Cultura y Libros

Galeano y el fútbol, un romance sin fin

Siglo XXI acaba de lanzar una recopilación de textos del querido escritor uruguayo dedicados al deporte más popular del mundo. Aquí una breve selección, que con excepción del primero tienen como personaje excluyente a Diego Armando Maradona

Domingo 10 de Diciembre de 2017

Por qué escribo

Para empezar, una confesión: desde que era bebé, quise ser jugador de fútbol. Yfui el mejor de los mejores, el número uno, pero sólo en sueños, mientras dormía.

Al despertar, no bien caminaba un par de pasos y pateaba alguna piedrita en la vereda, ya confirmaba que el fútbol no era lo mío. Estaba visto: yo no tenía más remedio que probar algún otro oficio. Intenté varios, sin suerte, hasta que por fin empecé a escribir, a ver si algo salía.

Intenté, y sigo intentando, aprender a volar en la oscuridad, como los murciélagos, en estos tiempos sombríos.

Intenté, y sigo intentando, asumir mi incapacidad de ser neutral y mi incapacidad de ser objetivo, quizás porque me niego a convertirme en objeto, indiferente a las pasiones humanas.

Intenté, y sigo intentando, descubrir a las mujeres y a los hombres animados por la voluntad de justicia y la voluntad de belleza, más allá de las fronteras del tiempo y de los mapas, porque ellos son mis compatriotas y mis contemporáneos, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido.

Intenté, intento, ser tan porfiado como para seguir creyendo, a pesar de todos los pesares, que nosotros, los humanitos, estamos bastante mal hechos, pero no estamos terminados. Y sigo creyendo, también, que el arcoíris humano tiene más colores y más fulgores que el arcoíris celeste, pero estamos ciegos, o más bien enceguecidos, por una larga tradición mutiladora.

Y en definitiva, resumiendo, diría que escribo intentando que seamos más fuertes que el miedo al error o al castigo, a la hora de elegir en el eterno combate entre los indignos y los indignados.

El parto

Al amanecer, doña Tota llegó a un hospital del barrio de Lanús. Ella traía un niño en la barriga. En el umbral, encontró una estrella, en forma de prendedor, tirada en el piso.

La estrella brillaba de un lado, y del otro no. Esto ocurre con las estrellas, cada vez que caen en la tierra, y en la tierra se revuelcan: de un lado son de plata y fulguran conjurando las noches del mundo, y del otro lado son de lata nomás.

Esa estrella de plata y de lata, apretada en un puño, acompañó a doña Tota en el parto.

El recién nacido fue llamado Diego Armando Maradona.

Maradona

Ningún futbolista consagrado había denunciado sin pelos en la lengua a los amos del negocio del fútbol. Fue el deportista más famoso y más popular de todos los tiempos quien rompió lanzas en defensa de los jugadores que no eran famosos ni populares.

Este ídolo generoso y solidario había sido capaz de cometer, en apenas cinco minutos, los dos goles más contradictorios de toda la historia del fútbol. Sus devotos lo veneraban por los dos: no sólo era digno de admiración el gol del artista, bordado por las diabluras de sus piernas, sino también, y quizá más, el gol del ladrón, que su mano robó. Diego Armando Maradona fue adorado no sólo por sus prodigiosos malabarismos sino también porque era un dios sucio, pecador, el más humano de los dioses. Cualquiera podía reconocer en él una síntesis ambulante de las debilidades humanas, o al menos masculinas: mujeriego, tragón, borrachín, tramposo, mentiroso, fanfarrón, irresponsable.
Pero los dioses no se jubilan, por humanos que sean. Él nunca pudo regresar a la anónima multitud de donde venía.
La fama, que lo había salvado de la miseria, lo hizo prisionero.
Maradona fue condenado a creerse Maradona y obligado a ser la estrella de cada fiesta, el bebé de cada bautismo, el muerto de cada velorio. Más devastadora que la cocaína es la exitoína. Los análisis, de orina o de sangre, no delatan esta droga.
El gol del siglo
13 de julio.
En este día del año 2002, el máximo organismo del fútbol dio a conocer el resultado de una encuesta universal: elija usted el gol del siglo veinte.
Ganó, por abrumadora mayoría, el gol de Diego Maradona en el Mundial de 1986, cuando bailando, con la pelota pegada al pie, dejó a seis ingleses perdidos en el camino.
Ésa fue la última imagen del mundo que vio Manuel Alba Olivares.
Él tenía once años, y en ese mágico momento los ojos se le apagaron para siempre. Ha guardado el gol intacto en su memoria, y lo relata mejor que los mejores locutores.
Desde entonces, para ver fútbol y otras cosas no tan importantes, Manuel­ pide prestados los ojos de sus amigos.
Gracias a ellos, este colombiano ciego fundó y preside un club de fútbol, fue y sigue siendo director técnico del equipo, comenta los partidos en su programa de radio, canta para divertir a la audiencia y en los ratos libres trabaja de abogado.
La magia imperdonable
(Mundial de Estados Unidos, 1994).
Maradona viene cometiendo desde hace años el pecado de ser el mejor, el delito de denunciar a viva voz las cosas que el poder manda callar y el crimen de jugar con la zurda, lo cual, según el Pequeño Larousse Ilustrado, significa "con la izquierda" y también significa "al contrario de como se debe hacer".
Maradona nunca había usado estimulantes en vísperas de los partidos, para multiplicarse el cuerpo. Es verdad que estuvo metido en la cocaína, pero se dopaba en las fiestas tristes, para olvidar o ser olvidado, cuando ya estaba acorralado por la gloria y no podía vivir sin la fama que no lo dejaba vivir. Jugaba mejor que nadie a pesar de la cocaína, y no por ella.
Desde que la multitud gritó su nombre por primera vez, cuando él tenía dieciséis años, el peso de su propio personaje le hace crujir la espalda. Éste es un hombre que lleva mucho tiempo trabajando de dios en los estadios, sometido a la tiranía del rendimiento sobrehumano, empachado de cortisona y analgésicos y ovaciones: acosado por las exigencias de sus devotos y el odio de sus ofendidos.
El placer de derribar ídolos es directamente proporcional a la necesidad de tenerlos. Hace años, en
España, cuando Goicoechea le pegó de atrás y sin la pelota y lo dejó fuera de las canchas por varios meses, no faltaron fanáticos que llevaron en andas al culpable de este homicidio premeditado, y en todo el mundo sobraron gentes que celebraron la caída del insolente sudaca muerto de hambre, intruso en las cumbres, charlatán estrepitoso, fanfarrón y de mal gusto.
Después, en Nápoles, Maradona fue Maradona y san Genaro se convirtió en san Gennarmando. En las calles se vendían imágenes de la divinidad de pantalón corto, iluminada por el halo de la Virgen o envuelta en el manto sagrado del santo que sangra, y también vendían botellitas con lágrimas de Berlusconi. Hacía sesenta años que el Nápoles no ganaba un campeonato, ciudad condenada a las furias del Vesubio y a la derrota eterna en los campos de fútbol, y gracias a Maradona el sur oscuro pudo vencer al norte blanco que lo despreciaba, copa tras copa, en Italia y en Europa. Cada gol era una revancha de la historia. En Milán odiaban al culpable de tanta afrenta, lo llamaban "jamón con rulos". No sólo en Milán: en el Mundial del 90, la mayoría del público castigaba a Maradona con furiosas silbatinas cada vez que tocaba la pelota, y la derrota argentina ante Alemania fue celebrada como una victoria italiana.
Para entonces, ya había quienes le echaban por la ventana muñecos de cera atravesados de alfileres.Y estalló el escándalo de la cocaína, que convirtió a Maradona en Maracoca, y la televisión transmitió en directo, como si fuera un partido, el ajuste de cuentas: toda Italia vio cómo la policía se llevaba preso al delincuente que se había hecho pasar por héroe. El proceso que lo condenó fue el más rápido de la historia judicial de Nápoles.
Lo mismo ocurrió, más tarde, en Buenos Aires.
Detención en vivo y en directo, para deleite de quienes disfrutaron el espectáculo del rey desnudo. "Es un enfermo", dijeron. Dijeron: "Está acabado". El mesías convocado para redimir la humillación de los italianos del sur había sido también el vengador de la derrota argentina en la guerra de las Malvinas, mediante un gol tramposo y otro gol fabuloso, que dejó a los ingleses gi-rando como trompos por algunos años; pero a la hora de la caída Maradona no fue más que un farsante pichicatero y putañero, que había traicionado a los niños y había deshonrado al deporte. Y hasta un fabricante de opinión que el tiempo olvidará en un ratito pudo darse el lujo de decir que el inolvidable Maradona le daba lástima. Y lo dieron por muerto.
Los mismos periodistas que lo perseguían con los micrófonos lo acusaban entonces, como ahora, de hablar demasiado. No les faltaba, ni les falta, razón; pero eso no era, ni es, lo que no podían ni pueden perdonarle: en realidad, no les gusta lo que dice porque cuando habla, Maradona es tan incontrolable como cuando juega.
Este petiso ha tenido y tiene la costumbre de lanzar golpes hacia arriba. En México y en los Estados Unidos, en el 86 y en el 94, ha sido su voz la que más fuerte ha denunciado a la dictadura de la televisión, que ha puesto el fútbol a su servicio y obliga a jugar al medio-día, bajo un sol que derrite las piedras. Ha sido y sigue siendo Maradona el hombre de las preguntas insoportables: el jugador ¿es el mono del circo? ¿Por qué los jugadores no conocen las cuentas secretas de la Fifa, la todopoderosa multinacional del fútbol? ¿Por qué no pueden saber cuánto dinero producen sus piernas? ¿Por qué nunca los jugadores han sido consultados por la Fifa a la hora de tomar decisiones? ¿Por qué se alteran las reglas del fútbol sin que los jugadores puedan decir ni pío? Joseph Blatter, burócrata del fútbol que jamás ha pateado una pelota pero anda en limusinas de ocho metros y con chofer negro, se limitó a contestar: "El último astro argentino fue Di Stéfano".
Maradona resucitó, y estaba siendo otra vez, por lejos, lo mejor de este Mundial. Pero la máquina del poder se la tenía jurada. Él le cantaba las cuarenta. Eso tiene su precio, y el precio se cobra al contado y sin descuentos. El propio Maradona regaló la justificación, por su tendencia suicida a servirse en bandeja en boca de sus muchos enemigos y esa irresponsabilidad infantil que lo empuja a precipitarse en cuanta trampa se abre en su camino.
Maradona se ha ido, y ya el Mundial no es lo que venía siendo. Nadie se divierte y divierte tanto charlando con la pelota. Nadie da tanta alegría como este mago que baila y vuela y resuelve partidos con un pase imposible o un tiro fulminante. En el frígido fútbol de fin de siglo, se ha ido el hombre que nos demostraba que la fantasía puede también ser eficaz.
Nos hemos quedado todos un poquito más solos.


¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario