Grandes escritores

La memoria de Sciascia

Un homenaje al gran narrador siciliano —de quien este año se cumplió un centenario del nacimiento—, que hace hincapié no solo en su talento literario sino en su elevado sentido de la ética

Domingo 01 de Agosto de 2021

La feliz aunque abrumadora obsesión de conmemorar fechas célebres del panteón literario a veces puede incurrir en olvidos fatales. Involuntarios, posiblemente, pero que suelen resultar en un juicio malintencionado de la selectiva memoria colectiva, sintomáticos, indicios de una sociedad que conoce sus males pero que parece olvidar los remedios que podrían, sino salvarla, al menos aliviar su convalecencia, mostrándole un paradigma de hombre y de escritor capaz de resucitarle la esperanza, de marcarle un camino de integridad moral, de encendida denuncia y de lucha contra la indiferencia que tolera y fomenta la repulsiva connivencia entre el Estado y las organizaciones delictivas.

Este año, justamente, y de manera silenciosa, se cumplieron cien años del nacimiento, en 1921 y en la remota localidad siciliana de Racalmuto (Agrigento), de Leonardo Sciascia. Maestro de escuela; periodista; legislador de Palermo, de Italia y de Europa; “mafiólogo” a regañadientes; intelectual crítico y escritor, a la vez que prolífico y agudo, comprometido en el combate contra los vínculos entre el poder político y la mafia. Combate que no solamente libró desde los escaños del Parlamento, sino que comenzó a practicarlo desde la literatura, confiando en que ella, como llegó a escribir, “es la forma más absoluta que puede asumir la verdad”.

el-regreso-del-gran-leonardo-sciascia-y-los-libros-que-no-volveran.jpg

A la hora de reconocer o de inventar a sus precursores, Sciascia invocó la tradición literaria italiana y señaló como sus maestros a Luigi Pirandello, de quien toma y recrea el complejo juego de las engañosas apariencias y la imposibilidad de alcanzar una única verdad, y a Alessandro Manzoni, el célebre autor de I promessi sposi (Los novios), que le reveló, con La historia de la columna infame, una técnica de indagación de documentos y fuentes para investigar y reconstruir literariamente episodios históricos que permanecen confusos, irresueltos o silenciados porque en ellos se cifra la corrupción o la ineptitud de los privilegiados y de las clases que detentan el poder. También destacó la admiración que profesaba por nuestro Jorge Luis Borges, por Diderot y por Voltaire, cuyo Candide reescribe recontextualizándolo en la extraordinaria novela Cándido o un sueño siciliano (1977), que comienza exactamente con la llegada al mundo de Cándido y de los norteamericanos “liberadores” a la isla, la noche del 9 al 10 de julio de 1943.

Con su método de escritura, denominado racconto-inchiesta, Sciascia construye una forma personal de escritura de novelas “policiales”, con elementos del clásico policial de enigma y del género negro, que le permiten “ficcionalizar la realidad”, entendida ésta como determinados hechos —especialmente asesinatos y desapariciones— que efectivamente ocurrieron, pero cuya “verdad” no ha podido ser develada. De esta forma, Sciascia indagó y exploró tanto sucesos pasados de la historia siciliana e italiana como acontecimientos recientes, de su época, para convertirlos, gracias la escritura y a esta técnica compositiva, en novelas que conjugan el placer de seguir las pistas para resolver un enigma, con cuestiones que atañen a la ética y a la moral, y que ofrecen al lector la posibilidad de reflexionar sobre las conductas humanas y sobre la red de nefastos acuerdos que trama el Poder. Por eso, en algunos de sus libros, estamos invitados a viajar en el tiempo, como en El archivo de Egipto (1963), ambientado a finales del siglo XVIII, que nos lleva al encuentro de un abad que falsifica antiguos manuscritos para sostener o poner en tela de juicio los privilegios de la aristocracia siciliana, o en Los apuñaladores (1976), que recupera el apuñalamiento simultáneo de trece personas en diversos puntos de Palermo, ocurrido el 1° de octubre de 1862, con la finalidad de sembrar terror en la ciudad. La investigación que realiza el abogado piamontés Guido Giacosa descubre al instigador, aunque en un tiempo viciado por el cambio de lealtades de la nobleza siciliana, que renuncia a su “fidelidad” a los Borbones para alinearse con la Casa de Saboya, hacer justicia se convierte en un objetivo inalcanzable. Giacosa “creía que su fracaso, el fracaso de la ley, de la justicia, se debía a Sicilia, a las costumbres, las tradiciones, el carácter, la mentalidad de esta pobre gente que está mucho peor de lo que parece. Pero en realidad se debía a Italia”.

Leonardo-Sciascia-GettyImages-1288071075.jpg

En otros de sus libros, en cambio, como en Puertas abiertas (1987), El teatro de la memoria (1981) —la más pirandelliana de sus novelas— y La desaparición de Majorana (1975), la narración se ambienta en los años del fascismo y sentimos en ellos el clima de miedo, violencia y opresión que caracteriza a las dictaduras. Ya sea, como en Puertas abiertas título que condensa la expresión de Mussolini de que, gracias a su intervención en la isla, los sicilianos gozaban de tanta seguridad que no necesitaban dormir con las puertas cerradas—, para contar las cavilaciones morales del juez que debe decidir si condena con la pena de muerte, como pretende el régimen, o a cadena perpetua, a un hombre que ha cometido tres asesinatos; o como en La desaparición de Majorana, que va tras las huellas del notable físico que “se borró del mapa” para no participar de la creación de la bomba atómica que hubiera llegado a las manos irracionales de las potencias del Eje.

Cardenales y obispos, diputados y alcaldes, banqueros, empresarios y mafiosos, hombres de honor, campesinos y mineros, carabineros, soplones, abogados y mujeres feroces y violentas integran la galería de personajes que Sciascia compone quizás copiando el trazo de los modelos que le ofrece la realidad. Convirtiéndoles en lenguaje, en literatura. Entre ellos, en mi opinión, se destaca el capitán Bellodi, protagonista de El día de la lechuza (1961). Socialista y expartisano oriundo de Parma, pero destinado en el pueblo de C., en Sicilia, Bellodi es quien emprende la tarea de resolver el asesinato de un pequeño empresario dedicado a la obra pública. Defensor de las leyes de la República, se resiste a la tentación de imitar al fascismo y utilizar la fuerza y la tortura para obtener confesiones y combatir así a la mafia, a esa potencia omnipresente que mueve todos los hilos, con la protección de Roma, de los ministros y diputados que, desde el corazón del poder, sostienen que la mafia es una invención de los comunistas del Norte. Junto al capitán Bellodi, el inspector Rogas, de El contexto (1971) y el brigada Lagandara de Una historia sencilla (1989) —su breve y última gran narración— son personajes que encarnan un ideal de policía que respeta la ley y que busca “hacer justicia”.

leonardo-sciascia1.jpg

Tanto en sus novelas, como en los relatos reunidos en El mar color de vino (1973) o Una comedia siciliana (1983), el lector encontrará, a la vez que la construcción de una identidad siciliana en la literatura, los temas o columnas que sostienen la producción y el universo narrativo de Sciascia: la soledad del hombre, el sueño y el olvido, la identidad y la memoria, el código de silencio —la omertà— que permite la vida delictiva de la mafia, la corrupción de la política, la mezquindad de la Iglesia y tantos otros males que en los tiempos y en las patrias de Sciascia, como hoy, aquí, mantienen intacta su vigencia. No es forzada la extrapolación, en absoluto. Leonardo Sciascia concluyó que Sicilia era la metáfora de Italia, y del mundo. Que, en el fondo, y en la superficie, había y hay una continuidad en los problemas y los conflictos de su isla y los del resto de Italia, y del mundo. Que la impunidad de los poderosos y su alianza con las redes del crimen que encontraba en Sicilia, se repetían también en otras latitudes. En todas, presumiblemente. Por eso, recordarlo, homenajearlo y, por sobre todo, leer su obra, nos llevará a descubrir a un escritor político y a valorar la literatura comprometida, la moral de la razón y la búsqueda de la verdad, más allá de cualquier interés sectario o partidista.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario