Cultura y Libros

El traductor fantasma de Vila-Matas

El destino de cualquier escritor mediocre, por más largo y complicado que haya sido su recorrido, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que finalmente descubre que no tiene talento.

Domingo 15 de Abril de 2018

El destino de cualquier escritor mediocre, por más largo y complicado que haya sido su recorrido, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que finalmente descubre que no tiene talento. Semejante tragedia terminará por forzarlo a tomar una decisión definitiva, es entonces cuando sabrá para siempre quién es.

Están los que eligen alejarse brutalmente de la literatura. Consiguen un cargo en algún juzgado o se dedican a la publicidad o abren un taller literario. Otros, menos permeables a la idea de dignidad, prueban todo tipo de recursos con tal de seguir disputando un espacio dentro del campo literario.

Lo más frecuente es que se lancen al rescate heroico de algún escritor olvidado. Redescubrir una obra que se daba por muerta. La maniobra consiste en publicar insistentemente artículos con tono indignado y denunciar a los gritos el injusto olvido al que se ha condenado a la novelista X o al poeta W.

La jugada es efectiva porque se apoya en una realidad: como casi nadie sabe o ha leído nada sobre el escritor en cuestión, y como tampoco hay muchos con ganas de saber o leer algo sobre él, la reivindicación sigue su curso sin encontrar resistencias ni polémicas. Y si el tono quejoso es convincente, no tardará en llegar la editorial que publique la obra del autor postergado, acompañada por un vistoso prólogo del manipulador. Así se traza el destino vulgar de los escritores mediocres.

Muy distinto es el caso de Vincenzo Fanalino di Coda, el brillante intelectual italiano que a pesar de su talento desbordado ha caído injustamente en el olvido. Redescubrir a este maestro de las apropiaciones sutiles y las insinuaciones alusivas resulta tan necesario como inevitable.

Los que conocieron a Fanalino di Coda coinciden en que la causa de sus logros y sus fracasos hay que atribuirla a su volcánica inclinación por la desmesura. Manejó con destreza inusual al menos siete lenguas. Fue poeta, traductor, dramaturgo y detractor de la estupidez.

Tenía veinte años cuando en 1957 hizo su debut en el Teatro di via Belsiana de Roma con su adaptación de En busca del tiempo perdido. La obra duraba siete días con sus siete noches. Había unos pocos intervalos diarios en los que los actores comían, se higienizaban y dormían junto a los espectadores, sin abandonar nunca sus personajes. Una crónica de época cita a Fanalino: "Quise darle al espectador lo que se le da al lector: algo enorme, con cuerpo, interminable, excitante y a su vez turbulento. Si los espectadores están frescos y descansados, no llegan a sentir la asfixia y la fragilidad del mundo que se les plantea. La espera no siempre produce víctimas".

Los intensos vaivenes de su recorrido experimental bien merecerían una dedicada reedición de sus obras y una extensa biografía. Nos conformamos por ahora con compartir un episodio aún desconocido.

Durante su vejez, y hasta el año pasado, Fanalino ejerció el anónimo oficio del traductor fantasma. Es habitual que las grandes editoriales cuenten con uno o dos traductores de prestigio por cada lengua que traducen con regularidad. Saben que un lector indeciso define su compra cuando reconoce sobre la tapa el nombre de un traductor famoso. Lo problemático es que estas nuevas estrellas de la literatura mundial son más bien de trabajar poco y no llegan nunca a traducir al ritmo que exige la creciente demanda editorial. Para que la cosa funcione, el traductor de firma necesita apoyarse en una figura intermedia. Alguien que haga una primera traducción, que le anticipe las dificultades del texto, que sugiera alternativas para resolverlas y que sobre todo mantenga en secreto su actividad. Ese es el trabajo del traductor fantasma.

Si por caso le tocara traducir la insigne frase del general San Martín: "A los nueve años yo me masturbaba debajo de un ombú, era un niño realmente patriótico", el traductor fantasma no sólo propondrá su traducción, sino que además indicará entre paréntesis las versiones posibles: "Ai nove anni (io) mi masturbavo sotto un (albero di) ombú (ombù), ero un bambino veramente (realmente) patriotico". El traductor estrella recibe el texto ya masticado y se limita a elegir entre las opciones que le propone su fantasma.

Fanalino se convirtió rápidamente en objeto de veneración, era el único fantasma que traducía con igual genio las siete lenguas a las que los editores reducen el mundo. Aunque lo tentaban con propuestas constantes, trabajó sólo para Feltrinelli, una de las pocas editoriales históricas italianas que Berlusconi no pudo burrear.

También colaboraba con ellos como consultor editorial. Su rara intuición analítica lo hacía infalible, si sugería un escritor para publicar no le erraba nunca. O casi nunca.

Fanalino andaba empalagado de tanto Mishima, Murakami y Yoshimoto cuando propuso apostar por Enrique Vila-Matas. Le protestaron que el español ya había sido publicado en Italia por otros, por la misma Feltrinelli, y más de una vez, y que no hubo forma de hacerlo despegar. Después entendieron que una traducción fantasma de Fanalino podía hacer la diferencia.

Probaron con El mal de Montano. No pasó mucho. Insistieron al año siguiente con París no se acaba nunca y no pasó nada. Las ventas fueron desastrosas y la recepción de la crítica se reducía a un respetuoso desinterés. Que Vila-Matas no encontrara lectores en Italia era inquietante; para Fanalino sólo podía explicarse como efecto de algún tipo de malentendido.

No quedaba resto para más publicaciones. Como siempre la cuestión era el dinero, pero esta vez la cuestión era también el desánimo. De algún modo Fanalino convenció a todos en la editorial de que todavía faltaba una traducción más.

Durante año y medio se dedicó exclusivamente a Doctor Pasavento, la novela de casi cuatrocientas páginas que Vila-Matas acababa de publicar en Anagrama. La traducción de Fanalino era maravillosa. Incluso visualmente, porque a diferencia de las pocas sugerencias que solía dejarle al traductor de firma, ahora había agregado paréntesis con alternativas por todos lados. La versión definitiva estuvo a cargo del célebre hispanista Pino Cacucci y fue también un trabajo formidable.

Con todo listo y a punto de salir a imprenta, Fanalino comprendió que el asunto era al revés. Lo de Vila-Matas no se explicaba por la existencia de un malentendido, sino por su ausencia. El problema estaba justamente en que no había habido malentendidos. Se acordó de Roma, del teatro de calle Belsiana, y de esa máxima que era suya pero que también podía ser de Artaud: "No hay crueldad mejor direccionada que la que se ejerce contra la propia obra". Aliviado, cambió la traducción de Cacucci por la suya, y sin quitarle ni un solo paréntesis, la mandó a impresión.

El jurado del 35º Premio Mondello, integrado por dieciséis destacados figurones de la crítica literaria peninsular, anunciaba al poco tiempo desde Palermo: "La novela Dottor Pasavento ha sido galardonada con el Premio Especial del Jurado por el provocador y personalísimo estilo que despliega. La construcción del personaje obsesionado por seguir el destino del escritor Robert Walser, incluso hasta el extremo de adoptar su estrategia de ir desapareciendo, conforma una obra narrativa intimista y experimental, elegante y descarada, un auténtico fenómeno de absoluta originalidad en la literatura española actual." El toque mágico de la estupidez había convertido a Vila-Matas en eso que precisamente ya era, un excéntrico autor de vanguardia.

Fanalino me habló de esto y de los casi diez años que ya habían pasado sin que nadie se diera cuenta de nada. Después se cansó. Mientras le agradecía la charla, abrió un cajón de su escritorio y sacó un Dottor Pasavento. Pude ver los paréntesis, marcados por unos círculos que Fanalino trazó en lápiz. Si se pasan las hojas con una cierta velocidad, los círculos ayudan a adivinar que la secuencia de paréntesis marca un ritmo. Ese ritmo cifrado es el estilo de Fanalino. "Tomá, te lo regalo", podría haberme dicho como despedida, pero dijo otra cosa.

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