Cultura y Libros

Jazz Band

Este poema forma parte de Gente con Swing II, antología de textos sobre el jazz compilada por el periodista y escritor rosarino Horacio Vargas, recientemente publicada en coedición por la UNR y Homo Sapiens.

Domingo 07 de Junio de 2020

El hombre del pasillo se estremece al pasar por la cámara del dínamo potente en donde solo tiene entrada un muñeco azul, de ojos azules y ademanes azules.

Yo soy el hombre del pasillo.

Nuestra tristeza de hierro, nuestro silencio de hierro, nuestra alegría de hierro.

Entremos al bar, la noche está afuera, como el mar. El bar parece un puerto.

Yo vi sus luces rojas desde lejos. La noche se tendía a sus pies como un animal herido.

Allá arden las avenidas gritando letreros luminosos al espacio infinito.

La luna igual que tú, eh, apártate, porque el jazz romperá sus platillos sobre tu peluda cabeza. Córtate la melena y la vida te será más fácil. Enciende un cigarrillo rubio como esta copa de whisky dulzón que paladeo junto con la voz de la muchacha del bar.

Entra un contrabandista de licores.

Abre las piernas, descontorsiónate en el Charleston epiléptico y bullicioso, reconcíliate con la vida que una nueva alegría me ha venido a los ojos y un nuevo deseo me ha venido a las manos. Préstame tus senos, dame un montón de palabras para arrojarlas a la calle, a la noche, al mar.

Entra un jefe de avisos económicos clasificados.

Escucharás el ruido. Abre el paraguas. Este burgués ha traído su paraguas, increíble, como el viento que ronda nuestra felicidad posible. Puedo decir algo sobre la angustia. Soy feliz. Prepara el sonoro cocktail y recién mañana me hablarás de la guerra, de los obuses que caen de los astros, de la trinchera fangosa y los tanques que escupen la muerte.

Entra un miembro de la Conferencia Naval. Ahora quiero salir en un barco de hierro. Vivo en una casa de hierro. Tengo carcajadas definitivas y ojos duros, redondos y penetrantes.

El hombre que tenía alma de prestamista, corazón de catedrático, gestos de procurador, está caído contra las piedras de la calle. Me habló de Kant y le eché cocaína en su copa.

La solemnidad caída contra la calle.

Yo soy un muchacho risueño y fatalista que canta, bebe y baila y de vez en cuando descabeza una siesta recostado en la voz del saxofón.

Mi generación está perdida porque han olvidado enseñarnos el fervor.

Alégrate, sin embargo. Afuera, el silencio de hierro. Los vendedores de armamentos venden champagne.

No usamos reloj.

El jazz latiendo su sonido irregular, loco, sobre la tarima, es el corazón del tiempo.

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