Cultura y Libros

Fragmentos de realidad bruta

Estábamos yendo a Tostado con Rosso, íbamos a presentar un libro que escribimos hace diez años, íbamos pensando que es una cosa rara hablar de algo que uno cree haber soltado hace bastante tiempo pero a eso íbamos

Domingo 15 de Octubre de 2017

Estábamos yendo a Tostado con Rosso, íbamos a presentar un libro que escribimos hace diez años, íbamos pensando que es una cosa rara hablar de algo que uno cree haber soltado hace bastante tiempo pero a eso íbamos, a recordar, sobre todo él, que nació en Tostado y tantas cosas ahí le ponen la cabeza y el cuerpo a recordar, por ejemplo, la inundación del 84, y es que después yo mismo comprobaría que todas las anécdotas que cuentan los tostadenses van a desembocar, de un modo u otro, como afluentes que no hacen sino engordar la magnitud del hecho de referencia, en la inundación del 84, "la noche que el agua vino de a pie", como se nombra en la zona a esa catástrofe lindante con el absurdo, la inundación de una ciudad sin que cayera una sola gota de lluvia sino porque alguien abrió las compuertas de un canal cercano y el agua llegó así, de improviso una noche, y los vecinos empezaron a escuchar un burbujeo que avanzaba por la calle y salieron a ver qué cosa era lo que producía ese rumor, y se encontraron con la versión real y todavía más siniestra de ese cuadro de Hopper en donde el punto de vista del espectador, ubicado en el interior de una casa, alcanza a entrever, por la rendija de la puerta, el mar, y se pregunta qué hace una casa ahí o cómo es que toda esa agua ha llegado a envolver de tal modo las cosas, sólo que en este caso no habría sido un agua azul lo que vieron los ojos espantados de los tostadenses sino marrón, un río barroso que les lamía las piernas, y desde entonces muchos recuerdan, por ejemplo, que el ciempiés más grande y amarillo que vieron en sus vidas salió de entre los escombros de barro y hojas podridas que dejó la inundación, o que la única vez que viajaron en avioneta ocurrió cuando los fueron a rescatar del agua que subía y subía y subía. Pero eso sería después, cuando llegáramos, porque ahora estábamos yendo, con Rosso, por la ruta 2, cuando vimos un cartel que decía Esteban Rams, y yo pensé quién habrá sido Esteban Rams, y debe ser que lo pensé con fuerza porque Rosso, como si me hubiese adivinado el pensamiento, o como si hubiera leído un gesto de mi cara, se puso a contar la historia de un ingeniero español lo suficientemente desquiciado como para intentar, en pleno siglo XIX, hacer del río Salado un paso interoceánico, y en su delirio logra hacerse acompañar por centenares de indios, cosa que de inmediato hace que uno se pregunte cómo habría hecho para convencerlos, siendo que en la zona, según se dice, los nativos no sólo eran expertos navegantes y, por lo tanto, conocedores de la poca profundidad que el río tiene en muchos tramos, sino que también eran, como se enseña, o se enseñaba, en las escuelas, realmente belicosos, de carácter impulsivo y muy poco dados a entablar amistades así como así, lo cual refuerza la tesis de que probablemente fue cierto grado de locura en Rams lo que habría capturado la atención y, por qué no, el deseo de los indios, muchos de los cuales murieron al intentar defenderlo cuando la turba sufrió el ataque del masón Garibaldi, quien, no obstante esa ardua defensa, resultó victorioso y logró despojar a Rams de todas sus pertenencias, incluido el ataúd donde el español transportaba los restos de su esposa, perdonándole la vida sólo cuando el ingeniero aceptó desistir de su idea delirante y se retiró a una ignota región de Santiago del Estero, donde fundó el pueblo de Icaño y a la postre murió, sin gloria y con bastante pena. Pero eso fue antes, porque ahora, persuadidos de que estábamos pasando por una tierra, por decir así, proclive a la aventura, ya nos bajábamos del auto y caminábamos por las calles de Rams, unas callecitas endurecidas por el salitre, durante un rato, que bien pudo haber durado media hora, o más, hasta que nos topábamos con el único habitante que parecía echarnos una mirada amigable, y le preguntábamos por Rams, el ingeniero Rams, buscando algo que no lográbamos identificar con precisión y que acaso fuera el vago entusiasmo por acceder a más historias, pero el señor, con cara de a éstos qué les habrá picado, dejando un segundo la mandíbula floja y levantando los hombros, ya nos decía que no, que ni él ni nadie sabía nada de ese tal Rams, si estaba vivo o muerto ni qué serie de hechos lo habrían llevado hasta ahí, y que el pueblo se llamaba Rams por pura costumbre de nombrarlo así, y enseguida, espantando a los primeros perros que llegaban lentos a desperezarse y a olisquearnos las zapatillas, se ponía a enumerar toda una cantidad de cosas que en el pueblo faltaban desde siempre, no hay panadería ni médico ni agua potable, decía el señor, no hay ambulancia ni albergue de ninguna clase, no hay fábricas ni tampoco boliche para sentarse a tomar, decía, mientras nosotros mirábamos las dos cámaras de seguridad colocadas justo a la entrada del salón de la comuna, y él, entendiéndonos el gesto, nos explicaba que sí, que las habían puesto desde el conocido episodio de cuatrerismo en el que estaba involucrado el presidente comunal, y ante nuestra consulta sobre si había inseguridad en el pueblo, él volvía a decirnos que no, que allí no había nada, sólo salitre en las calles y mosquitos, eso sí, desde el anochecer mosquitos que hacen nubes grises que se van moviendo a media altura buscando qué picar, y obligan a la gente a estarse encerrada y quieta en sus casas porque cualquier movimiento los atrae, hasta tal punto hay mosquitos, y de tamaños tan considerables, que a esto se lo conoce como la capital del mosquito, decía el señor, y, señalando a un caballo que pastaba tranquilo, al que le faltaba una oreja, decía: se la comieron los mosquitos. Pero eso fue antes, porque después, es decir, ahora, y durante todo el viaje, éramos vistos por bandadas de loros verdes, de cuerpo mediano y muy buen chillar, que no se percataban de nuestro paso fugaz, atareados como estaban en construir sus nidos, verdaderas torres hechas desde un intrincado y paciente entrecruzamiento de ramas que, cosa llamativa, no juntan del suelo sino que arrancan directamente de los árboles, merced a la destreza de sus gruesos picos curvos y a la fuerza con que se aferran desde sus patitas que, más bien, parecerían pequeñas garras, y nosotros pasábamos en auto por la ruta y arriba, en lo alto de los árboles, las ruidosas bandadas de cotorras, como se las conoce en general, o loros monje, como se los llama en el norte, lo que lleva a suponer que se trata de una ironía pues nada tienen de monjes, ninguna inclinación al silencio ni a la actitud contemplativa sino más bien lo contrario, con su costumbre de volar y chillar y hacer nidos donde moran de a decenas, continuaban, como venía diciendo recién, chillando y gritando, sin siquiera advertir, en apariencia, nuestro paso, aunque algo, un mínimo detenimiento de ese ruido y ajetreo permanente, una mínima pausa cada vez que pasábamos, como si algo estuviese a punto de implotar, nos hacía suponer que sí, que acaso percibieran, lejanamente, que en lo que íbamos pensando en el auto con Rosso era precisamente en eso, la construcción de un paisaje, porque ahora nos preguntábamos qué tipo de encuadre sobre el mundo supone la ventanilla de un auto en viaje, yendo a cien kilómetros por hora mientras afuera pasan vacas, parajes, molinos, lagunitas, loros monje o cotorras que encienden su vuelo y su chillar para nosotros, que los miramos, quizás para darnos algo a narrar, y por eso pensábamos en cómo es de inagotable la materia narrativa, si acaso un marco desde el que mirar no sería ya la suficiente chispa que hace a las cosas ponerse a funcionar, armar paisaje, tejer relaciones ocultas, uniones posibles, sugerir ritmos y direcciones de lectura, todo mientras pasábamos un nuevo eucaliptus al costado de la ruta y en lo más alto, entre los huecos del nido comunitario, en ese amasijo de ramas superpuestas, las cotorras, o loros monje, hacían, ahora sí, como si gritaran un grito real, y una vez atrás quedaban en silencio, olvidadas de nuestro paso, como caídas del tiempo.

Santiago Alassia

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