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La bailarina que escribe el movimiento

A partir de sus experiencias con el cuerpo Natalia Pérez produjo un texto singular, donde la palabra se interna en regiones inexploradas y permite pensar la vida desde otra parte

Domingo 06 de Diciembre de 2020

Natalia Pérez es bailarina y profesora de danza. Su relación con el cuerpo es vital, pero no es menor el manejo que despliega con la palabra. No es de las que llevan rodete ni tutú. Ni es el calco de la figura silenciosa que emerge en puntas de pie y con los brazos en alto desde adentro de una cajita musical. Baila contact, una danza que se basa en la improvisación y sobre todo en el contacto, en la interacción constante entre dos o más personas. Y es ahí, donde el cuerpo propio se encuentra con el de otros, que su palabra toca, se hace escritura y vibra. Es la bailarina que escribe el movimiento. La que registra el detalle para contarlo. Y además lo hace con gracia, inteligencia y una mirada tan sutil como crítica.

Apuntes de clases (Río Belbo) se llama el libro que Natalia publicó hace menos de un mes a través de una joven editorial local (que llevan adelante Fidel Maguna y Bruno Trivisonno) que acompañó la publicación con el mismo cuidado con el que se guía a un cuerpo que empieza a moverse, que sale del piso, que busca bailar.

En una cubierta de un delicado color rosa la firma de la autora aparece debajo del nombre del libro y se repetirá solamente una vez en la contratapa, escrita con precisión y generosidad por Alberto Giordano, docente de teoría literaria en la Universidad Nacional de Rosario, escritor, investigador, ensayista y un estudioso de la escritura del yo.

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No hay datos de la autora, salvo los que son parte de lo que cuentan sus textos. Es a través de ellos donde nos enteramos de que es maestra de danza, que da clases de anatomía vivencial, que es hija de un ingeniero y una profesora de inglés, que tiene una hermana, que es tía. Que de chica practicó gimnasia rítmica en Estudiantil y que gracias a la profesora que la echó de su clase –porque ella no quería seguir compitiendo– fue que llegó al estudio de Gabriela Morales, donde conoció el contact y su vida cambió. Que estudió un par de años de Psicología y de Letras, pero que un día logró dejarlo todo para darle lugar al deseo de bailar.

Apuntes de clases se convierte así en un diario que encadena reflexiones, notas, ideas que surgen de sus procesos de aprendizaje y se relacionan con vivencias personales, encuentros cotidianos con maestros y amigas, gustos literarios, películas, viajes, música, la memoria familiar, los recuerdos de su propia infancia.

El aprendizaje y el movimiento son el punto de partida y el de llegada. “Se termina la danza y ¡plop!, se esfuma todo ¿Por qué no elegí ser escultora, constructora o algo por el estilo?”, dice sobre lo pasajero que se hace el arte de bailar. “¿Hay una frontera entre moverse y soltar?”, se pregunta cuando repiensa el equilibrio y la estabilidad. O cuando interroga: “¿Cuál es la diferencia entre mi cuerpo cuando trabajo y mi cuerpo de vacaciones?”, y a la vez recuerda que en vacaciones tiene “un cuerpo feliz”. “Necesito cambiar la forma en la que pienso para poder cambiar las estructuras que tengo para dar clases”, sostiene, y se pregunta: “¿Qué se mueve cuando me muevo?”. “A veces para moverme me empantano en una quietud aparente”, confiesa.

Las entradas del diario abarcan tres años (de 2017 a 2020) y nos acercan a escenas que se despliegan como capas de una y todas sus vidas. Es así que aparecen la vida como bailarina, como maestra, como lectora, como cinéfila, como artista, como aprendiz, como mujer, como amante, como amiga.

Al mundo vital de la autora ingresamos por esas entradas fechadas y también por el acertado índice ubicado al final del libro, un atajo que también nos habla de su intimidad.

Como si estuviéramos de frente a su biblioteca, repasando estantes de libros, discos y películas, unos 71 nombres listados (Joan Didion, Roland Barthes, Liliana Bodoc, Louise Bourgeois, John Berger, J. S. Bach, Bob Dylan, Fernando Kabusacki, Abramovic, David Lynch, Isadora Duncan, Dalí y Gala, Enrique Pisani, Luis Pescetti, Juan L. Ortiz, Piripincho) nos hablan también de esos elementos que componen la narración de la vida de una persona.

Querido diario

Previo a una mudanza y con ánimo de limpiar una biblioteca, en diciembre de 2017, la autora se dispuso a ordenar una serie de cuadernos que tenía guardados. Eran sus apuntes de clases escritos desde hacía varios años, a mano, sobre hojas rayadas. Los leyó y empezó a transcribirlos en su perfil de Facebook, día por día.

Al poco tiempo de compartirlos en el espacio virtual recibió en la bandeja de entrada de esa misma red social un mensaje del escritor Alberto Giordano, que además de ser un estudioso de la escritura autobiográfica también es un diarista perseverante.

Su libro El tiempo de la convalecencia –que Pérez cita en sus apuntes– nace precisamente a partir de posteos que el escritor hizo a modo de diario también en Facebook.

En ese mensaje Giordano le decía que en sus excursiones por la red la estaba leyendo. Le advertía que tenía algo entre manos –que era algo así como un diario– y que tal vez ella aún no sabría qué forma tomaría mañana pero que ante todo no dejara de registrar. Y si alguien sabe del encanto de la escritura para describir lo vivo es Giordano.

No sólo la animó a seguir escribiendo como lector de diarios que es, también porque esos apuntes de Pérez (que como dice en la contratapa “no tienen una pretensión literaria”, y tal vez por eso, “su escritura conquista lo que siempre persigue la literatura”) le significaban a él un viaje a lo desconocido, a ese territorio corporal que para el autor se vuelve algo casi extranjero.

“De las escrituras autobiográficas esperamos que registren o narren con verosimilitud vivencias significativas y también, sobre todo, que transmitan sensación de vida: la impresión de que hay algo en curso entre las palabras, que recomienza y se interrumpe circunstancialmente, sujeto a las pulsiones de lo indeterminado”, dice Giordano en la contratapa de Apuntes de clases.

¿Escribir la propia vida es en cierto sentido una manera de vivirla?

La autora señala dos cosas que por años compusieron su kit de aprendizaje a la hora de tomar un seminario de danza: una botellita de agua y un cuaderno de apuntes. Recuerda que en los años 90, convertibilidad y uno a uno mediante, pudo alcanzar formaciones con docentes extranjeros que llegaban a la ciudad con mucha frecuencia, algo que según dice nunca más volvió a repetirse como en esa década.

Desde que era aprendiz –aunque nunca dice haber dejado de serlo– la autora toma apuntes de las clases. Pero algo se modificó cuando la que pasó a impartirlas fue ella. Sin saber qué hacía y por qué lo hacía cuenta que empezaba cada encuentro con una palabra poética. “Repartía macitos de textos a los presentes para que alguien sacara uno y a partir de esa palabra escrita se inspirara para bailar. La escritura como una fuente de inspiración y de movimiento”, dice.

Y fue con sus propias clases que la escritura de su diario adquirió un entrenamiento se diría más físico que mental. Algo que para Pérez no es extraño porque si de algo conoce es de disciplina corporal. “Como rutina, todos los días escribía algo. Fue como incorporar una práctica diaria que no me cuesta nada porque soy de sostener rutinas cada día como meditar o hacer ejercicios”, dice.

Además de que asume que le gusta registrar todo y leer registros de otros sostiene que encuentra un movimiento de la memoria que se activa tanto en la escritura como en la relectura de esos apuntes. Volver a las anotaciones le permite mirar un poco para atrás, hacer un recorrido, ir al rescate de la experiencia. “Mi pasado se mueve”, apunta.

De las infancias, de la maternidad, de las mujeres, del paso de los años, de la vejez y de los cambios del cuerpo también reflexiona la autora. “Algo pasa cuando nos hacemos adultos, algo que hace que no podamos llevarnos más «el pie a la boca», como hace un bebé cuando lo cambiamos. Y ahí retorna una idea: envejecemos más allá del deterioro natural, perdemos la movilidad porque nos contaron e hicieron creer que era así. Cómo esa idea se hace carne”, escribe.

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Silvina Salinas / La Capital

Silvina Salinas / La Capital

Narrados desde la experiencia misma del cuerpo, los apuntes invitan a ser leídos en forma horizontal, con omóplatos, sacro, vértebras sostenidas en el suelo.

“Nadie se cayó nunca del piso, por eso es un lugar seguro para explorar”, dice la autora. Es sólo en esa posición donde el sistema de alerta y autosostén de la bipedestación se pone en pausa. No hay rigidez en el tumbarse. No hay que forzar diálogo con la gravedad.

Leer estos Apuntes de clases da ganas de estar en el suelo, de rolar, de ovillarse, de salir y entrar de nuevo en la horizontalidad. Da la impresión de que en esa lectura suspendida se actualiza el estado de relajación desde el cual nos escribe la autora. Entonces sobreviene la rareza de la conversación que entabla y surge la pregunta: ¿Escribirá ella, también, recostada?

ASÍ ESCRIBE

6 de enero

En una de las clases de sensopercepción exploramos el esternón. Una de las alumnas me hizo una pregunta que me movilizó: “¿El esternón protege al corazón ante una ruptura amorosa?”.

Algunas otras preguntas para explorar: ¿se mueve mi esternón cuando respiro?, ¿en qué direcciones?; ¿dialoga con las clavículas?, ¿con las costillas?, ¿con las dorsales? La punta del apéndice xifoides, ¿la puedo tocar?, ¿está hundida?, ¿se mueve?, ¿qué aparece si dejo que mi esternón baile?

29 de abril

Esta semana estuve con dolor en la garganta y, por momentos, sin voz. Cada vez que tengo un dolor siento que esa zona pasa a ser protagonista y el resto de las sensaciones corporales quedan en el fondo de mis percepciones. Estos días sentí la superficie de mi faringe y cómo se relaciona con mi cráneo y mis cervicales; también sentí que mi cuello es un lugar a seguir explorando.

Pero ¿qué es el dolor? ¿Qué función tiene? ¿Y qué nos trae?

Como otras experiencias corporales, cada quien lo vive de una manera singular. Es una experiencia que no puede separarse de la historia de cada uno, del momento en que ese dolor emerge.

Hay una publicidad que cada vez que aparece me enoja y hace que discuta con el televisor. Es de un analgésico para dolores articulares; en una parte dice: “No dejes que el dolor te pare”. Creo que el dolor viene a traernos de modo salvaje o sutil la invitación a detenernos. Detenernos y escuchar.

En mi caso fue una invitación a callarme y descansar. Me llamó la atención que estos días que estuve sin voz, dejé de escribir.

11 de abril

Leí que una expresión que se utiliza en inglés, spineless, significa invertebrado, sin columna, y hace referencia a alguien que no tiene un carácter fuerte o voluntad propia. Me hizo pensar.

Una imagen que me gusta mucho para organizarme en la vertical es pensar en la verticalidad de la columna como la de una planta. La columna buscando el sol, en una vertical viva, movida por el viento.

Quizás cuando me siento triste o con poca voluntad también mi columna está colapsada, más en repliegue que en despliegue.

No sé, estoy revisando algunos organizadores de mi vertical. Las técnicas o enfoques que aprendí muchas veces conciben la organización de la vertical desde el esqueleto y los músculos.

También podemos construir nuestra vertical desde los órganos: cómo los órganos de la cavidad abdominal dan soporte a las piernas y a los pulmones, y el corazón a los brazos. Recordé una exploración muy linda en que la alcanzábamos desde las manos y los brazos, pensando en esa raíz de los brazos en el corazón.

Cuando abrazamos y nos abrazan eso se siente.

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Silvina Salinas / La Capital

Silvina Salinas / La Capital

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