Domingo 24 de Septiembre de 2017

Me gustan el frío, la ropa vieja, el Ejército de Salvación y el peronismo, la lluvia, los perros de la calle y el número 17. La mujer renga del bar donde me atienden mal, pero me gusta (el bar), el ojo de vidrio de Columbo, el Peugeot 403 sin tunear y colecciono cualquier estampita de la Virgen María, a la que volvería a escribirle mi primer poema, a cambio de tener siete años como la primera vez.

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¡Qué puedo hacer! Todos somos el revés del lado amable de algo o de alguien. Me gustan cosas que otros rechazan: gritar, mojarme, el mate lavado y tocarle el brazo a mi mujer cuando hablamos; Macedonio, los borrachos, las calles de tierra, las derrotas, la comida recalentada y la ropa de los muertos. Que se corte la luz algunas veces y los cementerios. Me gustan los senderos entre las tumbas más que los pasillos del sanatorio aunque tengo fetiche con las enfermeras.

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Me gustan los libros largos, larguísimos, los dramas y los melodramas: hasta los veinte años creí que era nieto de Tolstoi y que la sonrisa de Manuel Puig, en las fotos, era por mí, como el pudor de Borges hablando de la muerte y del día que su abuela muriéndose a los cien años dijo la mala palabra. Me gusta Capusotto burlándose del viejo con la letra del Bombón asesino y las malas palabras, las más procaces y sucias cuando hacemos el amor.

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Y salir a la ruta, preparar bolsos, mapas, refugios, repuestos, llenar el tanque y amagar con irme para siempre como hicieron Rimbaud y Marull, aunque yo no podría no tener una casa en Rosario. A mí me gusta ir para volver. Seré siempre como Chéjov, hasta el último suspiro, en la cama agonizante, seguiré consultando guías de viaje y el horario de los trenes. La ida y la vuelta, acostar los huesos, algún día, ventear las cenizas.

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Me gusta pelear, estar en vilo, discutir y ser malo como si me tomara un descanso de ser tan bueno. De todos los héroes de la historia me gustan los que dieron la vida, los agonistas, los que nunca abandonan, los que se hunden con las banderas flameando como la Woolf o Alfonsina o mi abuela, que antes de morir quiso aprender a leer. Y los libros le alargaron la vida, diez, cien, mil años.

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Me gusta respetar a los grillos para no enojar a mi hermano, cada vez que voy a pisarlos lo veo a él en la infancia enseñándome el mito. Y me gusta la mujer que fuma y la mujer gorda, tener de dónde agarrarme en el abrazo cucharita, el olor del sexo en la bombacha que quedó en la canilla y la saliva abundante. El aliento a vino o cigarro si es con el beso de lengua y los olores de tu cuerpo sin bañarte, la gesticulación italiana, las películas tristes, las fotos en blanco y negro desenfocadas y el grano grueso. Me gustan los lunares y llorar al final de las novelas, el óxido del metal ferroso, el pan quemado, la nata en la leche y que la chica de la limpieza no deje todo impecable, porque también me gusta el polvo de mi casa y cuando vuelvo, encontrar un plato sucio como rastro vital en la mesa.

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Me gustan el papel de estraza, las iglesias antiguas, el olor de las velas de sebo, los rayos, el granizo y que el chubasco me sorprenda sin paraguas. Y lo peor de todo, una tara que me quedó de Villa Manuelita, de la infancia, cuando jugaba en los pasillos de las vías y los ranchos tejidos por el demonio de la miseria: me gustan los pobres (no la pobreza), me gustan "los negros", los pibes choros, las sirvientas, los obreros y el odio de Evita: más que todo su rabia, lo más parecido al viento en contra los domingos cuando voy en bici hasta tu casa.

Marcelo Scalona

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