Cultura y Libros

Fantasmas de la city

La veíamos siempre en "Scorpio", un bodegón que estaba en pleno centro de la ciudad.

Domingo 21 de Enero de 2018

La veíamos siempre en "Scorpio", un bodegón que estaba en pleno centro de la ciudad. Sobretodo marrón gastado, zapatos y pantalones viejos y un desprolijo pelo gris en corte carré improvisado al compás del desinterés. Pero eran sus ojos lo que llamaba nuestra atención: como dos pozos de ausencia, llenos de nada, se quedaban horas y horas mirando la mesa o algún punto cualquiera del salón; muy cada tanto se concentraban en el televisor durante un par de minutos, no sin esfuerzo.

Aquel bar era un refugio de gente a la deriva. Lo usaban de parada buscavidas que caminaban en el borde de la transa y el maneje de muy baja escala, y personas solitarias que necesitaban pasar el rato, la tarde y la noche. Ya regía la ordenanza que prohibía fumar y ahí se fumaba como si nada. Cada tanto se transaba merca aunque la venta no era fija. Los baños amarillentos y derruidos parecían cavernas prehistóricas y sus enormes ventanales funcionaban como una gran vidriera del mundo que iba y venía en su rutina absurda.

Había en el lugar cierta sensación de comunidad. No de amabilidad y mucho menos de compañerismo; si de frases compartidas, comentarios al pasar y miradas de entendimiento, más la señora de los ojos muertos no hablaba con nadie. Nunca. Si uno levantaba la vista para cruzar un gesto cómplice parecía no verte o efectivamente no te veía. Sus ojos estaban clavados en algún terreno de la existencia cuyo acceso estaba negado al resto de los mortales.

—Es un fantasma — nos dijo un famoso poeta maldito argentino que compartió mesa con nosotros luego de que lo invitásemos a unos tragos, tras uno de sus varios pasos por Rosario. Éramos dos amigos de veinte años y nos dedicábamos a mirar y pensar la vida, especialmente los márgenes del mundo, y ese sitio era ideal para tal actividad.

—Es un fantasma — repitió, y desde ese entonces el término se convirtió en una especie de categoría conceptual con que definíamos a hombres y mujeres que veíamos en bares, minimarket, plazas o estaciones de servicio, siempre a un costado de todo, como si algo o alguien les hubiera destrozado el tacto para buscar compañía, amigos y amantes.

Había un tipo grande de bigotes que conocimos cierta noche en un bar de calle Rioja en la zona del bajo. Ni bien entró a la fonda escuchamos que alguien deslizó por lo bajo:

—Este es de mi época, de los bares y los baños de los ochenta.

Desde entonces lo bautizamos "El Fantasma de Bigotes". Podíamos verlo dos veces en una semana, tomando café en la tarde o alcohol en la noche. Podían pasar meses sin que lo crucemos. Nos olvidábamos por completo de su existencia y entonces su presencia espectral volvía a manifestarse. También teníamos fichado a un viejo rubio de cara altiva. Nos había llegado el dato de un tipo de plata que abandonó a su familia y con un bolso lleno de dinero deambuló por hoteles, bares y restaurantes del centro hasta gastar todo lo que tenía. No quiso volver a su hogar ni recuperar su antigua posición de clase y decidió vivir en la calle. Estábamos convencidos de que el rubio y el millonario que dejó atrás sus millones eran la misma persona.

¿Cuántos espectros había en la ciudad? ¿Qué se escondía en el cofre hermético de su silencio? ¿Había alguien que registrara su presencia en este alucinante y feroz entramado de historias cotidianas en que consiste nuestra existencia ciudadana?

Nosotros, al menos informalmente, tratábamos de hacerlo. De todos teníamos referencias que llegaban sin que las busquemos. Luego, cualquier detalle significativo permitía agrandar y dar sentido a la base de datos de nuestra intuición.

Así y todo, la persona con que habíamos inaugurado nuestra búsqueda era un enigma total. Sospechábamos que cobraba una pensión o jubilación, ya que no se veía en condiciones de sostener trabajo alguno pero siempre tenía plata, al menos para pagar lo que consumía.

La habíamos visto un par de veces en otros bares de la zona, bares que funcionaban lo más bien pero habían quedado como anclados en otra época, sin muchas vueltas en el decorado ni en la cuestión higiénica; bares de paso para gente que labura en la calle o quiere un lugar donde puede estar tranquila un par de horas. Aparte de esto no sabíamos nada más.

Una tarde en que charlábamos con el encargado de "Scorpio" se nos ocurrió preguntarle por ella.

—Le decimos "La Mujer de la Lágrima", porque siempre que viene se pide una lágrima. Ahora ya ni pide, cuando la vemos llegar se la preparamos y se la servimos —nos dijo, de mala gana, porque ahí a nadie le gustaban las preguntas y mucho menos responderlas.

Sin embargo nos dijo más de lo que se imaginaba. Describía con maestría al fantasma más triste de la ciudad, dándole un ropaje de palabras que parecía volver a vestirla de humana y la retornaba fugazmente al reino de los vivos.

Averiguamos eso y nada más, tras más o menos dos años de mirar y pensar, escuchar e imaginar.

No mucho después el bar cerró. Cada cual buscó refugio en otras mesas, en otros cruces, en otras latitudes. Nosotros también seguimos con nuestras vidas y advertimos, en algún momento, que no habíamos vuelto a ver a esa mujer cuyos tremendos ojos muertos parecían ponerle a la tarde un punto y aparte. Cada cierto tiempo volvíamos a notarlo hasta que un día nos preguntamos como si fuera en borrador, de alguna manera pidiendo permiso, si se habría esfumado en la nada.

Santiago Beretta


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