Cultura y Libros

Fragmento de La isla de Arturo

Todas las islas de nuestro archipiélago, en el mar napolitano, son hermosas.

Domingo 15 de Octubre de 2017

Sus tierras tienen en gran parte un origen volcánico, y sobre todo cerca de los antiguos cráteres nacen millares de flores silvestres como no he visto nunca en el continente. En primavera las colinas se cubren de retama; viajando en junio por el mar, su dulce olor agreste se reconoce en cuanto uno se aproxima a nuestros puertos.

Subiendo hacia el campo por las colinas, mi isla tiene caminitos solitarios flanqueados por muros antiguos, detrás de los cuales se extienden huertos y viñedos que parecen jardines imperiales. Posee varias playas de arena clara y delicada, y otras menores escondidas entre los enormes arrecifes y cubiertas de guijarros y conchas marinas. En aquellos elevados peñascos que sobresalen del agua anidan las gaviotas y las tórtolas salvajes, que, sobre todo por la mañana temprano, dejan oír sus voces, unas veces quejumbrosas, otras alegres. En los días serenos, el mar es apacible y fresco, y se deposita sobre la playa como el rocío. ¡Ah!, no pretendo ser gaviota ni delfín; me contentaría con ser una escorpina, el pez más feo del mar, para volver allí a jugar en el agua.

Las calles que rodean el puerto son callejones sin luz, flanqueados por casas toscas, de siglos de antigüedad, que surgen severas y tristes, a pesar de estar pintadas con los bellos colores de las con-chas marinas, rosado y gris ceniza. En el alféizar de las ventanitas, angostas como aspilleras, se ve alguna vez un tarro de hojalata con claveles plantados, o una jaula que se diría idónea para un grillo y que encierra una tórtola capturada. Las tiendas son hondas y oscuras como cuevas de bandidos. En el cafetín del puerto hay una estufa de carbón donde la dueña prepara el café a la turca en una cafetera esmaltada de color azul. Enviudó hace muchos años y lleva siempre un vestido negro de luto, un chal negro y aretes del mismo color. La fotografía del difunto cuelga en la pared, al lado de la caja, rodeada de guirnaldas de hojas polvorientas.

El posadero cría en su local, situado frente al monumento de Cristo Pescador, a un búho sujeto con una cadenita a una tabla que sobresale en la parte superior de la pared. El ave tiene las plumas negras y grises, delicadas, un elegante copete, párpados azules y grandes ojos de color oro rojo cercados de negro. Siempre le sangra un ala, porque él mismo se la desgarra continuamente con el pico. Si la gente tiende la mano para hacerle cosquillas en el pecho, inclina la cabecita con expresión maravillada.

Al atardecer empieza a agitarse, intenta alzar el vuelo, cae, y muchas veces acaba aleteando cabeza abajo suspendido de la cadenita.

En la iglesia del puerto, la más antigua de la isla, hay santas de cera, de menos de tres palmos, en vitrinas de cristal. Tienen faldas de encaje auténtico, amarillentas, mantillas de brocado descolorido, pelo de verdad y, colgados de las muñecas, minúsculos rosarios de perlas legítimas. En sus deditos, de palidez mortuoria, las uñas aparecen esbozadas por un tenue trazo rojo.

En nuestro puerto casi nunca amarran las elegantes embarcaciones deportivas o de crucero que pululan en los otros puertos del archipiélago; se ven barcazas o gabarras mercantiles, además de los botes de pesca de los isleños. Durante muchas horas del día la plaza del puerto está casi desierta; a la izquierda, junto a la estatua de Cristo Pescador, un coche de punto espera la llegada del vapor de línea, que se detiene unos minutos para que desciendan tres o cuatro pasajeros, casi siempre gente de la isla. Nunca, ni siquiera en verano, nuestras solitarias playas conocen el alboroto de los bañistas que, llegados de Nápoles y otras ciudades, o de todas las partes del mundo, invaden las playas de los alrededores. Si por casualidad un extranjero desembarca en Prócida, se asombra al no encontrar la vida alegre y heterogénea, las fiestas y las conversaciones en las calles, los cantos, el sonido de guitarras y mandolinas, todo eso por lo que la región de Nápoles es conocida en el mundo entero. La gente de Prócida es huraña, taciturna. Las puertas permanecen cerradas, casi nadie se asoma a la ventana, cada familia vive entre sus cuatro paredes, sin mezclarse con las demás. No cultivamos las amistades. Más que curiosidad, la llegada de un forastero despierta desconfianza. Si hace preguntas, se le contesta de mala gana, porque a los de mi isla no les gusta que se metan las narices en sus cosas.

Son de complexión menuda, morenos, de ojos negros y alargados, como los orientales. Se parecen tanto entre sí que se diría que todos son parientes. Las mujeres, a la antigua usanza, viven enclaustradas como monjas. Muchas llevan todavía el pelo largo enroscado, la cabeza cubierta con el chal, vestido largo y, en invierno, zuecos sobre las gruesas medias de algodón negro; en verano algunas van descalzas. Cuando pasan caminando con los pies desnudos, rápidas, sin hacer ruido y esquivando encontronazos, parecen gatas salvajes o garduñas.

Nunca bajan a la playa. Para ellas es pecado bañarse en el mar, e incluso ver cómo otros se bañan.

Muchas veces, en los libros, las viviendas de las antiguas ciudades medievales, agrupadas o dispersas por el valle y las laderas en torno al castillo que domina la cumbre más alta, semejan un rebaño alrededor del pastor. De la misma manera, las de Prócida, desde las numerosas que se apiñan cerca del puerto hasta las que ascienden por las colinas y las casas de labranza aisladas en el cam-po, parecen desde lejos un rebaño diseminado al pie del castillo. Este se alza sobre la colina más alta, que, entre las otras, parece una montaña. Ampliado por construcciones superpuestas y añadidas a lo largo de los siglos, ha adquirido la mole de una ciudadela gigantesca. Desde los barcos que bordean la costa, sobre todo por la noche, de Prócida solo se divisa esa masa oscura, así que nuestra isla semeja una fortaleza en medio del mar.

Hace unos doscientos años el castillo se convirtió en un presidio, uno de los mayores, creo, del país. Para muchas personas que viven lejos, el nombre de mi isla es el nombre de una cárcel.

Hacia el lado de poniente, que mira al mar, mi casa queda frente al castillo, pero los separan muchos centenares de metros en línea recta, con numerosas caletas de las que por la noche parten las barcas de los pescadores con las luces encendidas. La distancia impide vislumbrar las rejas de los ventanucos y el ir y venir de los carceleros alrededor de los muros. En invierno, cuando hay bruma y las nubes pasan por delante del castillo, el presidio semeja una fortaleza abandonada, como las que se encuentran en muchas ciudades antiguas. Una ruina fantástica, habitada solo por serpientes, búhos y golondrinas.

"Cuando pasan caminando con los pies desnudos, rápidas, sin hacer ruido y esquivando encontronazos, parecen gatas salvajes o garduñas".

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