Cultura y Libros

El riesgo de lo vivo

Willy Harvey tenía sólo cincuenta años cuando murió en situación de calle, en 1982. Culto, riguroso y de carácter hosco, dejó una obra poética escueta e inquietante. Su leyenda de artista maldito es parte de la historia literaria rosarina. Cultura y Libros conversó con quienes lo conocieron, y evocó con ellos su extraña y tormentosa vida.

Domingo 20 de Mayo de 2018

"¿Por qué alguien, desde una oscura ciudad sudamericana, escribe esto, preocupándose aún por el sentido de las palabras?", remata Guillermo Willy Harvey su poema "Un hombre". La búsqueda de la respuesta tensionó su existencia al extremo: el enigma, la penumbra, la interrogación, lo marginal, caracterizaron vida y obra de quien se entregó a la poesía por completo. Contemporáneo de Hugo Padeletti, Aldo Oliva y Rubén Sevlever, fue dueño de una voz genuina y visceral. Acaso tragada por el personaje de artista maldito que desde mediados del siglo pasado trajinó Rosario ―sobre todo en el filo de sus bares― y terminó sus días en la calle.

Contra el olvido que supone una obra dispersa, de difícil acceso para los lectores e ignorada por la academia, la voz de Willy Harvey (1931-1982) sigue abriendo preguntas, a casi cuatro décadas de su muerte.

Orígenes

Irlanda, Roldán, Rosario. Fines del siglo XIX /1950. William Joseph Harvey era un inmigrante irlandés ―o inglés, sus descendientes no logran determinarlo― que enemistado con su familia cruzó el océano rumbo a América y tras pelearse con el capitán del barco fue arrojado a las aguas. El hijo argentino de William Joseph, Guillermo José (1904-1974), se instaló en Roldán a trabajar en el ferrocarril y concibió dos hijos a los que llamó del mismo modo. El primero ―su homónimo― sería poeta; el otro, el padre de Guillermina Harvey, quien hoy intenta rescatar y conocer la figura del tío Willito.

"Mis abuelos se conocieron en Roldán: ella estaba comprometida con otro; él se casó y tuvo a Willy con una mujer que luego murió de cáncer. Al enviudar, mi abuelo buscó a aquella chica, que ya había roto su compromiso, y de esta nueva unión nació mi papá, Guillermo Emilio, en 1948". La joven de 29 años teje la historia del clan y de una etapa que marcó a fuego al Willy niño y adolescente. "Atravesar la enfermedad y la muerte de su mamá no le fue fácil, manifestó rebeldía y rechazo", agrega Guillermina, pintando un cuadro de desavenencias entre Willito, el abuelo ―"que decidió mandarlo a un internado"― y la abuela, con quien al final se reconcilió.

A estos primeros pesares Willy no los ocultaba, aporta Horacio Aige, poeta, admirador de Harvey y difusor de su obra a través de la revista Mirto. "Tener el mismo nombre que el hermano lo angustió mucho", advierte sobre la decisión paterna, hoy prohibida por la ley. De todos modos, un punto ineludible unía a Willy con sus orígenes: la lengua inglesa, que dominaba a la perfección. "Era bilingüe, con una buena formación en comparación con lo que entonces se veía", comenta el poeta Héctor Berenguer, que supo del apasionamiento de Harvey en carne propia. "Guardo los libros que me hizo comprar en la editorial Penguin para leer en su lengua original. Me inculcó autores como D. H. Lawrence y los metafísicos del siglo XVII, que conseguí en la librería de Hugo Diz".

Willy era además ávido lector de la que Gertrude Stein llamó la generación perdida norteamericana y de James Joyce, T. S. Eliot, William Carlos Williams, Ezra Pound. "Lo anglosajón lo influyó mucho", explica Aige, aunque para Eduardo D'Anna ―autor de una historia literaria de Rosario― "el poeta que más quería, y que seguramente más lo marcó, fue Baudelaire". Harvey ansiaba ser escritor y se exigía a sí mismo tanto como a los demás. "Te hacía dudar al escribir; transmitía que es necesario saber, leer, formarse. Era una exigencia de esa generación, formarse antes de escribir", recuerda Berenguer de su encuentro con Harvey cuando apenas cursaba la secundaria. A esa generación la integraban, entre otros, Hugo Padeletti, Aldo Oliva y Rubén Sevlever. Despuntaban los años 50.

El sueño de ser poeta

Rosario, Buenos Aires, Rosario. 1950/1960. A los 20 años, Harvey vio su primer poema impreso en Espiga, revista cultural con eje en los creadores locales. Se sucederían publicaciones en esta y otras revistas, como Arci ―de la Asociación Rosarina de Cultura Inglesa― y Pausa, dirigida por Sevlever y cuyo germen se sitúa en la Facultad de Filosofía y Letras. Por esas aulas, hoy Humanidades y Artes de la UNR, pasó Harvey. "Además estudió Antropología pero no se recibió. Hizo trabajo de campo en Catamarca, casi en la frontera con Tucumán", cuenta Aige. De 1957 datan dos trabajos que dio a conocer en el marco universitario sobre las excavaciones de El Alamito y las culturas del Aconquija.

Terminan los años cincuenta y a Harvey se lo nota muy activo: lee sus poemas en público y tiene una librería. El escritor y periodista Jorge Conti (1935-2008) lo evoca en su libro Aguafuertes radiales, editado por la UNL: "Quien pasaba por la vereda podía verlo al fondo, enfrascado en la lectura de algún poeta recién descubierto. Me lo presentó el Negro (Rafael) Ielpi, no sin previas advertencias sobre la índole del personaje. (Un tipo medio hosco ―me dijo―. Es un buen poeta, pero tiene un carácter podrido)". La mirada de Conti registra a un joven Harvey "increíblemente delgado, de cuerpo encorvado, frente abovedada, cabello rubio y lacio y alucinados ojos azules que no desmentían su ascendencia inglesa". Era un gran seductor, por estampa y actitudes.

"Entre el antiguo bar El Pampa, de Córdoba y Paraguay, y el Palacio Minetti estaba la librería Runa, que en quechua significa hombre, y después le copió la revista Runa. Harvey traía ciertos libros que los poetas iban a buscar. Era bastante lógico que no siguiera el negocio, odiaba el comercio", cuenta D'Anna. No fue su amigo pero lo conocía desde 1965, cuando a sus 16 años lo vio entrar al bar Savoy como una flecha ypedirle 50 pesos (moneda nacional) a Alberto Gary Vila Ortiz, quien abrió la billetera y se los dio sin chistar. “Quizás le debía alguna cuenta de la librería… Gary lo quería y lo entendía a Harvey”, subraya D’Anna, nombrándolo siempre por el apellido y marcando distancia con ese gesto. Cree que tras el cierre de Runa, Willy no tuvo empleo ni ingreso fijos. “Vivía de los amigos y con los amigos”, apunta.
“Mi abuelo le había puesto una librería y él la regaló porque no quería nada que lo atara. Le dio la llave a alguien y se fue”, agrega Guillermina. En el medio había tenido un pasaje por Buenos Aires “y cuatro hijos con tres mujeres”. Una de las niñas falleció en un accidente ferroviario; otros dos, con los años, siguieron el camino de la escritura; uno además trabaja como traductor, revela la joven sobre sus primos. Aunque era gran conversador, Harvey no daba detalles de su familia.
Berenguer elige recordarlo “en un tiempo luminoso y creativo”. “A fines de los 60, nos reuníamos en Amigos del Arte para armar una revista. En el grupo estaban Willy y Héctor Paruzzo”, rememora Berenguer, quien todavía adolescente se unió a las tertulias privadas que este último organizaba en zona oeste. En el pasaje Tesla, cerca de la iglesia Nuestra Señora de la Rocca, Paruzzo y su compañera convivieron un tiempo con Harvey. “Yo vivía con mis padres a diez cuadras y me anoté en la ronda de lecturas que se hacían después del mediodía”, relata.
“Willy tuvo estabilidad de la mano de la familia sustituta que iba a pasaje Tesla. Después vinieron las dictaduras y hubo un desbande, algunos consideraron que ya no tenía sentido escribir. Sí estaban los escritores históricos de Rosario como Jorge Riestra o el mismo Gary: tenían empleo y podían sustentarse”, sostiene el poeta y gestor cultural. Cuenta que la dupla Harvey-Paruzzo salía a trabajar a las seis de la tarde, “a vender cosas, generalmente libros. En realidad no importaba qué porque con poco se vivía, era otra Argentina”. Willy nunca evidenció posicionamientos políticos.
En los 60, Harvey firmó varios poemas y notas de análisis en La Capital a través de Vila Ortiz y pululaba por los bares leyendo de un cuaderno de hojas amarillas el libro El riesgo de lo vivo. Algunos amigos posibilitarían finalmente su publicación en la editorial de Orlando Calgaro. En efecto sus amistades lo sostenían, aunque comenzó a cosechar enconos: se convirtió en un personaje amado y odiado, al decir de Berenguer. “Era muy inteligente y lúcido; también duro, difícil”, coincide Aige.
Cuando Willy dejó la casa de Paruzzo, vivió en pareja, con otros amigos, en pensiones. Sobre todo habitó la noche, por donde se paseó con el traje de poeta maldito.
Los filos de la noche
Rosario, Roldán. 1970/1982. De estilo formal ―vestía con camisa e incluso saco―, y a pesar de no indagar “las corrientes poéticas que florecían en Estados Unidos, de los beatniks mejor no le hablaras” (D’Anna dixit), la rebeldía de Harvey en todos los órdenes imantaba a jóvenes influenciados por la contracultura del hippismo y el rock. Uno de ellos, Raúl Tornatore, trabajaba como diariero en Buenos Aires y San Juan, frente al bar Pravia que Willy frecuentaba. Pronto se hicieron compinches. “En esa época convulsionada de mi vida y del país, compartimos la noche. Comíamos en bodegones con mi amigo Claudio Mendiola y el poeta Eros Bortolato (1931-1994), pedíamos el vino más barato y Willy lo rebajaba con agua”, sonríe el Gringo, que aún lleva el cabello largo.
“Éramos un grupo de bohemia y poesía, yo había dejado la escuela a los quince años y de repente empecé a leer a los poetas franceses. Willy era un transgresor, nos llevaba más de dos décadas y nos enseñaba mucho en un momento en que el melenudo era puto, el barbudo terrorista y te llevaban en cana por las dudas”, subraya, y cuenta que una vez arrastró a Harvey a un recital de rock. “Pero a él le interesaba la literatura. Con Willy y Claudio íbamos a una placita frente al Monumento, atrás del Concejo entrando por Córdoba. Era nuestro lugar secreto para leer y filosofar. Yo por ahí de caradura escribía algo y lo compartía. Pasábamos la noche tomando vino y recitando a la luz de la luna”, abunda Tornatore sobre aquel taller literario espontáneo y ambulante, que a veces funcionaba en bares como Pravia, La Capital, El Cairo, El Odeón, Savoy y Casablanca.
Mientras expresaba cada vez más intensamente “la declaración de guerra contra la sociedad burguesa que había asumido de manera individual, sin deseo de unirse a otros, y que tenía que ver con la libertad sexual, el riesgo, el odio a instituciones como el matrimonio, la filiación, el laburo”, en palabras de D’Anna, publicó poemas en La Capital, en la revista Runa, en las antologías Quince poetas y Poesía viva de Rosario; aparecieron notas y ensayos suyos; leía en público.

Ya sea a raíz de las quejas de Willy por no tener un libro impreso, o por insistencia de quienes creían que lo merecía, los amigos aportaron y reunieron fondos para que saliera El riesgo de lo vivo (editorial La Ventana, Rosario, 500 ejemplares). Llevaba en la tapa una serigrafía de Jorge Ignacio Orta, artista luego reconocido internacionalmente, y en la contratapa una de las pocas fotos que se conocen de Harvey junto a un manifiesto que empieza: “Mi vida es caótica, mi yo sentimental, contradictorio, vagamente analítico. Alguna vez sentí el vacío entre el ser y las cosas, e intenté decirlo. Supe que debía sostener esa elección a cada paso, a precios cada vez más desesperados”.
Era 1976 y caía la espesa niebla de la dictadura más sangrienta que sufrió la Argentina. Su propio hermano fue detenido por el terrorismo de Estado en Roldán. “Lo llevaron a la Jefatura de San Lorenzo, donde recibió torturas hasta que lo liberaron junto con siete compañeros”, cuenta Guillermina, la hija, que continúa el derrotero de la militancia. “En mi casa siempre hubo compromiso con la política, con las instituciones, con lo social. También con el arte, ya que mi papá cantaba folclore”, agrega, trayendo otro ámbito compartido con Guillermo Emilio Harvey, fallecido en 2014, y contrafigura de Willy.
Los 23 poemas de El riesgo de lo vivo se presentaron en 1977 “en el bar de arte Luna, de Mitre al 700. Éramos bastantes para la época y para la poesía que él hacía”, describe Tornatore. “El libro le brindó un poco de aire, lo entusiasmó, pero después eso pasó y se fue derrumbando. A lo último estaba complicado, estaba solo”, recuerda el Gringo. Él mismo dejó de verlo: por una terapia que realizaba en el hospital Agudo Ávila no podía tomar alcohol. Antes de perderle el rastro, le sugirió acudir al psiquiátrico, donde a la postre Harvey tendría varias estancias. También pasó por otras instituciones, de las que entraba y salía por voluntad propia.
Los amigos le conseguían ropa y comida, llegó a dormir en los altos de la Biblioteca Argentina y en la calle, cuentan Berenguer y Aige. En un último rulo de su vida volvió a Roldán, a la casa del hermano menor, que ya tenía tres hijos. La convivencia no se sostuvo, Willy partió y no se vieron más. A los pocos meses Guillermo Emilio recibió un llamado del cura de la catedral, en cuyas escalinatas el poeta pedía limosna durante la guerra de Malvinas. Este conflicto lo llenaba de angustia: temía sufrir represalias por su origen anglosajón, al punto de que al cruzarse con su amigo Gary en esos días le advirtió que al próximo poema que publicara el diario lo firmaría Guillermo y no Willy. Pero no hubo próximo poema.
“El párroco dijo que alguien en la morgue podía ser Willito y mi papá fue a reconocerlo”, precisa Guillermina. “Se ha muerto Willy Harvey. Andaba buscando la muerte”, empieza la sentida necrológica de Vila Ortiz en La Capital del 14 de julio de 1982, a cuatro días del deceso.
“Lo suyo no era pose, era auténtico, y la prueba es que murió en su ley, como un mendigo ―analiza D’Anna―. Le interesaba que la palabra creara mundos y lo reconocieran como a un creador. Desde su punto de vista un creador debía tener esa vida, no podía marcar tarjeta en un laburo. Una idea hasta sacerdotal de la poesía en el sentido de la entrega total. Harvey eligió y su elección no fue especulativa ni falsa”. Tenía sólo cincuenta años y fue enterrado en Roldán. Gran parte de su obra quedó inédita y dispersa.
Post mórtem
Su incondicional amigo Paruzzo recuperó el libro Imágenes de asedio, que ya en democracia iba a ser publicado por la provincia. Nuevamente sus amigos se ocuparon de reunir el papel pero éste se perdió “en los meandros de aquella Dirección de Cultura, el libro estuvo extraviado por quinquenios y vuelto a encontrar para llegar ahora a nuestras manos”, reveló Guillermo Ibáñez en 2011, en el prólogo del volumen de 22 poemas editado por Poesía de Rosario. La presentación en el Centro Cultural Roberto Fontanarrosa ofició como homenaje a Harvey.
“Vivió como un poeta romántico y hasta maldito. Vivió sufriente, testimoniando ese dolor”, resumió Ibáñez al presentar una poesía “que golpea” y “transmite la interrogación”; un autor “que escribía y leía con sus vísceras, con todo su ser”. Imágenes de asedio, igual que el libro anterior, recoge textos cesurados verso por verso y prosas poéticas. Ambas obras están disponibles en la Biblioteca Argentina.
Por otro lado, Mirto dio a conocer el año pasado 29 poemas, incluida la serie Obsesiones, que había circulado en 1977 en una edición privada de 200 ejemplares fotocopiados. Aige, director de la revista junto a Armando Vites, cree que hay más inéditos y aboga por que la obra de Willy sea reunida y publicada. “Es el maldito de la poesía argentina, por sobre Alejandra Pizarnik, en una línea de lucha y de combate que va de Baudelaire a Rimbaud y Artaud”, lo reivindica Aige. Considera a Harvey un poeta importante de la ciudad y del país, y reconocerlo, “un acto de justicia”.
“Si esperaba ser un poeta genial, no lo fue, porque el genio no depende del interesado sino de la sociedad. Claro que a veces un tipo canta mejor después de muerto, como Gardel”, advierte D’Anna, y remata: “Su poesía tiene valor. A la poesía de Rosario la hacemos todos los poetas. Es un mosaico y Harvey es un capítulo”. Para Guillermina, “hoy me toca Willy por cercanía familiar, pero este rescate les puede servir a otros. Como si pudiera abrir una puerta”.
Del otro lado del umbral, acecha lo que aún tiene para decirnos la poesía de Willy Harvey.

Inventario

Cuando abro la madrugada como un fruto
aspiro un chorro de agridulce plasma
sacudiendo
tanto y tanta sangre-sueño en abandono.

Así,
cada ademán se me ocurre un epitafio:
siglo final en que nací creciendo
junto al mar, el germen, el riesgo de lo vivo.
Lo sé, lo digo,
lo vine diciendo,
o lo escuché, tal vez,
de algún antepasado
en la antesala de las venas.

Y de etapa en etapa,
de ayer en ayer,
me arriesgo en la memoria
sorbiéndome la sed,
la fe inicial:
el sustantivo.

Historia

Desde Abel y Caín, o la lucha de las primeras tribus nómades; desde la quietud en el gesto de una reina de Sumer, enterrada con su séquito, su perfume y sus joyas… hasta el apocalipsis doméstico de Hiroshima:

¿Por qué la noche atroz del ciego, el mago, el loco?

¿Dónde lo salvaje, el fecundar del odio, ese tatuar cicatrices como lentas moradas?

¿Qué inquietud o servidumbre lleva al hombre a detestar lo que ama, y corregir, presuroso, las fronteras que destruye?

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