. Vengo de la generación de Los Beatles, que marcaron toda una historia, vengo de una adolescencia en la que teníamos ideales, que no se cumplieron pero los teníamos y aquí estamos. Pienso que hay que buscar esas cuestiones que dan sentido en la vida y que las podemos encontrar en las cosas más simples como en las más complicadas. El problema es cuando desvalorizamos al otro, cuando no lo podemos reconocer. El otro vale y hasta tiene derecho a elegir una cosa que no nos guste.

—¿Y cómo transmitir esa especie de amalgama entre el deseo y el saber desde la práctica docente en la universidad?
—Amo la universidad, amo que sea pública. Siempre entro a una clase pensando que voy a descubrir algo y muchas veces me pasa. En esta universidad hay peleas intestinas que son desgastantes pero no son privativas nuestras, en la Universidad de Barcelona también pasan. En verdad lo que se discute ahí es la posición del saber. En eso pienso como Paulo Freire y en aquella historia de la barca en la que viaja un abogado, un canoero y una docente. En un momento el abogado le pregunta al canoero si conoce la ley y éste le dice que no. El abogado le responde que entonces se pierde la mitad de la vida. La docente le pregunta al canoero si sabe leer y escribir. Y éste dice que tampoco. Entonces la maestra le dice que se pierde la mitad de la vida. Cuando se avecina una tormenta el canoero les pregunta a los dos si saben nadar. Y ellos responden que no. Entonces ustedes se pierden la vida entera, les responde. El conocimiento puede pasar por la universidad, pero el saber pasa por otro lado. Adolescentes me han enseñado un montón de cosas que no sabía, tienen una vida y una calle que yo no he tenido. La erudición no sirve para nada si no hace de esto algo mejor, el conocimiento tiene que ser utilizado para hacer un mundo más bello y más digno. Hay personas que te abren la cabeza, la universidad tiene que ser algo que pase por adentro tuyo.

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