Cultura y Libros

El último diente de Günter Grass

El libro final del autor de El tambor de hojalata es una obra que combina prosa, poesía y dibujos, donde melancolía e ironía se combinan bellamente

Domingo 09 de Julio de 2017

Por más que Günter Grass vacile entre subastar su último diente "cubierto de metal noble" a beneficio de directores de banco necesitados, utilizarlo para asustar a sus nietos fingiendo risas infernales o bien, sentado ante el espejo —y dejando a un lado la dentadura postiza—eternizarlo en un autorretrato, no hay duda de que el escritor alemán que en 1999 se alzó simultáneamente con el Nobel de Literatura y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, hasta el fin de sus días siguió siendo tan "mordaz e incisivo" (términos que remiten a una sublimada agresividad dentaria), como lo fuera en todo el resto de su ajetreada y larga vida.

En épocas en que envejecer y morir, más allá de las gansadas que se vomitan a diario sobre las-dulzuras-de-la-tercera-edad, son prácticas que la sociedad juzga impúdicas, deshonrosas y de mal gusto, el libro que Grass escribió e ilustró hasta poco antes de su muerte, en 2015, constituye un inteligente y audaz canto de despedida, ni reblandecido, ni doliente ni fúnebre.

Y eso, aunque en De la finitud —ese es el título, harto elocuente, de la delicada pieza póstuma que Alfaguara editó a mediados del año pasado, en una esmeradísima versión castellana de Miguel Sáenz—, Grass le dedique no menos de ocho páginas a relatar cómo él y su mujer, con practicidad y precisión germánicas, le encomendaron a un maestro ebanista la fabricación de sus respectivos ataúdes: dos cajas adaptadas a las dimensiones de sus cuerpos, como cuando se encara la confección de un traje a medida, una de pino y la otra de abedul.

Pero esa alusión tan directa a la muerte —a la vez descontracturada y humorística, puesto que ambas cajas más tarde serán robadas del sótano, y luego misteriosamente restituidas—está muy lejos de ser la tónica predominante del libro.

Concebido como un acompasado encadenamiento de prosa, poesía e ilustraciones del propio autor —no hay que olvidar los estudios de bellas artes que cursó, ni su experiencia como ilustrador de textos—, el conjunto se amalgama como una totalidad sin fisuras, sutil y bellamente cohesionada.

Allí Grass testimonia su devoción por Rabelais, no inferior a la que les tributaba a sus muchas pipas, sueña un diálogo nocturno con Lévi-Strauss o deplora la creciente desaparición del intercambio de cartas manuscritas: "Pronto no tendremos ya qué decirnos... a no ser que, sin cartero, llegue correo, delicadamente escrito en la arena durante la marea baja".

Voluptuoso cocinero, se deleita pregonando las bondades de las entrañas animales: estómagos de vaca, riñones de cerdo, mollejas de ternera, hígado de bacalao frito o menudos de ganso —a lo que sus hijos le responden con un asqueado "¡puaj!"—, o enumera las infinitas variedades de hongos que en otros tiempos solía recoger ¡en sitios hoy urbanizados!

Tampoco falta la condena de una mente lúcida y fuertemente analítica a la feroz embestida del mundo digital: "Nuestro yo existe sólo en el ciberespacio, todo vive y se comunica digitalmente; lo que no está en la red finge estarlo. Solo almacenados somos inmortales", y más adelante: "Las bombas lanzadas diariamente en Irak y los cadáveres alineados bajo lonas son sólo muertos aparentes y plagios de los verdaderos juegos de ordenador...".

Pero fiel a su actitud crítica ante la inmoralidad de las políticas de Estado y de los políticos de turno —lo que no le ahorró dolores de cabeza—, Grass le reserva también un poema (Mamá) a la canciller Angela Merkel, del que transcribo apenas tres versos: "Ella, por todos lados, está presa de intereses/ que, conchabados, acechan el lucro/ y —como si fueran la Mafia— la chantajean apretándole las clavijas".

Ni siquiera el Papa se libró de ser mordido por el "ultimísimo diente" del carnívoro Günter, que lo alude en esta cita de una casi imperceptible ironía, y que no sé por qué me recuerda a Ezra Pound: "Incluso el Papa más reciente, que quiere ser llamado Francisco, se mostró en su puesto acusador... negando su bendición a la codicia y, por consiguiente, a su propio banco".

"Masticador de encías, viejo mascullante,/ que solo a cucharadas digiere el puré...", Günter Grass cautiva con este fruto tardío, pasado casi, donde ha reunido para disfrute de la posteridad su talento de dibujante, su fabulosa destreza literaria, y su insobornable compromiso consigo mismo y con el tiempo histórico que le tocó vivir.

Plegaria vespertina

Lo que de niño

me asustaba hasta ponerme el miembro tieso

era una frase -"Dios lo ve todo"-

escrita en los muros con letra picuda;

pero ahora -desde que Dios ha muerto-

da vueltas arriba un dron no tripulado,

que no me pierde de vista

con un ojo sin pestañas que no duerme

y todo lo almacena, no puede olvidar nada.


Me vuelvo infantil,

tartamudeo plegarias incompletas incoherentes,

quiero pedir gracia y absolución

lo mismo que mis labios en otro tiempo al acostarme

pedían indulgencia tras cada caída.

Me oigo susurrar en el confesionario:

Ay, querido dron,

te pido perdón

para poder ir al cielo de rondón.

El búho mira

Más que al resbaladizo ratón

y al gusano enroscado,

su mirada nos refleja a nosotros

que los domingos en el zoo

buscamos respuestas.

Una vez

estofé a fuego lento

y en puchero tapado

durante sus buenas dos horas y media

un corazón de buey, atado prietamente

porque tenía los ventrículos rellenos

de ciruelas pasas.


Cortado en lonchas del grosor de un dedo

y rodeado de setas blanqueadas,

fue servido como declaración de amor,

tenía un tentador aspecto pero

se enfrió sin ser correspondido

en el plato que yo tenía enfrente.


Y eso ocurrió aunque había

espolvoreado las ciruelas sin hueso

con nuez moscada rallada

y abundante canela;

ingredientes que, de tiempo inmemorial,

aumentan el deseo de más, cada vez más...

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