El pasado personal como herramienta para tergiversar el pasado colectivo
En La caja Topper, Nicolás Gadano, hijo de dos militantes montoneros, relata la historia de su infancia y adolescencia pero no logra evitar una mirada sesgada sobre una época clave.

Domingo 17 de Febrero de 2019

La década del setenta del siglo pasado continúa siendo, en esta Argentina golpeada por la crisis, un lapso sometido al más impiadoso de los debates. La violencia política, con el eje puesto en la acción de las organizaciones armadas, es foco de miradas tan diversas como enfrentadas. La caja Topper, de Nicolás Gadano, recientemente publicado por Seix Barral, apareció en las mesas de novedades de las librerías como la historia del "hijo de dos montoneros. Su infancia tuvo el sello que le imprimieron los avatares políticos de los años setenta en el país: clandestinidad, separaciones, viajes, exilio...", según reza la contratapa. Relato autobiográfico de tintes novelísticos, el libro cumple —más allá de lo que podríamos denominar sus rasgos "literarios"— una función muy específica a la hora de hacer el balance de aquella época feroz: desacreditar a los militantes revolucionarios, a quienes se presenta, virtualmente, como simples aventureros.

El texto arranca con el descubrimiento por parte del autor, actual gerente general del Banco Central, de una caja de zapatillas donde su madre, ya fallecida, atesoraba reliquias personales de la más variada índole: cartas, postales, tarjetas, fotografías. A partir de allí, Gadano reconstruye su pasado personal, y evoca los sucesivos exilios y "desexilios" que la azarosa vida de sus padres lo obligó a padecer, junto con su hermano.

La historia nos lleva desde la Buenos Aires sitiada por la barbarie dictatorial hasta Brasil, a donde llegarían los dos chicos en la exclusiva compañía de su madre tras superar un duro cruce de frontera. Desde allí, ella decidirá emprender junto a sus hijos un riesgoso retorno a la Argentina con el propósito aparente de reencontrarse con su esposo y salvarlo del desastre. Lo logrará. Todos, finalmente, se radicarán en México.

La mirada de Gadano sobre sus progenitores resulta disímil: ella, angelizada, es vista como la que logra rescatar a su familia del delirio revolucionario (sin embargo, en 1979 viajará a Nicaragua para contribuir, en su rol de médica, con la revolución sandinista). Él, en cambio, parece ser la síntesis de todos los males: a cambio de la utopía irrealizable, lo entrega todo. El autor no oculta la hostilidad que le provoca su padre, ni su abierto rechazo por la ideología que sustentó su vida. Por su parte, él parece estar situado en las antípodas, con la reivindicación del "no matarás" (¿qué hacemos, entonces, con Belgrano y San Martín?) como bandera. No hay, además, en todo el libro una sola mención explícita a la crueldad inédita de la represión que cayó sobre un país entero, convirtiéndolo en ejemplo mundial de la ignominia.

La caja Topper se lee sin trabas. A cualquier lector interesado en aquellos tremendos años, le interesará. Sin embargo, resulta preocupante el trasfondo —y muchas veces, la superficie— de este texto autobiográfico.

Es que justamente en esta coyuntura de la Argentina, signada por el retroceso de las políticas de derechos humanos, cualquier intento por asimilar las masivas luchas populares de aquellas épocas con mero aventurerismo consiste en una superficialidad imperdonable.

Se podría argumentar que este texto no intenta plasmar una interpretación histórica, sino simplemente narrar vivencias personales. Sin embargo, no existe literatura inocente. Más allá de la ocasional eficacia de su autor a la hora de contar —el libro cumple con el objetivo de entretener—, lo que quedará como saldo de sus páginas es una mirada sesgada e injusta de un momento histórico clave, que reclama a gritos ser contemplado en toda su complejidad. La inevitable pregunta que queda flotando es: ¿será inocente Gadano?