Domingo 09 de Agosto de 2020
Llegó a la redacción de Risario, primer piso escalera, de Corrientes casi San Juan, que aún se mantiene como sede de una marca bien rosarina. Su dueña —una señora con aspecto de madama gentil— alquilaba el espacio pero además se había transformado en una entusiasta auspiciante de la revista.
Entró con sus carpetas de dibujos bajo el brazo. Los deslizó sobre una de las mesas de la redacción y aceptó gratamente un mate de uno de los redactores. El director, David Leiva, lo recibió y abrió sus tesoros gráficos. El Enano —como le decíamos a nuestro jefe entrañable— tenía un gesto particular cuando le gustaba algo. Su mano derecha se deslizaba lentamente por la llamaba barbaperita, continuaba el recorrido por su bigote, volvía a descender… la espera se hacía interminable antes de dar su veredicto.
—Están buenos estos dibujos, me gusta el trazo que tenés, aunque veo también la influencia de Carlos Alonso. Estás contratado —le dijo Leiva al pibe de veintipico.
Cuando su presencia en la redacción se hizo más frecuente —pienso que ese primer piso con vista a la plaza Sarmiento en los inicios de los ochenta era nuestro lugar en el mundo—, le pregunté en qué barrio vivía. Casiano Casas, me respondió, un barrio de trabajadores, pobreza, el club Sparta y la escuela.
—¿Dónde hiciste la primaria?
—En la Leopoldo Herrera.
—¡La escuela donde mi papá fue el presidente de la cooperadora escolar! —exclamé con la grata sorpresa de tener un punto en común. Yo había nacido en barrio Sarmiento. Nos separaba la vía del ferrocarril, donde terminaba un territorio y empezaba otro. Nos hicimos amigos, se transformó en uno de los mejores dibujantes de la revista, de ahí saltó a Fierro, y todos celebramos. Alguna contratapa de Rosario/12, de los primeros años, fue ilustraba por él. “¡Horacito!”, exclamaba cada vez que nos cruzábamos por la calle con esa sonrisa expresiva, los pelos largos y su envidiable delgadez.
En 1989, el año en que obtendría el Premio Salón Nacional Museo Juan B. Castagnino por su obra En el aire esta noche, la figura del artista plástico, historietista e ilustrador se recortaba en el Fonavi de Casiano Casas cuando estallaron los saqueos de mayo. Venía corriendo con sachets de leche en las manos cuando frenó ante mi presencia, de riguroso block de notas y grabador de corresponsal de Página/12. Nos reímos de reencontrarnos en una situación extrema, intercambiamos frases que mi memoria no retiene. Me hubiese gustado preguntarle “¿estás bien?” pero no me dio tiempo: junto a otros vecinos se despidió a la carrera con lo que pudo tomar del mercadito del barrio antes de que llegara la policía.
Ahora que te fuiste me quedan tu gato, tu búho y tu durazno en un óleo. “G 99”, se lee a modo de firma de autor en la parte inferior derecha del cuadro, que me acompaña y me acompañará para siempre, mi querido Negro Gómez.