La historia de una chica difícil
En el texto de abajo, la docente e investigadora rosarina reflexiona sobre un libro de Federico Lorenz que sigue despertando controversias, dedicado a bucear en la vida de una joven montonera que cometió un recordado atentado.

Domingo 20 de Octubre de 2019

¿Cómo contar la historia de Ana María González, aquella joven montonera de veinte años que en un gesto que podría ser leído como demencial y al mismo tiempo extrañamente valiente —y que fue utilizado por los personeros de la dictadura como el ejemplo máximo de la traición de la que puede ser capaz un "delincuente subversivo"— puso la bomba debajo de la cama que mató al jefe de la Policía Federal, el general Cesáreo Cardozo, en la madrugada del 18 de junio de 1976?

Federico Lorenz reconoce en Cenizas que te rodearon al caer (Sudamericana) que se trata de contar la historia de una chica difícil, una verdadera hija de su época, los sangrientos años setenta. La imagen de Anita, como la de tantos otros jóvenes asesinados por aquel entonces, parece haber quedado casi sepultada (como si la hubieran asesinado varias veces) por los argumentos que siguen justificando la feroz represión, el ojo por ojo, y también por el extraño silencio de muchos sobrevivientes de las organizaciones revolucionarias, de sus compañeros, de los familiares de las víctimas del terrorismo de Estado. Es en este sentido que la investigación de Lorenz puede ser leída como un intento sagaz por comprender las actitudes y creencias de una época que llevó a muchos jóvenes a montarse en una ola de violencia de la que ya nunca más se pudieron bajar. Porque como se afirma en el primer capítulo, escribir desde su oficio de historiador una biografía de la breve vida de Ana María González, apelando a los pocos archivos y testimonios que encontró, le permitió ahondar en los valores y en los condicionantes de la vida de los militantes revolucionarios de la década del setenta. También en los grados de violencia aceptados por la sociedad que convivió con el terrorismo de Estado porque, como ya lo dijo en su momento Pacho O'Donnell, la dictadura no hubiera sido posible sin una base social importante, mal que a muchos todavía les moleste reconocerlo.

Federico Lorenz dinamita en este libro lo que enuncia como los sentidos comunes fuertes que la sociedad aglutina alrededor de la dictadura y en su investigación logra darle a Anita una carnadura, la condición humana que justamente los represores arrancaron a tantos jóvenes en la clandestinidad de la tortura. Es extraño que sigan apareciendo, en una sociedad como la nuestra donde mucha gente está absolutamente convencida de que el tema de la dictadura está agotado, libros como este que desafían el acostumbramiento, la saturación ante tanta muerte, y tratan de entender el temor y temblor de una época.

Anita descubre que en el profesorado de nivel inicial donde estudia tiene por compañera a Chela, la hija de Cardozo. Asesorada por sus superiores de la Columna Norte en la estructura montonera, se hace amiga de Chela para poder ingresar al edificio donde vive con su familia, y luego de dos meses de meticulosa planificación logra ejecutar con éxito el atentado. Anita pasa inmediatamente a la clandestinidad y se convierte así en un verdadero trofeo tanto para los Montoneros como para la dictadura. Creo que el logro más interesante de este libro se encuentra en el relato minucioso sobre las consecuencias irreversibles que tuvo para la vida de esta joven la desmesura de su acción militante. El éxito de su operación la condenó a muerte, de la mano de la ceguera de la cúpula de Montoneros, que militarizó a sus fuerzas, infravalorando al adversario y bajo el demencial convencimiento de que iban a lograr una victoria final al derrotar a la dictadura militar. Las consecuencias entre los militantes populares fueron sangrientas, de acuerdo con los datos consignados por Rodolfo Walsh casi un año después en su famosa Carta abierta.

Seis meses después de haber cometido el atentado contra Cardozo, aislada y acorralada como tantos de sus compañeros militantes por la cacería en que se había convertido la dictadura, Anita y su compañero Roberto Beto Santi se enfrentaron a tiros con un retén policial en San Justo. Con heridas gravísimas, y sabiendo el destino que le tocaba si caía en manos de los militares, se negó a que la llevaran a un hospital y murió el 5 de enero de 1977. Falleció en la clandestinidad, lanzada desde su militancia territorial en las villas de la zona norte del Conurbano, desde su vida de perejil y escasísima experiencia militar, a lo más cerrado de la estructura montonera. Se convirtió así, como Norma Arrostito, en una verdadera "heroína de la orga", que había pasado del anonimato a ser considerada por sus enemigos como una subversiva de máxima peligrosidad. Como tantos de sus compañeros, murió sola, acorralada, en el olvido.