Cultura y Libros

Feria del Libro, un viaje al corazón de una palabra

En un mundo plagado de pantallas, los libros en papel todavía fascinan. En el Centro Cultural Fontanarrosa, la Feria del Libro local es un multievento capaz de cautivar a los amantes de la literatura, pero también constituye un ejemplo de cómo es posible ampliar los públicos y abrir el acceso a los bienes culturales

Domingo 09 de Junio de 2019

Los amantes de la lectura y la escritura tienen por estos días una cita especial, que puede transformarse en mágica. ¿Cómo entender si no que en la puerta del Centro Cultural Fontanarrosa el mismísimo Jorge Luis Borges invite a recorrer la Feria del Libro? De estricto traje y corbata, la mirada perdida, le hace una seña a un grupo de escolares y yo me cuelo en la delegación. Nos internamos en el mundo de la literatura, de las obras, de los autores, ya con los primeros pasos resuena el deseo del poeta santafesino Francisco Paco Urondo de “llegar a vivir en el corazón de una palabra”. Rodeados de libros en papel, objetos que aún despiertan fascinación en un planeta lleno de pantallas, esto promete ser una fiesta. Y el viaje recién empieza.

Hay corrientes en varias direcciones. Todo se mueve en este edificio emblemático para la cultura de la ciudad, que desde el jueves 30 de mayo parece —antes que un shopping o una mesa de saldos— un lugar de encuentro, de cruce, de búsquedas. Por eso alberga otros lenguajes y expresiones, además de lo literario, aunque éste se alce orgulloso como la proa del barco. A la Feria la definen como un multievento, donde funciona muy bien aquello que para el público general resulta infrecuente, si bien se relaciona con lo propio: autores rosarinos en letras de molde, editoriales institucionales que rescatan voces y temas olvidados o poco difundidos, material al que es difícil acceder.

Bajamos unos peldaños y estamos en el llamado subsuelo. Borges les pregunta a los adolescentes que participan de una visita guiada si les suena su nombre, les cuenta que ha escrito “algunos libros” y les propone que recorran el lugar. Los pibes se alejan y el actor rosarino Dali López no pierde la compostura. En los pisos superiores otros escritores acechan, dispuestos a recitar pasajes de sus obras e incentivar la curiosidad de los estudiantes que salen a explorar la feria. María Elena Walsh, Victoria Ocampo, Horacio Quiroga y Federico García Lorca recuerdan que la literatura permite dialogar con distintos espacios pero también a través de los tiempos. La magia enciende sus luces y me siento cómoda en el medio de este grupo de alumnos movedizos, aunque ellos no disfruten de la lectura. “Nos parece buena la visita, capaz que podés aprender mucho. Yo nunca leo”, admite Axel al lado de su amigo Ciro, que ya se compró un libro de historietas sobre superhéroes.

Corrijo: la cita especial no es sólo para quienes de antemano aman los libros sino para los que ojalá crucen el puente del interés, del hábito, del acceso a estos bienes culturales. En ese sentido ayuda que la entrada a la Feria sea libre y gratuita, coinciden todos. Pero también es definitorio, como en cada cosa que vale la pena, la presencia del deseo. “No hay que forzar a nadie a leer, Borges decía qué después de todo Shakespeare no leyó a Shakespeare”, susurra Borges y una niña de primaria sin haberlo escuchado refuerza la máxima. “Para leerlo, tiene que ser un libro que me atrape”, afirma con seriedad y cita con soltura: “Una de las novelas que más me atrapó fue Caídos del mapa (serie de literatura juvenil de la argentina María Inés Falconi)”. Su compañera de séptimo grado de una escuela privada ratifica que quedó enganchada “con todas las de Harry Potter”, por eso ahora tiene un sueño, “ir a los estudios de Universal para ver cómo es su mundo”.

Andrés, de la librería funense Ponsatti, especializada en publicaciones infantiles, confirmará después que los chicos de diez años para arriba se acercan, preguntan, piden de acuerdo a sus preferencias (les gustan las sagas, las continuaciones de relatos que ya conocen). Por supuesto los adultos son los que más compran y en eso llevan la delantera los libros sobre el manejo de las emociones.

Pero todavía estamos en el subsuelo, donde se pueden conseguir volúmenes de autores de aquí a la vuelta, para todas las edades y de distintos géneros. Es el stand de las editoriales independientes, que nuclea a trece de ellas, muy cerca del ingreso. Se trata del único lote sobre un total de cuarenta cedido gratuitamente por los organizadores de la feria —la Fundación El Libro, los gobiernos de la ciudad y de la provincia—, además de los que ocupan en la planta baja la Editorial Municipal, Espacio Santafesino, UNR Editora y el Ministerio de Educación.

“El año pasado tuvimos un espacio con unos tablones por poquitos días pero ahora se redobló la apuesta. Estamos muy contentos porque los lectores rosarinos nos acompañan”, cuenta Carolina Musa, responsable del sello Libros Silvestres. “Algunos stands están medio vacíos pero en el nuestro siempre hay alguien, se nota un interés, al menos, por conocer”, ilustra. Para los editores, la propuesta de la Municipalidad que los aunó en un lugar común también implica la posibilidad de desarrollar y afianzar una experiencia asociativa, de grupo, que trasciende la feria.

Borges avisa que debemos subir y llegamos al entrepiso. “Yo me enamoré de la literatura. En esta dimensión en la que estamos los libros nos permiten acceder a mundos increíbles, no se viaja con ningún billete”, alienta y nos deja a la puerta de una galería con una sucesión de cubículos a ambos lados, repletos de ejemplares. Aldo, de 84 años, convalida cuando quedamos frente a frente en el mismo anaquel. “Es un universo maravilloso el del conocimiento. Me pasé la vida leyendo, además escribo un poco de todo. Vengo a mirar, no a comprar”, dice y se pierde entre la gente a paso lento.

Lilia, la mujer que ahora camina a mi lado con bastón, tiene la misma edad. “Soy habitué del Centro Cultural, me gusta mucho venir a escuchar conferencias. Me enteré por la radio y me acerqué”, resume. Gusta de andar sola y le resulta interesante “la variedad de temas” que propone la feria, me confía. Luego la veré en las primeras filas del acto que se realizó a sala llena para homenajear al narrador, poeta, ensayista, traductor y crítico literario Elvio Gandolfo. “Me parece absurdo un homenaje pero me encanta”, empezó bromeando el editor de la mítica revista el lagrimal trifurca, y terminó con los ojos llenos de lágrimas al asegurar: “Trataré de escribir para mostrar que Rosario, Montevideo y la Buenos Aires de los barrios —las tres ciudades donde ha vivido— prevalecerán”. La platea aplaude y también se emociona.

Por un momento nos olvidamos de la crisis pero el contexto no puede obviarse cuando se escucha el precio de algunos libros. Matías Carioli, de la editorial porteña Prometeo, ratifica. “Es cierto que hay precios muy elevados, tiene que ver con que subieron los costos de producción, a diferencia de lo que sucedía años atrás”, explica el joven al lado de Rubén Farías, que en la librería local De la Manta trabaja el catálogo de Prometeo, es decir publicaciones de filosofía, historia, ciencias sociales y género. Esto último “es lo que más se edita y se vende, junto con la historia argentina”.

Muy cerca se emplaza Paradoxa, una librería joven de la ciudad que además de sostener el lote durante doce horas cada uno de los doce días de la Feria, ha organizado actividades y presentaciones en el marco de una profusa agenda, la cual arranca diariamente a las 14 y termina a las 21.30 (aunque la Feria en la semana abre sus puertas a las 9, los sábados y domingos a las 13). “La idea era representar nuestro catálogo: ciencias sociales, filosofía, arte, literatura infantil, juvenil, universal y latinoamericana”, detalla Quique Rey, de Paradoxa. “En el año les damos espacio a los escritores locales pero ahora respetamos el stand de las editoriales independientes, donde muchos tienen sus títulos, y trajimos libros de rosarinos editados fuera de la ciudad”, agrega. Analiza que “el hecho de que la Municipalidad subsidiara parte del costo de los stands a todos los expositores por igual, ayudó a que la mayoría de las librerías pudiéramos estar acá”.

El autor de El Aleph nos espera en el hall. Nos queda todavía un piso por visitar y allá vamos por las escaleras en cuyo hueco central penden, de sendos hilos, libros de distintos tamaños. A los costados, las esculturas de personajes de Fontanarrosa, desde Inodoro Pereyra y la Eulogia a Boogie el Aceitoso, imantan a personas de todas las edades que quieren llevarse una selfie. Imposible transmitirle algo de estas imágenes a Borges, además seguramente la ceguera no alcanza a los fantasmas, porque ya está conversando con otro grupo (a veces el diálogo deviene un monólogo en el que el autor-personaje despliega sus recursos para conectarse con generaciones más ancladas en la cultura cibernética que en la libresca). Dos chicas de pañuelo verde atado en la mochila desarman las generalizaciones. Tienen 20 y 21 años, buscan clásicos y libros de teoría feminista.

“Somos una librería feminista y asociativa”, se planta Dannae Abdala, de La Libre. “Tomamos al libro como un bien cultural, no de consumo. Por eso a los libros los podés comprar pero también te podés asociar y accedés a ciertos beneficios. Tenemos cuatro catálogos”, sigue la joven de treinta años y enumera: “Feminismos; infancias libres y diversas; editoriales rosarinas; política”. Junto a Ro Ferrer, ilustradora y autora de Feminací y Será ley, que hoy dibuja y firma ejemplares en el stand de la librería, Dannae comenta que La Libre es un proyecto cultural de Ciudad Futura. La interrumpen los aplausos provenientes del local de la Sade —Sociedad Argentina de Escritores, nada que ver con el marqués—, donde un grupo entusiasta de señoras asiste a una improvisada lectura de poesía. La locutora oficial de la Feria anuncia las próximas charlas (las hay simultáneas en tres salas del Fontanarrosa). Me siento en un aeropuerto.

En un extremo del salón se alojan los libros de la editorial rosarina Baltasara, que este año celebró su década de existencia con un panel especial, a propuesta de la Biblioteca Argentina. Su titular, la infatigable Liliana Ruiz, estuvo también al frente de la organización de otras presentaciones del sello durante la feria. “Nuestro interés es llegar a personas que sean lectores”, asegura, y por eso participa además en la Feria del Libro de Buenos Aires, a la que considera “una ventana al mundo, uno de los eventos en su tipo más importantes a nivel internacional”. La encuentra “más enfocada a lo comercial, a las mesas de negocios con otros editores, a las ventas de derecho de autor a pesar de que los que más van son lectores”. Para terminar, Ruiz expresa una expectativa en voz alta: “Tendría que pasar un mes y medio o dos meses entre la Feria de Buenos Aires y la de Rosario para darles un descanso a los lectores y a sus bolsillos, se aprovecharía más”.

En tren de aprovechar, llego por fin al último piso. Allí donde un cartel indica “Espacio infantil” se entra a un reducto especialmente decorado con niños de cartón pintado en las paredes y un escritorio delante del cual se esparcen alfombras verdes: emulan parcelas de pasto e invitan a tirarse encima. Al menos eso hacen los más pequeños mientras esperan la presentación de un fanzine a ellos dirigido. Quiero ser una más y me siento en canastita, una beba que apenas camina se acerca y balbucea frente a mí algo que apenas entiendo. Recuerdo entonces a Diana Bellessi cuando plantea que “la experiencia de la poesía surge muy tempranamente en la vida del ser humano, un momento antes de la apropiación del lenguaje, cuando agrestes aún nos expresamos en el grito, el llanto, la risa”. ¡Entonces sí he cumplido el deseo que deslizara Paco Urondo! Llegar a vivir en el corazón de una palabra, esa que está por decirse, por escribirse, por leerse. El viaje ha terminado.

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