Cultura y Libros

La bestia periodística

El lunes pasado falleció Tom Wolfe. En principio pareció que el impacto emocional era lo de menos: Wolfe tenía 88 años y se supone que vivió intensamente.

Domingo 20 de Mayo de 2018

El lunes pasado falleció Tom Wolfe. En principio pareció que el impacto emocional era lo de menos: Wolfe tenía 88 años y se supone que vivió intensamente. Estábamos hablando de una vida y una obra para festejar. Sin embargo, cierto contexto del estado de las cosas en el Periodismo actual tiñó la despedida de melancolía. Desde la impunidad de Twitter, en donde todos exageran sin ponerse colorados, escribí ligeramente: "Se nos fue el mejor periodista del siglo XX (el mejor, bah). Si algo nos faltaba (una formalidad) para despedir al Periodismo en el que creemos y más nos gusta era la muerte de él. Ahora no queda nada". Los diarios de Estados Unidos (y algunos argentinos también) pusieron a Wolfe en su tapa. "Adiós al padre del Nuevo Periodismo". "El gran cronista de las ambiciones norteamericanas". "El escritor que capturó la extravagancia de su época". Los adjetivos se mezclaban y se repetían: "ácido", "inconformista", "despiadado", "provocador". Por una vez, los títulos, las exageraciones y los adjetivos de rutina en los obituarios se volvieron ciertos.

El universo de los chismes culturales y la literatura internacional sólo registra a Tom Wolfe por esa novela enorme y best seller llamada La hoguera de las vanidades (1987), que fue llevada al cine por Brian De Palma con Tom Hanks, Bruce Willis y Melanie Griffith. También lo reconoce por su imagen algo estrafalaria de dandy, vestido siempre con trajes claros de caballero del sur de EEUU. Pero detrás de esa fachada elegante y conservadora, Wolfe fue un revolucionario, un inconformista y cuestionador nato que movilizó un cambio fundamental para el Periodismo en la mitad del siglo XX.

En 1957, con su doctorado de literatura norteamericana bajo el brazo, Tom Wolfe no proyectó conseguir un puestito para perpetuar la cháchara universitaria. No. Se fue a trabajar a los diarios. Al New York Herald Tribune. "Escombros y fatiga por doquier...", como él mismo lo describió. Ahí, desde un suplemento dominical que era el último orejón del tarro, un sucucho abandonado donde trabajaban tres tipos, Wolfe y su compañero Jimmy Breslin empezaron a pergeñar a pura práctica lo que después se bautizó como Nuevo Periodismo: notas largas escritas con técnicas literarias, notas que se podían leer como una novela, con diálogos, con monólogos interiores de los personajes, con un gran laburo de observación sobre su entorno. "En una época en la que todo el mundo estaba diciendo que tenías que competir con la televisión y escribir corto, yo hice todo lo contrario", dijo una vez el viejo Tom.

Pero lo más notable fue lo siguiente: Wolfe se animó a sacar al periodista del tonto trono del observador neutro, del aburrido "tono beige" de la crónica, del gris mortecino de las redacciones. Lo sacó a la calle a experimentar, a pasar horas entrevistando y observando, a convivir hasta semanas enteras con los entrevistados. Y no fue revolucionario sólo en las formas: en los contenidos también salió a iluminar rincones oscuros y temas marginales, desde los entonces excéntricos hippies que experimentaban con drogas hasta la alta sociedad neoyorquina que pretendía codearse con los Panteras Negras.

Tom Wolfe era certero, ponzoñoso y divertido. Su estilo de escribir era una forma de entender el mundo. Tenía el sagrado don de la fluidez narrativa y un ojo y un oído excepcionales para captar a la gente. Provocador (con argumentos) de los progres culposos, se convirtió con el tiempo en la perfecta antítesis de lo políticamente correcto. Si te querés liberar con unas cuantas risotadas del peso de esta sociedad falsa y violenta, sólo tenés que leer a Wolfe. El de La izquierda exquisita o el de La hoguera de las vanidades. El de Lo que hay que tener o el de La palabra pintada. Y si sos periodista no deberías salir a la calle sin haber leído antes Pequeñas momias o El Nuevo Periodismo. Y todo te va a resultar menos dramático de lo que parece (o de lo que realmente es).

Algunos te van a desanimar diciendo que Tom Wolfe "se tiró mucho a la derecha", que apoyó al gobierno de George W. Bush y la invasión a Irak. Son apenas detalles de una autobiografía extensa que él nunca quiso escribir. Lo esencial es su legado, escrito para siempre en sus textos: la convicción de que los periodistas podían ser libres, libres de los formatos rígidos del Periodismo, libres de las caprichosas imposiciones de los editores y los medios, y libres al fin para plasmar su visión del mundo desde la investigación y el trabajo exhaustivo y honesto.

El martes (cuando se conoció la noticia de la muerte), los medios eligieron las clásicas fotos del "Tom Wolfe dandy". Pero la foto que mejor lo refleja es la que acompaña a este texto: la camisa arremangada, la espalda ligeramente encorvada sobre la máquina y la mirada fija en el siguiente renglón. Es la imagen que explica por qué Tom Wolfe se ubica lejos de los típicos escritores estrella y los opinólogos de toda calaña que miran a los periodistas desde arriba y les dan consejos inútiles. Wolfe se curtió trabajando en los diarios y las revistas. Se sentó durante horas trasnochadas en las sillas desvencijadas de las redacciones, convivió con periodistas pendencieros y borrachos, pateó muchas calles observando y tomando notas y transpiró en cientos de "cierres infernales". En 1973, después de escribir la última palabra de Remordimiento posorbital, su feroz retrato de los astronautas del Apollo 17, terminó tan liquidado que pasó tres meses en cama comiendo "sopita y verdurita", según recordó él mismo con sorna. Y hasta su primera novela, La hoguera..., se escribió (en su primera versión) en capítulos a tiempo de cierre para Rolling Stone. "Fueron sesenta semanas implacables, lo que significó veintisiete endiablados cierres consecutivos". ¿Cómo hacía para escribir con semejante precisión y gracia a tiempo de cierre? No pregunten. Era una bestia periodística. Una bestia refinada, obsesiva y detallista. La bestia y la bella en una misma persona.

Claro que la mirada crítica nunca es gratis. Se paga en cómodas cuotas y a largo plazo. Tom Wolfe cosechó muchos enemigos, pero también consiguió unos pocos aliados indispensables. Se estresó, enfermó y deprimió, pero siempre volvía a su máquina de escribir, o se ponía su impecable traje y se tomaba una copa en alguna reunión neoyorquina (una excusa para seguir observando y escribiendo).

Cuando ahora leemos El Nuevo Periodismo, el libro en el que Wolfe retrató y explicó ese movimiento (que también incluía a Gay Talese, Hunter S. Thompson, Rex Reed y Terry Southern, entre muchos otros), se nos aparece como un gran cuento de hadas de los años 60, la gran mística de que todo era posible. Y tarde nos damos cuenta de que ese era en definitiva el cuento de hadas del siglo XX. Por eso la muerte del viejo Tom llega en un momento complicado: los medios buscan salidas para la crisis de los formatos convencionales, el Nuevo Periodismo ya es viejo y el Periodismo a secas es un oficio precarizado. La libertad periodística es solamente otro valor de mercado y, como si fuera poco, se banaliza cada día entre tanta posverdad y noticias falsas en las redes sociales. Mientras tanto, desde esa foto en blanco y negro, Tom Wolfe parece decirnos en silencio: "Esto es un bajón, sí. No tiene sentido. Es pura confusión. Pero no te creas que antes era tan distinto. Mejor, no dejes de escribir nunca".

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

script type="text/javascript"> window._taboola = window._taboola || []; _taboola.push({flush: true});