Cultura y Libros

Historias de una dedicatoria

La relación entre una gran prosista italiana y un notable escritor argentino. Misterios que se entrecruzan y los recuerdos de un viajero.

Domingo 15 de Octubre de 2017

Si sentado en un bar de Rosario, al terminar de leer este texto, alguien se pusiera de pie repentinamente, y aun sabiendo que con su próximo gesto provocará el asombro de todos, decidiera sin embargo creer en su impulso, y con ingenio lograra resolver lo que deba ser resuelto para llegar hasta Roma, podría entonces, ahora sí con menor esfuerzo, tomar el tren regional de las 11:28 en la estación Termini, y en tan sólo una hora, con un estado de ánimo moldeado en la contemplación de las colinas del Lazio, habrá alcanzado la ciudad de Velletri. Ya ahí, le bastará recorrer esos pocos kilómetros que separan el centro histórico de una campiña tapizada por viñedos y olivos, internarse en la zigzagueante Via Colle Formica, para encontrarse finalmente frente al célebre portón de hierro de Juan Rodolfo Wilcock.
Lo natural para cualquier recién llegado sería anunciarse de inmediato. Pero el paseo repentino valdrá la pena sólo si el visitante decide imprevistamente dar media vuelta, cruzar hasta la casa de enfrente y rematar el cuadro tocando el timbre. Si hace esto, las cosas sucederán así...
La visita inesperada interrumpe la preparación de un conejo a la cazadora. La mujer en escena se encamina algo molesta hacia la puerta. Es Marisa Monteferri, la Kodama de Wilcock. Sin ceremonias, abre y descubre. Una figura desconocida, en un tono que reconoce, le recita en trance su presentación: “Ho fatto male, nonni, a tornare in Europa? Vengo desde muy lejos, con la pulsión del hallazgo”.
Eso fue suficiente para merecer el convite. Conversan en movimiento hasta instalarse en el estudio. Es un salotto hexagonal con dos aberturas dispuestas en espejo. Al centro, un escritorio del XVIII y dos sillas algo más contemporáneas. Los estantes (que otros llaman anaqueles) cubren cada lado del salón. En cada uno hay promesas de epifanía. Para todos nosotros sería un refugio perfecto. El espacio deseado donde proteger las raíces hasta quebrar el cinismo de esta helada.
De todos los libros que llegaron a esa biblioteca en 1978, tras la muerte de Wilcock, Marisa intuye cuál es el que debe sumarse a esta historia. Lo ofrece. Es una primera edición de L’isola di Arturo, célebre novela de la fulgente escritora romana Elsa Morante. El ejemplar cumple hoy sesenta años.
Sobre la primera página hay una dedicatoria manuscrita: “A Wilcock / con gratitudine / perché traducendo una mia poesia / l’ha resa più / bella / Elsa Morante / Roma 13 febbraio / 1958”. - - - “A Wilcock / con gratitud / porque al traducir una de mis poesías / la volvió más / bella / Elsa Morante / Roma 13 de febrero / 1958”.
Se ha dicho que una dedicatoria es un misterio y una entrega de símbolos, el modo más sensible de pronunciar un nombre. Este hallazgo nos acerca el testimonio temprano de una amistad y una influencia artística naciente. La huella más lejana de ese encuentro esencial que inaugura una particular red de vínculos entre ciertos artistas e intelectuales. Alberto Moravia, Giorgio Agamben, Laura Betti, Pier Paolo Pasolini, Vittorio Gassman, Natalia Ginzburg; son sólo algunos de los nombres que junto a Wilcock y a Morante guían el intenso desarrollo cultural que experimentó Italia en los años sesenta.
Wilcock llevaba viviendo en Roma apenas algo más de medio año cuando la Morante le regala su novela con una dedicatoria poblada de sentidos. En ese preciso momento, L’isola di Arturo era el objeto narrativo más estimulante dentro de un campo literario italiano en feroz disputa. Y Elsa Morante acababa de posicionarse en su centro.
A partir de su publicación en plena primavera del 57, la novela despegó en su devenir frenético. Rápidamente se convirtió en objeto de culto y su autora en la primera mujer en ganar el ambicionado Premio Strega. Era la distinción más prestigiosa para un escritor durante ese secondo dopoguerra concentrado en la reconstrucción de cada espacio. Su trasposición al cine ganó el Festival de San Sebastián y las continuas reediciones la afirmaron como longseller. A través de los años, siguió sumando abordajes críticos renovados que la acompañaron en el camino hacia su consolidación definitiva como clásico.
Y aunque en seis décadas de vigencia se hayan escrito las reseñas más variadas, en ninguna olvidaron repetir esto: La isla de Arturo es una novela de formación que tiene como protagonista al joven narrador Arturo. Un pibe de dieciséis años que creció huérfano de madre en la isla de Prócida (la isla más pequeña del golfo de Nápoles, refugio de Moravia y Morante en tiempos del fascismo). Las ausencias regulares de su idolatrado padre Wilhelm lo entregan a largas esperas en soledad. Él las atraviesa imaginándolo en gestas heroicas. Un día el padre vuelve a casa en compañía de su joven esposa Nunziata, coetánea de Arturo. El espesor de lo que se narra a continuación lleva en sí cada trazo del novecento. La inquietante ambigüedad con que Morante modula la historia rige la transfiguración poética de una realidad que había mantenido a Arturo en la felicidad del limbo. Su lectura nos confirma que adulto es quien ha sido expulsado a patadas de los Campos Elíseos.
Más allá de la que dirige especialmente a Wilcock, el cuerpo de la novela propiamente dicho se abre también con una dedicatoria. Esta vez a un misterioso destinatario para todos desconocido: “Dedicato a Remo N.”, es lo primero que leemos.
Morante solía aparecer muy poco en público y declaraba todavía menos. Pero por una carta al crítico Giacomo Debenedetti sabemos cuál fue el motor que impulsó la novela: “La única razón que tuve (de la cual tuviera conciencia) para ponerme a contar la vida de Arturo, nace de mi antiguo e incurable deseo de ser un chico, de volver a esa añorada condición de muchacho que me parecía recordar”.
Si pudimos ver antes cómo para ella hay en cada dedicatoria un entramado que esconde, y a su vez imprime, la intensidad de un vínculo, no puede extrañarnos ahora, al cruzar esto que sabemos con la confesión a Debenedetti, enterarnos de que al descubrirse sus notas del manuscrito original, terminara por develarse que la novela había sido dedicada nada menos que a ese chico que quiso ser, al muchacho que le parecía recordar: Remo N(atales), se lee de su puño y letra, es el anagrama de Elsa Morante.
A la dedicatoria sigue un bellísimo poema que condensa la historia de Arturo. Que además es la historia de Remo. Releer esa página es también releer la novela.
Como última cifra, antes de dejar que Arturo se lance finalmente a narrar, Morante propone un verso quirúrgicamente extraído de El muchacho apasionado, poema del famoso cancionero de Umberto Saba: “Yo, si en él me recuerdo, bien me parece”.
Finalizada la experiencia, y ya de vuelta en Rosario, el viajero repentino se da cuenta de que no trajo consigo ninguna evidencia. Le alcanzaría con tener apenas un par de fotos que mostrar para que el relato de su viaje resultara verosímil a familiares y mozos del bar. Pero esto le importa poco, necesita en cambio encontrar algo donde fijar el recuerdo. En la librería de la esquina descubre que la editorial Lumen acaba de reeditar La isla de Arturo. Con el libro bajo el brazo, vuelve al bar donde empezó todo. Sonríe al notar el error en la dedicatoria: Remo N. es en esta versión Remo M. Se convence de que no hay error sino un guiño del traductor. Sobre la página en blanco estrena una dedicatoria postergada que debería haber escrito hace tiempo. Pero ese ya es otro cuento.

Hernán Ruiz

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