Cultura y Libros

La caja negra

Una reciente novela nacional plantea una situación estremecedora: un avión desaparece en el mar. Tiene un moderno sistema de caja negra con video que permite ver los instantes previos al accidente dentro de la cabina. Al revisarlo, la escena es extraña: el comandante esbozó una sonrisa antes de estrellarse. Abajo, el capítulo I.

Domingo 14 de Abril de 2019

—¡Por Dios! ¡¿Qué está pasando?!

Mientras manipulaba los controles de vuelo, en plena emergencia, Peter Kendall tenía presente lo que había escuchado por primera vez en el viejo modelo sonoro de caja negra de un avión siniestrado.

—¡¿Qué está pasando?!

Había sido un grito desesperado que nunca tendría respuesta.

La simplicidad de la pregunta contrastaba con el drama de un avión que caía en el océano. En la grabación había quedado registrado también lo que sobrevino luego: un impacto descomunal, el estallido de los materiales que componían un avión de línea y, después de un instante de silencio, un efímero coro de quejidos. La voz de aquel comandante muerto solía aparecer tanto en sus sueños como en su vigilia con persistente intensidad.

—¿Qué está pasando? —volvió a escuchar en su cabeza mientras la cabina de comando se sacudía intensamente con una turbulencia discontinua. Su voz y la del copiloto Steve Jones se contraponían en una rutina de referencias técnicas.

—Potencia —pidió Kendall.

—No responde —replicó Jones.

—Turbina dos y tres.

—Negativo.

La ventanilla del comando solo permitía ver una niebla espesa que la máquina rompía a gran velocidad. Una luz roja intermitente se encendió en el tablero. Kendall alcanzó a advertir la mueca de preocupación del copiloto y activó una perilla. De inmediato nuevas lucecitas del comando acentuaron el clima de irrealidad de la cabina mientras los vertiginosos copos de nubes bajas continuaban deshaciéndose sobre el parabrisas frontal. Otra luz comenzó a titilar. La niebla se volvía cada vez más amenazante. El copiloto se ajustó instintivamente el cinturón de seguridad.

—Estamos en problemas —murmuró Kendall sin dejar de mirar los controles, mientras nuevas chicharras y el ruido de turbinas se sumaron al caos electrónico. La réplica del copiloto le dio la razón:

—Bajamos a seiscientos pies y seguimos. Una tercera voz se sumó al diálogo:

—¡Terrain… Terrain…! ¡Pull up! ¡Terrain…Terrain…!

Era la voz femenina de una grabación programada para advertir a los tripulantes sobre la proximidad de la tierra. Tenía un mensaje claro: se debían potenciar al máximo los motores para evitar el impacto. Su uso en los aviones era obligatorio como parte del llamado "Ground proximity warning system" o sistema de alerta de proximidad del suelo (GPWS), desarrollado por un ingeniero canadiense, que había encontrado en el término "terrain" la conjunción idiomática ideal del significado idéntico de la palabra en los dos idiomas de su país, con un origen común en el término latino "terra".

—¡Terrain! ¡Terrain! ¡Pull up! ¡Terrain!

Kendall dio mayor potencia a los motores. Un fuerte ruido estremeció la cabina. El copiloto lo miró e hizo un comentario apenas audible en ese pandemónium de crujidos y chicharras que advertían, con eficiencia lúgubre, lo que ningún comandante ni tripulante de avión de línea había contado jamás: el impacto de su enorme máquina sobre la mar de una tormenta.

Continuó mirando hacia adelante imaginando la presencia del océano encrespado, que se corporizaba en la ventanilla como una lluvia espumosa.

—Todavía no, todavía no… —se repitió. Empujó vanamente la palanca de comando.

—Allá vamos —fue su sereno comentario, como si se estuviera lanzando desde un trampolín a una pileta.

Súbitamente la cabina dejó de vibrar y las chicharras se transformaron en un único y monótono sonido persistente, en reemplazo del impacto real, dando por finalizado el programa de un accidente ficticio en el simulador de vuelo.

El copiloto se reclinó sobre su asiento, desajustó su cinturón y miró a Kendall, que permaneció en silencio, con los ojos fijos hacia adelante.

—Si es desagradable acá, imaginate en el océano —comentó Jones.

Se puso de pie y caminó hasta el programador del simulador, que reproducía al detalle las dimensiones, instrumentos y circunstancias de la cabina de comando de un Boeing 777.

Mientras operaba el teclado de la computadora observó a Kendall, que seguía en silencio. Se preguntó si acaso estaba padeciendo el estrés postraumático del falso accidente.

—¡Hey! ¡Volvé a la vida! ¿Dónde estás?

Kendall reaccionó sin poder explicarle que había sentido una intensa sensación, como si el accidente hubiera sido verdadero y la voz de Jones lo hubiera rescatado del desastre. Salió de su mutis y respondió:

—En Tonkín, en el sesenta y nueve, dentro de la cabina de un viejo Skyhawk.

Jones se le acercó y le puso una mano sobre el hombro. Mirando la hora dijo:

—Que yo sepa, estamos en 1998 y son las dos de la tarde de un miércoles invernal en Dallas. ¡Skyhawk! ¿Cómo podíamos volar esos sarcófagos?

Jones caminó hasta la salida del simulador.

—Vamos a comer algo. Estrellarme en el Pacífico Norte siempre me da hambre.

Luego de recoger un disco con el registro audiovisual de la experiencia en el simulador, ambos abandonaron la cabina.

En un amplio galpón de entrenamiento vieron otros dos enormes artefactos como el que habían tripulado, bailando tácitas melodías sobre sus patas hidráulicas, simulando travesías, fallas mecánicas y tormentas. Kendall se detuvo junto a una de las máquinas, que se destacaba por su dinamismo. La contempló en silencio. Sabía que la marcada excitación de los grandes pistones que la sostenían recreaba una emergencia de considerable gravedad. Dentro de ella había algún piloto intentando evitar la chicharra final. Los sistemas de simulación replicaban la cabina de un avión y un plan de vuelo programado previamente en sus ordenadores. Los pilotos veían también imágenes virtuales idénticas a las reales, ya fueran de un aeropuerto o del lugar de un accidente. Los movimientos de la cabina reproducían las circunstancias de un vuelo real y de eventuales emergencias. Una turbulencia simulada no era muy distinta de la de un avión en vuelo, y una pérdida brusca de altura inquietaba a los pilotos, aun a sabiendas de que estaban más seguros allí que en el living de sus casas. Esto a Kendall no lo conformaba:

—Deberíamos poder sintetizar el pánico, e incluso el dolor. Jones lo miró extrañado.

—Lo que digo es que de nada sirve simular el choque si no lo sentís.

—No lo veo factible, socio.

—Algún día se hará. Un simulador electroquímico que actúe sobre el cerebro e induzca las emociones de una emergencia.

—¿Hablás en serio? ¿Algo así como cables en el cerebro o tubos inyectados en la médula? Me asustás. Parece una película de David Cronenberg.

—No me interesa la ciencia ficción. Suelen plagiar lo que está por venir.

Al descubrir la mirada preocupada de Jones cambió enseguida de tema:

—¿Pensás que "los tiburones" aceptarán nuestra nueva caja?

—Siempre y cuando no les hables de tus locas ideas de simular la muerte.

Novela

La caja negra

Carlos Coscia

Sudamericana, 192 páginas, $399

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