La lección de la peste
"Para «quedarse en casa» primero hay que tener casa", asegura el autor de este texto, artista plástico y poeta.

Domingo 26 de Abril de 2020

¿Qué significa esta pandemia? En caso de que "signifique" algo, por supuesto… ¿Cómo se forjó? Y si copiando el modus operandi de todas las pestes que la precedieron se batirá en retirada cuando a ella se le antoje, ¿qué moraleja —como si estuviéramos ante la fábula de la hormiga y la cigarra— podremos extraer los reyes de la creación de su feroz cruzada, implacablemente mortífera?

Lo primero que me viene a la mente, es que el rango de "reyes de la creación" que tan gratuitamente nos hemos otorgado quizá nos quede un poco grande, si de la noche a la mañana el Homo Sapiens, que tanto se ufana del peso y el volumen de su masa encefálica, debió cederle el cetro ¡y la corona! a un corpúsculo descerebrado que no tiene ni pies ni cabeza, pero que sí es capaz de sacar de circulación al inquilino del número 10 de Downing Street —el sobreactuado Boris Johnson—, de abrir enormes fosas comunes para dar cabida a los muertos en la mismísima capital del imperio: Nueva York, y de descalabrar la economía, no solo de los países llamados —por pura cortesía diplomática— "emergentes", sino también de las verdaderas potencias que comandan los destinos del mundo y sus aledaños.

Pero como pandemia y pandemónium son palabras vecinas en el diccionario, y que además comparten el inclusivo prefijo "pan", ¿cómo fue que llegó a instalarse semejante Pandemónium —lugar donde los poetas sitúan la capital del infierno—, en este, nuestro diminuto e insignificante planeta? ¿Será porque una de las delicatessen de la cocina china es la sopa de murciélago? ¿O será porque a algún aprendiz de hechicero contratado por la CIA, por los herederos de la KGB o por un puñado de mandarines chiflados, para que pergeñara un arma biológica secreta se le escapó la perdiz —digo, el virus—, y fue así como se desencadenó la tragedia?

Tampoco es desdeñable la hipótesis animista (que también circula) de una revancha de la naturaleza: la madre tierra, harta de ser depredada, esquilmada y atormentada por unos vanidosos insectos que pululan sobre su superficie, habría decidido deshacerse del flagelo usando un potente plaguicida llamado "coronavirus", y si en lugar de mirar a nuestro alrededor optamos por levantar la vista hacia el cielo, en un abrir y cerrar de ojos se plasma, luminosa, la hipótesis del castigo divino.

Para escarmentar a la especie humana por todas las iniquidades cometidas, habría entrado en acción el cuarto jinete del Apocalipsis, quien tiene "por nombre Muerte"… y "se le dio poder sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con la espada, con el hambre, con la peste y con las fieras de la tierra" (Apocalipsis, 6:8).

(A decir verdad la espada —o la metralleta— pero más que nada el hambre, hace tiempo ya que reinan, soberanos, en todos los continentes, y en cuanto a las pobres "fieras de la tierra", hoy son ellas las que deben cuidarse de ser exterminadas por nuestra insensatez, y no a la inversa).

Quedaría, pues, solo la peste —el universal imperio del Covid-19—, como única herramienta para que se materialice la cólera divina y, aun así, deberíamos preguntarnos cuál es la lección a asimilar por los pocos o los muchos afortunados que sobrevivan, una vez consumada la didáctica y aleccionadora hecatombe (no hay que olvidar que "La letra con sangre entra").

Como ya ha sido repetido hasta el cansancio —y sin que esto se constituya en una malintencionada chicana política—, para "quedarse en casa" (léase: respetar la cuarentena) primero hay que tener casa, y no es lo mismo respetar la cuarentena en un piso exclusivo con vista al majestuoso Paraná, que en un rancho de chapa y cartón, con vista a unas viejas vías de ferrocarril abandonadas.

De modo que la única lección moralizante que podría dejarnos —si es que nos deja alguna— esta brutal dictadura de la peste, es la sobada, gastada y estúpida perogrullada de que todos somos iguales —¡no ante la ley, lo cual es un sofisma vergonzoso!—, sino ante la muerte.

Da lo mismo que nos entierren como a Mozart en una fosa común, como a Haendel en la abadía de Westminster, o como a don Omar, el almacenero del barrio, en un cementerio suburbano en ruinas: nos guste o no nos guste, una vez muertos todos nos transmutamos en el mismo deleznable despojo…

Aunque a esta lección (aterradoramente sencilla), no me cabe duda de que la olvidaremos bien pronto: quizá recordemos a La Fontaine y a la hormiga que atesoraba dólares en paraísos fiscales, mientras la cigarra se desgañitaba cantando como una idiota… pero de esa auténtica demócrata insobornable que es la Muerte… ¿de eso?, mejor ni hablar.