Cultura y Libros

El último romántico

La periodista Liliana Viola hizo lo que nadie había hecho hasta ahora. Se metió en la vida de Alberto Migré, el autor que moldeó la cultura sentimental de varias generaciones de argentinos a través de sus recordadas ficciones televisivas. Investigó y escribió una biografía donde, como en muchas novelas, hay secretos que se revelan y otros que quedan guardados Virginia Giacosa

Domingo 15 de Julio de 2018

Algunos lo llamaban "el Señor Éxito". Otros, "el Padre de la Lágrima" o "el Autor del Amor". Pero el apelativo que parece haberse impuesto es "el Rey Midas de la Televisión", porque todo lo que él tocaba se convertía en oro o, mejor dicho, en pico de rating. Hasta los actores que elegía se transformaban en estrellas. Los cultos lo tildaban de cursi y de mersa. Pero muchos de esos detractores, en la intimidad, no se perdían un solo capítulo de sus ficciones amorosas. Mentor de las pasiones prohibidas, Alberto Migré ayudó a moldear la educación sentimental de varias generaciones de argentinos. Fue dueño de un estilo inconfundible de telenovela y creador de guiones casi autorales que conectaban con la actualidad. En sus tiras habló de la guerrilla, de Perón y de Evita. Y la historia también citó a Migré. Tanto es así que el ecuatoriano Jaime Durán Barba confesó que el beso que la esposa del candidato presidencial le estampa en momentos clave está calcado de los besos de novela.

Como la pasión, las creaciones de Migré, no conocían de horarios diferidos. Las telenovelas nacieron para ser devoradas en su horario de emisión. No se grababan ni se rebobinaban ni se podían volver a ver. No se descargaban, como las de ahora, de la web. En todo caso se podía sufrir (tanto o más que en la novela) si te perdías algún que otro capítulo. Y el ritual del espectador iba más allá de pegarse al televisor lo que duraba un episodio. Seguía al día siguiente con los comentarios en la oficina, en la calle, en la peluquería. La espera entre un capítulo y otro era un suplicio que sólo se podía pasar dándole esa solución de continuidad de boca en boca a la historia. El país se paraba para verlo.

¿Pero cómo fue que Migré logró arrancar como ninguno desde suspiros a lágrimas a tantas mujeres? ¿Dónde se escribió esa receta? Quizás la voz de Nora Cárpena sea clave para alcanzar algo parecido a una respuesta. "Una vez me animé y le pregunté: «Alberto, sus personajes saben siempre las palabras justas para demostrarle amor a una mujer. Siempre saben lo que tienen que decir para que una mujer se derrita, se enoje o se reconcilie. ¿Cómo usted sabe tanto de los hombres?». Y me contestó: «Ay, Nora, es muy sencillo... Yo les hago decir a ellos lo que quisiera que me dijeran a mí»".

La periodista y editora del suplemento Soy del diario Página/12, Liliana Viola, lo cuenta en Migré. El maestro de las telenovelas que revolucionó la educación sentimental de un país, recientemente editado por Random House. La biografía atrapa página a página con diálogos, crónica, fragmentos de entrevistas al autor, testimonios desopilantes y conmovedores de actores y actrices, directores, admiradores y amigos íntimos que aportan a perfilar a un hombre que patentó una marca registrada para contar el amor y supo denunciar (cuando casi nadie lo hacía) la influencia del machismo en la vida real y la carga del melodrama en los rencores que trazan la historia argentina.

Para Viola, más que un experto en el amor, Migré fue un maestro del suspenso. Algo así como un Alfred Hitchcock pero aplicado a las emociones sexuales. Sabía como nadie suspender la pasión y de esa forma enganchaba a los chicos que en los años setenta no tenían acceso al espionaje sexual más allá de sus novelas. "Preparaba la entrada de un galán para que la platea al verlo ya lo amara, cuándo dar el primer beso, dónde hacer entrar una canción. Eso no es el amor, es una ficción amorosa y esa sí que era su gran especialidad", dice la autora.

¿Cómo nace esta biografía y cómo te llevabas con Migré hasta escribirla?

—Nunca fui fanática de Migré, pero tampoco lo despreciaba. Sí, tengo una novela favorita que es Pobre diabla, que la vi cuando tenía diez años. Pero confieso que lo que le pasa al biógrafo después de un trabajo como este es casi para una internación. Eso de buscarlo en 50 o 60 entrevistas, de ver de nuevo casi todas las novelas, de hablar con los que lo conocieron, te hace pensar que el que escribe una biografía enloquece. Mientras escribía me pasó que soñaba con Migré, y él en los sueños me decía: "Contá esto, contá todo". Después vinieron los herederos y me dijeron: "Bueno, mejor no cuentes todo". La gente que lo conoció lo admira de una manera muy impactante, por lo tanto, en el camino de la biografía tenés que contar al personaje y también tenés que reinventar la vida de una persona.

A la vez fue un personaje tan odiado como amado, ¿no?

—Se lo trataba con un desprecio que hoy espantaría. En las revistas Humor y Satiricón hacían alusiones muy crueles sobre su sexualidad. Creo que era una violencia que se sustentaba en un desprecio mucho mayor frente a todo lo relacionado con lo femenino, lo rosa, lo afeminado.

Las novelas de Migré estaban pensadas para ser devoradas en su tiempo de emisión. No había forma de seguirlas por YouTube si te perdías un capítulo. ¿Cómo influía esa forma de producir en la trama?

—Migré era incapaz de escribir una sinopsis porque empezaba una novela sin saber cómo la iba a terminar. El capítulo que seguía, nunca lo tenía en mente. Según cómo se desenvolvían los actores decidía lo que venía después. Él todas las noches miraba con sus padres el capítulo número uno y luego se sentaba a escribir el segundo. Era autor y espectador al mismo tiempo.

Y hasta hace aparecer, como nunca antes en una telenovela, la cuestión del aborto.

—Sí, en dos novelas por lo menos. Una de los años 80 y la otra de 1972 que fue Rolando Rivas, taxista. Cuando Soledad Silveyra se tenía que ir de la novela y Migré no sabía cómo hacerlo arma una especie de focus group con amigas y espectadoras para preguntar sobre qué es lo peor que le puede hacer una mujer a un hombre enamorado. Y de ahí sale, de la consulta con esas mujeres, que lo peor sería abortar un hijo de él. Y entonces Migré lo hace. Para que pudiera entrar Nora Cárpena, vemos a Mónica Helguera Paz, el personaje de Soledad Silveyra, hacerlo en una clínica muy paqueta y rodeada de enfermeras, porque ella era una ricachona. Y por último, vemos a Rolando que llora y la conclusión es que nunca se lo va a perdonar. Pero lo más curioso de esto es el diálogo de Mónica, la protagonista, antes de abortar con su mejor amiga, interpretada por Laura Bove, que es bastante conservadora y cheta. La chica le dice a Mónica que cómo va a hacer eso si lo que más quiere una mujer en la vida es darle un hijo a su hombre. Y entonces ella le pregunta quién fue la que dijo eso. Y la amiga le responde: "No sé muy bien si fue Simone de Beavoir o Mirtha Legrand".



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