Cultura y Libros

"Hay que pensar formas de organización que sean más amorosas"

Gabriela Cabezón Cámara habló con Cultura y libros sobre su última novela, Las aventuras de la China Iron, surgida de una intensa lectura de la literatura gauchesca, donde las mujeres estaban ausentes y la diversidad no era pensable. El resultado es un texto luminoso y desafiante, en el que la violencia deja de ser un destino para convertirse en un estado del que se puede salir con placer y deseo

Domingo 31 de Diciembre de 2017

Gabriela Cabezón Cámara elige la vera del Paraná y una Stella Artois bien helada para hablar sobre Las aventuras de la China Iron con Cultura y libros. Tiene tatuadas en su brazo izquierdo las picaduras de mosquitos que le dejó su paso por la Feria del Libro en Reconquista pero así y todo no imagina visitar el Litoral sin acodarse un rato a mirar el río marrón. Es la hora de la siesta. Ya no hay rastros de la tatatina, esa niebla voraz que suele comerse el agua antes que claree y de la que ella tanto habla hacia el final de su novela. El sol se clava como una flecha de luz en el lomo del río. La imagen ideal para hablar de una novela luminosa.
En 2013 Cabezón Cámara consiguió una beca en Berkeley, California, para dar clases de narrativa en verso. Los estadounidenses no le pidieron escribir nada. Pero luego de tanta gauchesca que leyó durante esa estancia en 2014, se puso a escribir su última novela, donde se apropia de un clásico de la literatura argentina: nada menos que el Martín Fierro. Claro, que muy fiel a su estilo, lo reversiona en clave queer y también feminista. Es que la escritora y periodista puso el ojo en la más marginal, desclasada e invisible de la historia. Un personaje que no tiene voz ―porque José Hernández ni nombre le puso― y la hace hablar: la China. Una chica de catorce años, a la que su padre apuesta en un partido de truco y la pierde, para entregársela al gaucho Fierro, con quien tiene dos hijos y vive humillada. La China escapa y conoce a Liz, una señorita inglesa que viaja tras los pasos de su esposo en busca de una estancia prometida. Adentro de la carreta de la gringa, la China descubre un mundo nuevo. Lo opuesto al de las tolderías, al de la miseria y el tierral. Alejada de la crianza de sus hijos, la China vuelve a ser una niña junto a su cachorro Estreya, a jugar, a aprender, a deslumbrarse y a desear.
Cabezón Cámara la escribió en años difíciles. Mientras su papá, un hombre sano, moría lentamente de Parkinson y ella se separaba de su pareja. Quizás para compensar todo eso, construyó una novela hermosa que con la excusa de revisar la gauchesca y el lugar del macho nacional revisa el modelo de país. Pero también, de algún modo, corrige el modelo del amor. La autora relee el libro nacional por excelencia para examinar la historia argentina y los vínculos afectivos que tramamos como sociedad. Así, dibuja otra gauchesca (hasta se anima a los versos), otro país posible y una posibilidad de amor libre y amplio. Que aun en la tierra más árida y adversa es capaz de florecer.
—¿Cómo surge esta novela?
—Estaba leyendo mucha literatura gauchesca y me di cuenta de que no había nada escrito desde ningún punto de vista de la mujer. Mientras repasaba la literatura digamos de trinchera del siglo XIX encontraba que todo era muy heteronormativo y me pareció muy divertido crear ese otro punto de vista que obviamente no es realista ni quiere serlo. Una chica del 1880 no hubiera pensado las cosas que piensa la China pero me gustó pensarlas. Crear a partir de lo que hubiera habido debajo. Buscar dentro de aquello oculto, o invisibilizado, y abrirlo.
—Son dos mujeres: una que escapa (la China) de su ex marido (Martín Fierro) y otra (Liz) va en busca de su esposo y unas tierras. Y en ese viaje que se torna iniciático para ambas hay algo de exploración, descubrimiento y mucho placer...
—Una se escapa de un varón y una va en busca del suyo. Pero las dos se encuentran con el placer. La China viene de una situación dura, de un entorno muy miserable, donde no hay mucho para pensar en nada. Y en esa carreta con esa inglesa ella encuentra el mundo. El mundo a través de productos manufacturados ingleses, a través del imperialismo. El té, el tea, que ella interpreta que es un para ti, un dar al otro. En las enaguas de puntillas, en las sábanas de algodón, en el whisky, hay un mundo redondo, donde hay gente distinta en cada lugar, amarilla y negra, geografías diferentes también, cataratas, ciudades, selva. Y millones de idiomas, todo aquello que no sabía y de lo que se empieza a enterar. El mundo se le abre. Ella vivía en un mundo que tenía una hendija y de pronto se abre ante ella, como el horizonte, sin que nadie le tape la visión. Y es capaz de sentir todo lo que siente con esta mujer que es un poco más grande que ella, pero no tanto más. Y descubre aproximaciones a los otros, otra forma del placer que es estar con quien ella quiere, aunque ya había tenido otro amor y luego va a tener otro. Elige lo que quiere hacer, con quién quiere estar y cómo.
—Esta novela dialoga, y mucho, con otra obra tuya, La virgen cabeza. Hay similitudes, por ejemplo, en esa constelación familiar (la China, Liz y Rosa) que se construye a partir de la diversidad.
—Sí, así es. Se forma una familia que yo digo que es altamente funcional. Porque son familias de las buenas, familias elegidas. Por algo tienen que elegirlas las personas que las constituyen, disfuncionales fueron las familias de antes. Sí, hay un diálogo entre los dos trabajos, algo de pensar otras formas de vínculos más libres, más felices. Es como pensar de qué manera asociarnos y ser más libres nosotros y cuidar las infancias de una manera más amorosa. Me parece que forjar uniones un poco más elegidas es el modo de hacerlo. No uniones basadas únicamente en la pareja, sino uniones de amores abiertos, y no sólo sexoafectivos.
—Y siempre con la mirada en los márgenes, en esos personajes que nunca están en el centro.
—¿A quién le interesa el centro? ¿Y qué es el centro? ¿Marcelo Tinelli, Mirtha Legrand, la televisión? Hablar de eso no me interesa. Sólo sería interesante en la medida en que sirva para desenmascarar, porque nadie es tan careta como aparece en la tele. El centro es conservador. Siempre quiere conservar y a mí no me interesa eso. Los del centro no desean, sólo conservan.
—Y en esas uniones más libres te permitís cosas como que la China se vista de varón, se enamore de la inglesa y Fierro se haga las trenzas...
—Algo así como el Fierro y la China liberados. Estamos viviendo en una época muy oscura, en que la idea de futuro es una idea de apocalipsis, un fin del mundo. En que toda idea de futuro es distópica. Y es necesario empezar a pensar otros mundos posibles, aunque sea en la literatura, en pequeñísimas ficciones. Si pudiera pensar fuera de la literatura, es decir, desde lo más intelectual, quizás estaría escribiendo cómo hacer la revolución. Pero sí me parece que es algo que tenemos que hacer todos, esto de pensar otro mundo y jugar más. Desde mi lugar puedo pensar esta miniatura que es una novela, un economista podría pensar una forma de sustentar menos asesina para las personas, los animales y la vida vegetal. Y así podríamos trabajar todos un poco. Estamos viviendo la mayor ferocidad del ser humano, acabando no ya con el otro sino con el planeta entero. Hay que ponerse a pensar formas de organización que sean más amorosas.
—¿Es esta una novela de opresión pero a la vez de liberación?
—Intenté que fuera una novela muy luminosa, que hablara del amor, de la belleza. Hay un poco de opresión, un poco de violencia, pero es lo que se va dejando, no es lo que predomina, todos los personajes de la historia van saliendo de ahí hacia un mundo más libre, un mundo con espacio para la vida, para el juego, para la felicidad.

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