Cultura y Libros

Ensayo sobre la rápida agonía de la Argentina kirchnerista

El analista político José Natanson intenta explicar el fenómeno macrista a partir del supuesto fracaso

Domingo 18 de Marzo de 2018

Es precisamente la solidez de lo logrado por el peronismo como revolución social la razón principal para la larga etapa de desgarramientos que su gestión iba a dejar en herencia.

Tulio Halperin Donghi

La larga agonía de la Argentina peronista

El verano argentino es un invento del peronismo. Aunque las playas habían comenzado a ocuparse un par de décadas antes, la costumbre se limitaba a unas pocas familias privilegiadas, hasta que el gobierno de Perón extendió a todos los trabajadores las vacaciones pagas y el aguinaldo, desplegó las primeras iniciativas de turismo popular a través de los hoteles sindicales y construyó el complejo de Chapadmalal para los hijos de las familias obreras: en uno de esos gestos simbólicos a los que son tan afectos los presidentes peronistas, el lugar elegido fue un campo de 650 hectáreas expropiado a la familia Martínez de Hoz.

Por los mismos años, con su característico ímpetu reformador y un Estado fortalecido por la prosperidad de la posguerra, Perón creaba esa proto-Disneylandia que es la República de los Niños y lanzaba el Festival de Cine de Mar del Plata, a cuya inauguración asistieron las dos grandes estrellas del Hollywood de aquellos años, Errol Flynn y Gina Lollobrigida. Desbordados por los nuevos turistas, los casinos cambiaban el antiguo sistema de ingreso vía carnet de admisión por las más democráticas entradas y reemplazaban las fichas de hueso por las de plástico, al tiempo que la empresa Ferrocarriles Argentinos, recientemente estatizada, habilitaba la categoría turista en los servicios a Mar del Plata (allí donde la célebre canción sintomáticamente invitaría a descansar en... alpargatas).

El peronismo se insertaba así en las nuevas tendencias mundiales. En su clásico Mitologías, Roland Barthes recuerda que las vacaciones comenzaron a popularizarse entre las clases altas a comienzos del siglo XX, y entre los sectores medios y los trabajadores, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, como resultado de los descansos impuestos por el sistema educativo y del afianzamiento de la "sociedad salarial" y el Estado de bienestar, lo que por primera vez ubicó el ocio como un valor social importante y, en el camino, disparó rotundos cambios de estilo: si históricamente el cuerpo bronceado había sido considerado un signo de trabajo manual, a punto tal que las revistas de la aristocracia promocionaban todo tipo de lociones y cremas para aclarar la piel, la moda fue cambiando conforme se masificaban las vacaciones y la piel dorada pasaba de expresión de vulgaridad a símbolo de status.

La "redistribución del ocio" es un hilo rojo que conecta el primer peronismo con el kirchnerismo: cada uno a su modo y según las condiciones de su época (el formato actual impone descansos jibarizados en fines de semana largos, vuelos más accesibles, rutas infernales), lo cierto es que ambos procuraron casi diríamos democratizar las vacaciones. Y en este sentido, la temporada 2015-2016 puede verse como el último verano del kirchnerismo: entre cuatro y cinco millones de personas salieron de vacaciones (unos dos millones a Brasil), empujadas por los salarios por arriba de la inflación, un tipo de cambio atrasado, el folclórico "dólar turista" y los planes de cuotas. Con su aire de fin de fiesta, las últimas vacaciones del ciclo K funcionaron como un espejo exacerbado de los aciertos, errores y tensiones del modelo económico, como el último verano de una serie que al año siguiente, tras doce meses de macrismo marcados por la caída del salario real, la desactivación del Ahora 12 y la anulación de los feriados puente, ya no se repetiría.

¿Por qué, pese a la seguidilla de veranos felices, el kirchnerismo perdió las elecciones presidenciales? ¿En qué vuelta táctica de la larga campaña electoral se terminó sellando la derrota?

¿Fue al comienzo, cuando Cristina Kirchner optó por evitar la interna y consagró a Daniel Scioli como candidato único? ¿Al día siguiente, cuando Florencio Randazzo rechazó la postulación a gobernador? ¿Después de las Paso, cuando se conoció que el candidato sería Aníbal Fernández? ¿O más adelante, cuando, ya con la oferta electoral definida, el kirchnerismo puro tomaba distancia de... su candidato presidencial? ¿La derrota fue resultado de las contradicciones de un Scioli que no podía alejarse del gobierno pero que, si se kirchnerizaba, perdía adhesiones? ¿O acaso fue un proceso más largo, que comenzó el mismo día en que Cristina obtuvo el 54 por ciento de los votos y empezó a tolerar —o alentar— el desgajamiento de la coalición política y social que la había llevado al poder?

De construir a "aguantar el modelo" (o cómo administrar la escasez)

La primera clave para entender la caída electoral reside en la economía. El espectacular crecimiento registrado desde la llegada de Néstor Kirchner al poder en 2003 y la mejora sostenida de los indicadores sociales empezaron a acompasarse a partir de 2008, cuando la Argentina sufrió el primer impacto de la crisis financiera global y el gobierno experimentó su primera gran derrota política, con el voto "no positivo" de Julio Cobos en el conflicto por el aumento de las retenciones agropecuarias. Los factores que explicaban el despegue de esa primera etapa —la capacidad de combinar mejoras de bienestar de los sectores más vulnerables y las clases medias con una alta rentabilidad de las empresas y los bancos gracias a los altos precios de los commodities, el aprovechamiento de la capacidad ociosa y las tasas chinas de crecimiento— ya no empujaban como en el pasado, a medida que el viento de cola comenzaba a girar a proa y los stocks (de energía, reservas internacionales, bienes de capital) se agotaban. La inflación fue el signo de estas tensiones emergentes.
Pese a ello, el primer gobierno de Cristina logró superar razonablemente bien la crisis de 2008-2009. Desde el punto de vista político, el período que comienza con una derrota (el voto de Cobos en el Senado) y concluye con una tragedia (la muerte de Kirchner el 27 de octubre de 2010) fue el momento más brillante de todo el ciclo kirchnerista: mediante una vertiginosa serie de iniciativas de reforma en clave progresista (estatización de las AFJP, ley de medios, matrimonio igualitario, asignación universal, masivos festejos del Bicentenario), el gobierno logró una redención impensada que le permitió arrasar en las elecciones de octubre de 2011. La economía, que con la estatización del sistema previsional consiguió un enorme caudal de recursos rápidamente destinados a apuntalar el crecimiento a través de políticas contracíclicas, acompañó el renacimiento político.
Pero el contexto internacional había cambiado, y muy pronto las tensiones macroeconómicas morigeradas —o disimuladas, según cómo se mire— reemergieron. Fue así como reapareció una antigua amenaza, responsable de nuestro patrón enloquecido de stops and goes y de buena parte de las crisis políticas del último medio siglo: la destructiva, temida y nunca resuelta restricción externa.
Como tantas veces en el pasado, luego de cierto período de crecimiento el superávit comercial se transformaba en déficit. El maestro Aldo Ferrer lo definió como el "pecado original" de la economía argentina: una estructura industrial desequilibrada —es decir, que demanda más dólares de los que genera— redunda en un desbalance crónico de divisas y le impone un techo infranqueable a la posibilidad de expansión económica. Se trata del drama macroeconómico que el kirchnerismo no pudo resolver: si por un lado es cierto que la estructura productiva argentina no se primarizó al mismo ritmo que otras economías de la región, por otro resulta evidente que, una vez más, el crecimiento dependía de los superávits del campo, del sol y de la lluvia.
La respuesta del gobierno a este escenario de tensiones fue una política de "administración de la escasez" orientada a sostener los indicadores sociales alcanzados hasta el momento. En palabras del ex secretario de política económica Matías Kulfas, el paso de "profundizar el modelo" a "aguantar el modelo". Frente al déficit energético, Cristina ordenó la estatización de YPF, una reacción positiva pero tardía y cuyos beneficios recién comenzarían a verse algunos años más tarde. Los límites a las importaciones mediante licencias no automáticas y declaraciones juradas, junto con la odiada restricción a la compra de dólares para atesoramiento (cepo), permitieron controlar el frente externo y evitar una devaluación desbocada, pero crearon las condiciones para un mercado negro (el dólar blue) que alimentaba la expectativa de devaluación futura, estimulaba la especulación y abría un espacio opaco para todo tipo de maniobras irregulares (sin mencionar los efectos políticos de estas medidas).
Errática, la conducción económica se había dispersado en varios funcionarios, entre los que se destacaba Guillermo Moreno, hiperkinético autor de los parches más insólitos, porque una cosa es la regulación de los mercados y otra el maquillaje inefectivo por vía de medidas extravagantes: por ejemplo, la obligación impuesta a las empresas de compensar las importaciones con la misma cantidad de exportaciones llevó a que compañías como Sony desarrollaran su "sección alimentos", especializada en la venta de camarones, o a que Pirelli comenzara a ofrecer miel y BMW jugo de uva, lo cual, por supuesto, no hizo que se exportaran ni más camarones ni más miel ni más jugo de uva, ni que se importaran menos chips, neumáticos o autopartes, sino simplemente que las firmas cambiaran de manos.
¿El gobierno chocaba la calesita?, como acusaron los economistas Mario Damill, Roberto Frenkel y Martín Rapetti en un paper que circuló en ámbitos opositores. No, pero estuvo cerca. La llegada de Axel Kicillof al Ministerio de Economía y la designación de integrantes de su equipo en lugares es-tratégicos del aparato estatal, junto con la esperada salida de Moreno, contribuyeron a dotar de homogeneidad y un rumbo más claro a la conducción económica. Con la devaluación del 30% ordenada en enero de 2014 (la primera de un saque en una década), la súbita elevación de las tasas de interés y el freno a las importaciones, la conducción económica logró conjurar la corrida contra el peso desatada en los días previos y reestabilizar la economía. Era el primer paso de un plan más ambicioso, que apuntaba a reinsertar el país en los mercados internacionales y refinanciar mediante nuevos créditos los vencimientos de deuda que hasta el momento se habían pagado con reservas, para lo cual —en un cambio táctico que no pasó desapercibido—se resolvió el diferendo con Repsol por la privatización de YPF, se cerraron los juicios internacionales pendientes en el Ciadi y se llegó a un acuerdo con el Club de París.

—¿No hubiera sido conveniente explorar opciones más ortodoxas para enfrentar la crisis? —le pregunté a Kicillof un año después de su salida del gobierno, en los estudios de un canal de televisión, mientras esperábamos para salir al aire.
—¿Más ortodoxas? —repreguntó Kicillof, a quien le gusta la discusión de ideas y responde las preguntas como si fueran pelotas de tenis que hay que devolver con fuerza.

—Bueno, digo imprimir menos y tomar un poco más de deuda, aflojar los controles y apostar a que ingresen más dólares.
—Lo que pasa es que apareció el fallo insólito de Griesa y no pudimos recomponer el frente externo, primero porque la cláusula Rufo nos lo impedía, porque pagarles a los buitres mientras estaba vigente la cláusula implicaba defaultear toda la deuda, y después porque se acercaba la campaña y los fondos buitre no querían negociar nada.

—¿Por qué?
—Porque los buitres no son tontos: si ganaba Scioli implicaba, en el peor de los casos, seguir como estaban; si ganaba Macri ya había dicho que les pagaba todo. Les convenía esperar.
El kirchnerismo, puesto por el fallo de Griesa frente a un escenario que no esperaba, reaccionó con esa mezcla de agilidad, desparpajo y voluntad que le era tan propia: desactivó sin mayores explicaciones los planes de normalización financiera y transformó la derrota en los tribunales estadounidenses en el eje de un discurso de tonalidades soberanistas ("patria o buitres"), al tiempo que sumaba más peso al pisotón sobre las importaciones, negociaba con China un intercambio (swap) de monedas para mejorar las reservas y seguía expandiendo el gasto público. Esto le permitió atravesar el largo proceso electoral —cuatro meses entre las Paso y el recambio presidencial— sin caer en el cuadro de descontrol económico y crisis social que habían marcado los finales del alfonsinismo y la convertibilidad, pero sin poder evitar el declive de la economía.
Los datos son elocuentes: el PBI, que había crecido el 8,8% durante el mandato de Néstor Kirchner y el 6,2% en el primero de Cristina, se expandió apenas un 1,1% en su segundo período. El resto de las variables se alinearon en el mismo sentido: la producción industrial pasó del 10,4% al 8,6%, y de ahí al 0,8%; el empleo privado formal, dato clave del mercado laboral, había crecido un impresionante 10,6% durante el gobierno de Néstor, 1,9% en el primero de Cristina y sólo 0,4% en el segundo; las exportaciones, que habían aumentado ¡21,2%!, crecieron 5,2% y luego 4,2%. La inflación anual pasó del 11,4% al 22%, y de ahí al 28,2%. Los famosos superávits gemelos se convirtieron en déficits y las reservas disminuyeron de manera sostenida.
En este panorama entre gris y gris oscuro brillaban unas pocas variables: la deuda, que medida en dólares se mantuvo por debajo del 10% del PBI, y el desempleo, quizás el aspecto más virtuoso de todo el ciclo, que gracias a varios esfuerzos combinados —inversión privada al comienzo, alto gasto público, programas de protección como los Repro y leyes destinadas a combatir la informalidad— continuó reduciéndose año tras año, del 11,4% al final del gobierno de Néstor al 7,8% en el primero de Cristina y al 7,2% a fines de 2015.
Pero, salvo estos indicadores, la trayectoria era, en una mirada general, descendente. Tras doce años de kirchnerismo, el panorama era una especie de decepcionante normalidad recesiva: una economía estancada, que había ido perdiendo fuerza y acumulando parches, pero que nunca había estallado y sobre la cual el gobierno, pese a todo, aún decidía.


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