El peregrino infernal
Un reciente libro, surgido de las páginas autobiográficas de un poeta desaparecido en plena juventud, retrata los días finales de Antonin Artaud, uno de los artistas más legítimos del siglo veinte

Domingo 19 de Julio de 2020

"Estoy jodido: com-ple-ta-men-te jodido. Miren esa gente. ¿Qué significa eso? ¿Para qué sirve que haya tantos hombres sobre la tierra? Uno los ve esforzarse, precipitarse. Parecería que van a hacer algo interesante. Pero fíjese. No piensan más que en ganar dinero, tragar, acostarse, es todo. ¿Para qué sirven sus vidas?".

El que está hablando, un día de 1947, en un famoso café de París es uno de los artistas más radicales del siglo veinte. Se llama Antonin Artaud y ya no falta mucho para que la muerte ponga fin a sus días y su obra. Del otro lado de la mesa, escuchando con unción y acaso con miedo, está un joven poeta llamado Jacques Prevel. Él tampoco vivirá durante mucho más tiempo: la tuberculosis ya ha comenzado a minar su organismo. Su único rumbo es el que el despótico escritor que ha pasado diez años en asilos para enfermos mentales le señala; y entonces lo acompaña fielmente, lo cuida, lo escucha, lo provee de comida y de droga. En sus momentos libres, anota sin pausa todo lo que sucede, cada palabra: registra minuciosamente los momentos que vive junto al gran chamán, ya en caída. Esas notas se transformarán en un libro póstumo: En compañía de Antonin Artaud, recientemente publicado por Adriana Hidalgo, en traducción de Mariano García y con un notable prólogo de Salvador Gargiulo. En sus páginas intensas —y muchas veces crueles— quedó plasmado un testimonio excepcional: el retrato de los días finales de un poeta que libró una batalla mortal contra la cultura de Occidente.

Un vínculo profundo

"Hoy me sentía en estado de carencia antes de encontrarlo. Con Artaud la vida es tan intensa, tan total. No hay nada más que un país de piedras con viento, rocas de formas bárbaras y un cielo irreal. Una calcinación absoluta del tiempo", escribe Prevel. Su encuentro con el autor de El ombligo de los limbos, El pesanervios, Viaje al país de los tarahumaras y Van Gogh, el suicidado por la sociedad, que integró el grupo de los surrealistas para después romper con ellos de modo contundente, le ha dado un viraje tan hondo como definitivo a su vida. El feroz maestro que es Artaud ya no le dará paz.

Prevel, sin dudas, tenía rasgos particulares: aferrado a la confianza en su talento poético, había desistido de trabajar y sobrevivía de los pequeños préstamos de sus amigos y de la venta, uno por uno, de los libros que integraban su bien provista biblioteca. Su vida sentimental tampoco era un oasis: su relación con su esposa Rolande se había visto crecientemente afectada por la presencia de otra mujer, Jani: la ilusión del poeta era un triángulo amoroso, que nunca funcionó. Finalmente abandonará a Rolande, quien tras la muerte de Prevel será la que guardará sus papeles.

Artaud ya ha dejado el asilo de Rodez. El gran poeta había estado confinado en distintas instituciones para enfermos mentales desde 1937, tras su tumultuoso —y legendario— viaje a Irlanda en busca de la vara de San Patricio. Vale la pena recordar algunos de los diagnósticos que habían emitido prestigiosos especialistas acerca del supuesto mal que lo afectaba: "Delirio extremadamente exuberante, preocupaciones mágicas, doble personalidad" (doctor Latrémolière); "parafrenia confabuladora con alucinaciones anestésicas" (doctor Ferdière). Estas conclusiones habían habilitado que se le realizara el siniestro tratamiento de electroshock. Además, insólitamente, se le incautaba el material bibliográfico que le enviaban: tal fue el destino de Poèmes mortels, primer libro de Prevel.

El 27 de mayo de 1946, Artaud había llegado finalmente al Café de la Flore, donde lo estaba esperando un grupo integrado, entre otros, por la ensayista Marthe Robert (gran especialista en la obra de Kafka) y el dramaturgo Arthur Adamov, literalmente, sus salvadores. Entre quienes lo aguardaban también estaba Jacques Marie Prevel, quien a partir de ese instante se convertirá en su faldero.

La frase

"Señor Prevel, usted no está lo suficientemente sublevado". Esa es la frase con la que Artaud torturará sin cesar a su discípulo, quien lo acompaña a todos lados y lo visita con frecuencia en Ivry, donde el poeta ha hallado un refugio. Las imágenes de la vida de Artaud en esa época, sin embargo, suelen ser desoladoras: más allá de la ayuda que recibe de sus amigos —entre ellos, nada menos que André Breton, con quien se ha reconciliado tras las feroces discrepancias que los alejaron—, deambula mal vestido por los cafés, necesitado de dinero, amparo, reconocimiento, alimento y droga. En otra época, antes de la guerra, solía pedir dinero a los transeúntes y muchas veces lo obtenía. Pero los tiempos han cambiado y ahora los taxistas simplemente se asustan de su aspecto.

Prevel no renuncia: su apostolado poético lo lleva a seguir el derrotero infernal del creador del teatro de la crueldad a través de las calles parisinas. Ambos componen un singular dúo. "Cuando oigo hablar de un poeta nuevo, no tengo ganas de otra cosa que de fusilarlo a quemarropa", dispara el exigente Artaud, quien no acepta otro compromiso con la palabra que aquel que involucre la entrega total. Ninguna otra cosa podía esperarse de quien había dicho: "Yo no puedo pretender tener un sentimiento. Quiero realizarlo".

Pero el poeta también se queja: "Las mujeres ya no vienen a verme. No hay una sola que venga. Todas ellas emiten un veneno mortal". O bien: "Todo me parece triste hoy. Creo que es porque me falta cocaína".

Prevel, incansable, recorre farmacias en horarios atípicos para satisfacer la demanda sin fin del alucinado Artaud. Pero su propia salud ya está jaqueada. Una hemoptisis lo derrumbará a mediados de 1947 y deberá apartarse de su maestro. Sin embargo, aunque él no lo supiera, la tarea ya estaba cumplida.

El cierre del ciclo que desembocará en un singular libro merece ser descripto a través de las palabras de Bernard Noël en uno de los textos introductorios: "Él quería escribir un libro sobre Artaud, un libro que se titularía Antonin Artaud por Jacques Prevel. Soñaba con apropiarse así del nombre de Artaud, de hacer con él su obra. Lo intentó durante todo un año, desde noviembre de 1948 a fines de 1949; fue inútil. La soledad, la fatiga, la enfermedad, todo lo paralizaba, pero especialmente la presencia demasiado fuerte de aquel al que habría querido fijar, y que lo sobrepasaba. Finalmente, el 10 de febrero de 1950 [Artaud había fallecido el 4 de marzo de 1948] escribe en su diario: «Hace meses que me echaba atrás ante ese trabajo sin embargo absolutamente necesario para recuperar el tiempo perdido y al final poder hablar un día de Antonin Artaud, hablar de verdad». Jacques Prevel no tendrá tiempo de hacer otra cosa; simplemente el tiempo para pasar en limpio, en cinco grandes cuadernos de hojas de papel encuadernados por él mismo, todas sus notas, y de titularlas con más modestia: En compañía de Antonin Artaud".

Esas páginas, que pasaron a manos de su esposa, se convertirán —tras ser recuperadas— en un imprescindible testimonio sobre la vida de uno de los artistas más revulsivos y legítimos del siglo veinte.