Martes 12 de Diciembre de 2023
La figura de José Gervasio Artigas continúa siendo un misterio a develar. El prócer oriental, siempre incómodo para la historiografía liberal, símbolo de los pueblos oprimidos de América Latina, es el eje sobre el cual se centra un libro singular, que se presenta este viernes a las 15 en el Sindicato Empleados de Comercio: Memorias de Artigas. Protector de los pùeblos libres, del uruguayo Fernando Expósito Dufour.
En diálogo con este diario, Expósito Dufour -a quien se lo puede encontrar cotidianamente en la librería Homo Sapiens, donde trabaja y que publicó su libro- contó cómo y por qué se decidió a encarar esta auténtica aventura literaria e histórica.
Si no me equivoco, Artigas funciona dentro del panteón uruguayo tal como San Martín o Belgrano lo hacen en el argentino. Pero al parecer, y tal como lo asegura Eduardo Galeano, mantiene intacto su potencial revulsivo: todavía incomoda. ¿Por qué?
Tal vez incomode porque su causa amparó a los más desamparados y considero que ha sido el único, de los llamados próceres, que desarrolló ese perfil en grados exponenciales. Como los desconsolados se multiplican, por las desgracias económicas, su vigencia es permanente.
Artigas nace en 1764, tres años antes de la expulsión de los jesuitas comuneros de América por el rey Carlos III, nueve años antes que el papa Clemente XIV suprimiera directamente la orden de la iglesia por largos años: los jesuitas que hoy nos dieron un papa americano. Lo que pasó después se ve en el final de la película La misión, el sufrimiento de esas mayorías esclavizadas sobre todo por los bandeirantes y los portugueses. Toda esa gente, y los de más al sur y al oeste, encontró su cauce en las filas del proyecto republicano y federal que años después encarnara en Artigas contra la monarquía, el centralismo porteño y ahí estuvo la semilla de ese árbol.
En su derrota hubo un germen de victoria ya que nada luego fue igual: no hubo espacio para la monarquía en la región, el centralismo porteño fue algo morigerado, Portugal cae, agotados sus recursos naturales, naciendo el imperio del Brasil (luego república), la idea de un federalismo incipiente se sembró hasta nuestros días. Por eso es que Galeano afirma que Artigas continua siendo peligroso y es el más vivo de los muertos.
Con los años hubo toda una reconstrucción narrativa de la historia oficial de ambos países -no existía Argentina ni Uruguay por entonces- funcional a sus necesidades. Mitre, Sarmiento y otros escribieron aquí su “leyenda negra”, lo necesitaban y en Uruguay en la segunda mitad del siglo XIX de a poco se lo rescata, en la medida que van muriendo sus contemporáneos, dada la necesidad del estado de contar su propia historia. Primero como militar, luego como político y ya al comienzo del siglo XX como el padre de una patria que jamás el procuró.
Entenderlo fue, para mí, un proceso por demás interesante.
En el libro sumiste el desafío, nada menos, de “hablar” por Artigas. ¿Cómo pensaste las inflexiones de su voz, que trabajaste para reconstruir su palabra? ¿Tomaste algún ejemplo literario concreto?
Me tomé ese permitido de sentirme libre tras reflexionarlo mucho: la libertad, palabra tan resignificada, es sinónimo de Artigas así que no encontré contradicciones.
Es sabido que el punto de vista siempre crea el panorama. Desde dónde uno mira o habla condiciona, cuando no determina, lo que narra. En ese sentido medité muchísimo el punto de vista del narrador y cual sería el mas funcional a la historia que quería contar.
No es lo mismo un narrador omnisciente, que utiliza la tercera persona, que un narrador testigo que cuenta desde la segunda del singular, o que un narrador observador, por ejemplo. La perspectiva esta determinada por esa opción. Y cada elección de narrador brinda al autor un montón de posibilidades y limitaciones.
Yo sabía, por haberlo leído en algún libro sobre consejos de autores, que tenía que leer todo lo posible sobre el tema y después, de algún modo, resetear mi chip para que esos conocimientos no me determinen y eso hice varios años: leí del tema con una pasión que ignoraba poseer y decidí tratar de olvidármelo luego.
En un reportaje Hemingway contaba que cortaba su escritura antes de terminar un tópico pues eso le facilitaba reenganchar nuevamente: saber el camino que debía continuar. Eso me resulto muy útil. Consejos como esos rescaté muchos y no quiero aburrir. Antes del tono me pasó otra cosa para mi más útil, ya que el tono me iba a aparecer una vez que tuviera un mapa por reconstruir.
Un domingo compré en la feria de Tristán Narvaja, en esos puestos callejeros, un librito de 1950 que publicó el diario El País por el centenario de la muerte de Artigas. Eran ensayos, monografías, un material muy piola de los que ya no se imprimen. Habían contratado a una docena de historiadores para que cada uno abordara un ítem del perfil desde lo no ficcional.
En ese libro pude abrevar en mi estructura y capítulos porque me dio un cierto orden, fue como el esqueleto en el que trate de reconstruir la historia: una costilla era por ejemplo su campaña corsaria, otra sus campañas militares, otra las invasiones inglesas, el éxodo al Ayuí, los sitios a Montevideo, el aporte aborigen, Andresito por ejemplo. Yo le sume otros ítems como la familia, la amistad, el amor, sus hijos, etcétera, para la ficción, pero ahí sentí que la cosa no se me derretiría como gelatina expuesta al sol: una estructura, por más que los capítulos no lo indiquen temáticamente, tiene una ilación que procuré sostuvieran la historia.
Opte por la primera persona al narrar: no existe la versión de Artigas expresada cabalmente en lo que pude leer, sólo atisbos, frases, impresiones de soslayo. El monólogo interior me remitió a la época en que aún escribíamos y recibíamos cartas, tengo la suerte de ser de esas generaciones y me ayudó mucho.
Tuve que sentir a Artigas, soñar con él, entrevistarlo imaginariamente, viajar a su época ponerme en su tiempo y en su espíritu: escribir al comenzar las madrugadas, recién despierto del viaje de la noche dormido me resulto muy útil. Antes de arrancar la jornada estaba aun bajo el influjo de Morfeo y eso me ayudaba a reescribir cosas manuscritas que tenia en una vieja agenda del año 2006 que use mucho tiempo como soporte manuscrito. Otro consejo de Hemingway, el escribía a mano, corregía y después a máquina porque decía que le permitía mas filtros y correcciones, por eso lo hice así.
En definitiva, me proyecté en el personaje imaginario, la verosimilitud de un relato está determinada por el propio relato siempre, como si jugase a ser una suerte de médium para que él se expresara después de todos estos procesos y trucos o herramientas.
Creo que tal vez me haya salido algo mas culto de lo que debió haber sido, pero sus cartas denotan un exquisito uso del lenguaje que el propio Sarmiento envidiaría.
Hay muchos ejemplos a seguir del monologo interior: la Yourcenar y su Adriano traducido por Cortázar, un ideal inalcanzable, Andrés Rivera con su leve amargura también, pero serian muchos y el mas loco de todos, que ni consideré, el Ulises de Joyce.
Ya esta todo intentado y lo han hecho maestros, sólo me quedaba procurar la originalidad de ser auténtico, no diferente. Y por allí fui, respetando y teniendo fidelidad al personaje y a mi persona.
Argentinos y uruguayos, tan parecidos y a la vez tan distintos. ¿Cuáles son sus semejanzas y sus diferencias?
Lo dije, el punto de vista crea el panorama. Daré el mío.
Parafraseando a Cortázar, para mí son un mismo amasijo de ternura. Viví cada mitad de mi vida en cada orilla y sólo gratitud siento por ambos pueblos: siempre habrá mejores y peores personas como en todo conjunto, pero es como si ese bosque tuviera las mismas raíces en sus árboles.
No hay un solo Uruguay ni una sola Argentina, aun la Puna catamarqueña no es igual a la jujeña, como pude comprobarlo hace poco: no hay dos moscas iguales. La escala, la inmensidad han llevado a la Argentina a crear el intento de un concepto de nación porque sus geografías, distancias y poblaciones son una colcha infinita de retazos coloridos. En Uruguay la idea de República (Oriental) ha sido suficiente para distinguirse buscando identidad. Pero ambos, como todo país, son abstracciones imaginadas por alguien y luego consolidadas por la gente y su historia que se escribe y reescribe cada día.
Es cierto que la gente en Uruguay es una versión unplugged en relación con la urbana argentina, décadas de recepción de turistas ayudan a parecer por demás gentiles, pero he visto acciones colectivas solidarias, en situaciones puntuales en la Argentina que no se ven fácilmente en otros lados.
Al argentino le gusta más masificarse en general, por eso por ejemplo Uruguay ha dado algunos escritores difíciles de encuadrar antes y después que ellos mismos: Felisberto Hernández, Onetti, Levrero y aun Galeano, que prefirió evitar los formatos. Ninguno tuvo una escuela ni dejo una tradición. Tal vez seamos algo más individualistas a nuestro modo. También la migración italiana en proporción influye más que la española en Argentina y en Uruguay a la inversa. Lo afro en la cultura del paisito es impresionante con su aporte, no así lo aborigen, absolutamente exterminado a la inversa que aquí. Tal vez la idea de un espejo donde mirarnos ayude de metáfora, lo que vemos puede ser una imagen, una representación reflejada de nosotros, enfrentada, pero no es exactamente nuestro yo. Artigas pudo haberlo sido si triunfaba.