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Fernanda, la punga

"¿Vos qué hubieras sido?". Fernanda come un doble cuarto de libra sin condimentos en el McDonald's y amplía la pregunta: "¿Vos qué hubieras sido si a los seis años tu mamá y tu papá te hubieran subido a un auto para viajar hasta San Isidro, Tigre, Olivos y otros barrios bacanes de la zona norte, y tu mamá, vestida de tenista, te tomara de la mano, caminara a tu par y tocara timbres?".

Domingo 10 de Noviembre de 2019

"¿Vos qué hubieras sido?". Fernanda come un doble cuarto de libra sin condimentos en el McDonald's y amplía la pregunta: "¿Vos qué hubieras sido si a los seis años tu mamá y tu papá te hubieran subido a un auto para viajar hasta San Isidro, Tigre, Olivos y otros barrios bacanes de la zona norte, y tu mamá, vestida de tenista, te tomara de la mano, caminara a tu par y tocara timbres?". Mira fijo, Fernanda: "Y cuando en las casas no hubiera nadie, tu papá bajara del auto, caminara unos pasos y barreteara la puerta".

Fernanda recuerda que mientras sus padres revisaban las habitaciones matrimoniales, ella los imitaba y jugaba a buscar juguetes en la de los niños. Su papá y su mamá abrían cajas fuertes; ella, arcones de chiches.

Las preguntas siguen, se amontonan, no esperan respuesta: "¿Vos qué hubieras sido si, desde los seis años, las salidas con tu mamá hubieran consistido en subir de su mano a los colectivos y ver cómo metía la otra en carteras, mochilas y bolsillos de pasajeros? ¿Y si «tu momento» con tu papá hubiera consistido en embolsar pedacitos de marihuana, los dos juntos sobre la misma mesa?". Fernanda dice que la semana pasada le estuvo contando su infancia a un juez. Desde que nació. Y que le preguntó lo mismo: "¿Vos que hubieras sido?".

Como allí tampoco hubo respuesta, Fernanda siguió: "No tuve una vida muy normal como para no hacer lo que hago. Me crié en la calle, soy de una familia de delincuentes. Pero hay cosas peores que eso...".

La confesión fue en un Juzgado porteño que le tramita una causa por un hurto a un turista italiano. Pero eso fue en los Tribunales de Talcahuano. Ahora está en el McDonald's de la avenida Pueyrredón, a una cuadra de la estación de Once, y sigue recordando su niñez.

—¡Yo estaba reviva! Me daba cuenta de todo a pesar de ser rechica. Mis papás me decían "vamos a trabajar" y me ponía contenta; sabía que salíamos a pasear juntos. No lo hablaba con nadie, eh. Los chicos a esa edad hablan de todo; bueno, yo no.

Fernanda, a los nueve años, ya con sus padres separados, viajaba solita en tren. Se bajaba en Retiro y subía a la Costera, que en una hora y media la dejaba en La Plata. Caminaba algunas cuadras, se presentaba en la puerta de la cárcel y le decía a las penitenciarias que quería ver a su mamá. No tenía documento ni partida de nacimiento. Sólo una docena de facturas y las monedas para regresar. Como a fines de los ochenta los controles no eran tan estrictos, la dejaban ingresar. A su papá lo iba a ver a Devoto. Aunque no entraba. Le gritaba desde afuera, él se asomaba desde la ventana, se colgaba de las rejas y charlaban a los gritos.

Fernanda también recuerda lo bueno de su infancia, lo de cualquier nena de su edad: en la escuela tenía notas altas, le gustaba llenar su cartuchera de lápices y marcadores de colores, era muy prolijita con los útiles y en el club del barrio practicaba tenis, natación y patín. Una vez, sus papás la llevaron a competir a un torneo de patín y ganó un trofeo. Ese es el mejor recuerdo de su infancia.

—¿Y vos, qué hubieras sido, y qué hubieras hecho, si a tus doce años papá ingresara a la cárcel de Olmos por venta de drogas, y mamá a la de Los Hornos por un robo, y vos quedaras sola, a cargo de tus tres hermanitos?

Las causas anteriores de cada uno habían sido en distintos períodos. Ahora coincidían. Entonces, ella y sus hermanitos quedaron solos.

Fernanda dice que ya estaba todo dicho; que así se lo dijo al juez.

—Doctor, ya estaba todo dicho…, no me habían enseñado a hacer otra cosa.

Lo primero que hizo fue vender las cosas de valor que había en la casa. Comían gracias a los productos del almacén que estaba por inaugurar su mamá días antes de ser detenida. Era mercadería comprada a piratas del asfalto. Después de eso, cuando se acabó todo, sí, empezó a hacer lo que había aprendido mirando a su mamá en los colectivos.

Treinta años después, aclarándole a su hija de seis que no hablara porque había prometido quedarse calladita, y haciéndole la seña de silencio, dice que estuvo en reformatorios de menores, en cárceles federales y bonaerenses, que fue mamá por primera vez a los quince años y abuela a la edad que muchos ni siquiera fueron papás; que sufrió el asesinato de su padre y de un marido, que fue golpeada por más de una pareja y tuvo que dejar su casa por palizas; que cinco de sus hijos pasaron por institutos de menores y cárceles; que robó en los mundiales de Sudáfrica 2010 y Brasil 2014, en los carnavales de Río de Janeiro, en Bolivia y en distintas provincias del país. Tuvo autos, casas, pero dice que se separó y perdió todo. Después se levantó, se volvió a caer, se volvió a levantar y así varias veces. Como no pudo estar en el Mundial de Rusia por una causa abierta, su próxima meta será viajar a las próximas grandes competencias internacionales.

—Creo que a todo el mundo le pasa lo mismo —dice, algo seria por lo de caer y levantarse—. La vida es así. La diferencia es que algunas personas no pueden recuperarse; yo sí. Ahora sé que tengo que salir a la cancha y jugar. Quiero darle para adelante y vivir lo mejor que pueda.

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