El ministerio de la soledad
Siguiendo el ejemplo británico, y en medio de la pandemia, Japón acaba de crear esta singular dependencia estatal. El amor, el desamor y la psiquis humana

Domingo 23 de Mayo de 2021

Curiosamente nuestro magno diccionario de la lengua no se ocupa demasiado de una palabra de peso y pesar como soledad. La Real Academia solo le dedica tres entradas conformando un pequeño cuerpo de definición muy escueto hablando de ausencia de compañía, desierto y pérdida. Con todo, la referencia al desierto es sin dudas muy pertinente. El desierto puede llevar a la angustia y ésta al desierto de cada cual. Entre las secuelas de la terrible pandemia una de las más sorprendentes viene de Japón: el gobierno nipón ha creado el Ministerio de la Soledad.

La creación de semejante ministerio se decide a partir del incremento de suicidios en el pandémico 2020. Un incremento muy preocupante en un país de por sí con un número impactante de suicidios al año (alrededor de veinte mil). En los artículos que se pueden leer al respecto se dice que los japoneses tienen más vergüenza que culpa. Frente al enorme peso de la vergüenza los fracasos no se pueden soportar, de tal forma que la dignidad y el honor solo se recuperan con el suicidio.

Homo Sapiens es la única especie humana de las cinco o seis que por lo que parece deambulaban por el planeta. Nos hemos quedado solos cargando además con el peso de las soledades al interior mismo de la especie. Muchos humanos caminan su soledad buscando algo o alguien que la mitigue. Encontrar algo que la alivie en ese punto de desapego y desamparo es bastante difícil y sin embargo la magia de algunos puentes invisibles hace que se enciendan las luces del amor animando al sujeto a salir de su burbuja. Pero los encuentros con lo diverso suelen ser traumáticos en tanto y en cuanto lo que se presenta como Uno en realidad es Otro.

Algo muy curioso, el amor está en este mundo para curar al Sapiens precisamente del mal de amor. Sin duda uno de los mayores padecimientos de ese coloso frágil que es el humano, en verdad un auténtico oxímoron como da cuenta esa extraña figura de la retórica resumiendo como ninguna al complejo bicho que somos. Estamos hechos de opuestos con sus grietas, ¿cómo es posible que el amor cure tanto como enferma? Es que el amor tiene el enorme poder de expulsar la soledad, razón por la cual el desamor reenvía nuevamente a la soledad con el riesgo de que cada vez pueda ser más profunda. Algo de esto ocurre en Japón.

Lo cierto es que la soledad parece haberse adueñarse de muchas vidas. Las crónicas relatan que bastantes muertes pasan desapercibidas para las familias, pero también para los vecinos, que solo después de cierto tiempo denuncian que algo huele mal en la casa de al lado. Es que algo huele mal en todas y cada una de las sociedades. La soledad absoluta de alguien lo volvió desapercibido hasta en su muerte.

La pandemia que ya lleva más de un año en todo el planeta ha producido en las cuarentenas aquí y allá la proliferación de las muertes en soledad. Muchos no pudieron o aún no pueden despedirse porque el enemigo anida en el contagiado con su posible mensaje contagioso siempre latente. Por lo que se cuenta de Japón, algunos cuantos mueren antes de morirse. Muchos viejos van a parar a edificios destinados a los ancianos en situación de soledad en los que desarrollan una suerte de preembarque en el inexorable viaje hacia la muerte. Tal vez en nuestro trajinado Occidente la cuestión no sea tan distinta.

Bien mirado quizás la cuestión fundamental es transitar lo mejor posible el túnel del final con las mejores cartas acumuladas a lo largo de nuestra historia, es decir la de cada cual. Para Freud está claro que el humano solo sobrevive si es en sociedad, pero al mismo tiempo en sociedad vive con malestar. El caso es que la soledad ya tiene su ministerio. No solo en Japón. En el 2018 la primera ministra Theresa May creó un Ministerio de la Soledad en el Reino Unido declarando a la soledad un asunto de Estado al considerarlo como el “mal contemporáneo”, más dañino que el mismísimo tabaco. Dos potencias imperiales impotentes ante la soledad crean ministerios para investigar o mitigar dicha impotencia.

Algunas preguntas se imponen: ¿la soledad es un problema social como parece confirmar (entre otras evidencias) la creación de ministerios al respecto? Y aun siendo (como lo es) una problemática social, ¿es por lo tanto una responsabilidad social? En tal caso, ¿excluye toda posible responsabilidad personal-individual? Ciertos refranes vienen a la ocasión, como aquel que sentencia “es preferible estar solo que mal acompañado” o aquel otro en clave masturbatoria proclamando “el buey solo bien se lame”.

El psicoanalista francés André Green en cierto modo responde a estos refranes (o sentencias equivalentes en su lengua) cuando afirma que “es preferible una aproximación compartida a una certidumbre solitaria”.

Esta frase un tanto extraña y de aparente simplicidad sentencia no solo que es preferible la incertidumbre en el amor antes que la certeza de la soledad. Al mismo tiempo nos advierte sobre un límite no siempre señalado de la pasión. En el bendito-maldito terreno del amor no debiéramos aspirar a ningún absoluto. Es decir, vibrar más bien lejos de la milagrosa fusión de dos cuerpos y sus respectivas almas reconvertidos en uno solo a través de las alucinaciones del amor. A la vez no deja de ser un tanto inquietante que los gobiernos comiencen a preocuparse por la soledad teniendo como tienen prioridades olvidadas. El caso más notorio es la desigualdad creciente, al punto de ser cada vez más notoria una evidencia ignorada: la mayor parte de esos gobiernos se empeñan mucho más en la distribución de la pobreza que en la mínima distribución de la riqueza. Con lo que año tras año muchas personas son expulsadas hacia la soledad social, siempre entrelazada con la soledad a secas.

Por último les diría a esos dos gobiernos ocupados en “ministeriar” la soledad que olviden semejante ocurrencia. Solo faltaba semejante pretensión. La soledad, además de ser el mal contemporáneo y de tantas épocas, también es ese espacio donde el sufrimiento no tiene mala prensa, el placer no está banalizado y la reflexión encuentra sus huecos. Razón por lo cual a un psicoanalista como Cornelius Castoriadis le gustaba decir que la psiquis humana en última instancia es indomesticable.