Florián

Domingo 09 de Febrero de 2020

El caso de Florián fue al revés, fue la maestra quien se enamoró del niño, la cual, en realidad se enamoró del nombre, se enamoró de las flores del nombre del niño. De la eufonía, de la música de decir Florián, Florián, del eco, de la reverberación. De las ondas sonoras que son materia, física, y que no desaparecen sino que deambulan por el espacio como las promesas de amor, que dichas a alguien, siguen allí, incluso, para otros enamorados: el famoso polvo de Quevedo.

Florián florecerán poéticamente, pensaba ella, en primer grado. El grado cero del amor, un niño y su maestra. El amor más puro, como el maternal, pegado, seguido, junto. ¿Qué son acaso una madre o una maestra?

Y alguien dijo casi con desprecio que solo era amor maternal, como si eso fuera poco, como si no fuera el origen de todo. Y Florián le llevaba flores a la maestra, tenía algo de niño antiguo, intemporal, un niño perplejo, ensimismado en su nombre o en todo lo que abarcaban sus ojos que parecían ver el horizonte cuando miraba el pizarrón del aula.

La maestra (vamos a llamarla Yolanda, señorita Yolanda), volvía a casa y ponía las flores en el agua de unos floreros de alabastro. Su marido, lejos de sentir celos, amaba el amor de ella por el niño florido, porque cualquier amor de Yolanda se transformaba en genital para ellos en la noche, en la cama, y ella le decía, o más bien, le explicaba, que él debía creer en la primavera del niño de primer grado. Y el marido de Yolanda asentía, crédulo (¿qué otra cosa es el amor?), subiendo por esa escalera natural que lleva de lo materno al Eros y luego da cuerda a la pulsión de la vida, no solo para reproducir el género sino también el estilo.

Más tarde, Yolanda y él (vamos a llamarlo Octavio), llegaron a tener, incluso, la última flor del otoño, pero Florián fue el primero, y si bien no era de ellos, nunca comprendieron bien los términos posesorios de la sangre y de las leyes. ¿Qué otra cosa es el amor sino el mayor desasimiento de tener un hijo que no sea de nuestro cuerpo?

El grado cero del amor es una maestra de primer grado y la eufonía de un nombre que marca el destino de un niño: Florián, Florián, le decía ella, debes creer en la primavera. Y se lo decía como si hiciera falta decirles eso a las flores.