Domingo 13 de Octubre de 2019
El escritor paraguayo Javier Viveros presentó en Rosario Réquiem del Chaco, novela basada en la odisea protagonizada por un médico rosarino durante la guerra paraguayo-boliviana, librada entre 1932 y 1935. El autor propone una historia que transcurre durante los cuarenta días que el facultativo pasó en la selva como capitán de sanidad del ejército paraguayo y corresponsal de guerra de La Capital, y narra los horrores de una contienda que se sumó a los temblores bélicos que precedieron a la Guerra Civil española primero y a la Segunda Guerra Mundial después, convirtiendo al siglo XX en uno de los pasajes más macabros e inexplicables de la historia de la humanidad.
Con una prosa cuidada y un método de trabajo que combina la historiografía con la creación literaria, Viveros dibuja un personaje romántico y arrojado —el doctor Pablo Dicenta, alter ego imaginado del real Pablo De Sanctis, 1898-1957—, que deja la comodidad de la sociedad rosarina en la que tenía un lugar adquirido por su prestigio como médico y director de la clínica San Martín (cuyo edificio perdura en la esquina de Santa Fe y Dorrego), y contra la opinión de sus familiares y amigos se interna en las profundidades de la selva para auxiliar a los soldados paraguayos que luchaban en el frente occidental con las fuerzas bolivianas por la posesión de un territorio feraz y casi inexplorado.
Tras la presentación de su libro y el emotivo encuentro con descendientes del médico rosarino en el que se inspiró, Viveros ilustró sobre el singular personaje que lo motivó a escribir: "El doctor Carlos De Sanctis fue un médico rosarino que tenía treinta y cuatro años en 1932. Era un tipo exitoso, fundador de la Clínica San Martín, médico cirujano que tenía su clientela, sus pacientes. Estalla la guerra del Chaco y él decide patear el tablero: cierra su consultorio y se va como voluntario a pelear la guerra del Chaco. Va como capitán honoris causa de sanidad, le dan ese rango militar. Además va como corresponsal de guerra de La Capital: lleva una cámara muy moderna para la época, una Zeiss Ikon Ikonta, y con ella registra las mejores imágenes del conflicto. Son fotografías que retratan el horror en primer plano", explica el autor. Además, pidió no estar en un hospital de sangre: «Yo quiero estar en la retaguardia de la línea de fuego —dijo—, a trescientos metros de donde la gente se está matando. Ahí quiero estar para dar socorro inmediato al caído en combate»", cita Viveros.
A lo largo de catorce capítulos y un epílogo el escritor cuenta e imagina, recreando los posibles diálogos entre un hombre que representa el espíritu de los últimos caballeros románticos que dejan su bienestar para participar en un drama humano, en apariencia ajeno, y se sumerge en los horrores de una guerra a la que asiste como cirujano y como corresponsal fotógrafo. "Él hacía sus cirugías a la intemperie, lo que por cierto es muy distinto de hacerlas en un quirófano aséptico. Cuenta en los comentarios de las fotografías que tomó, por ejemplo, que bastaba dejar un minuto una herida abierta para que vinieran las moscas a depositar sus larvas. Realmente terrible. Él cambió su visión del mundo; la guerra lo cambió. Tenía una afición muy grande por los héroes patrios como San Martín, Mitre, Sarmiento y se dijo a sí mismo que si llegara la posibilidad de pelear en una guerra por una causa justa, él lo iba a hacer, y la guerra del Chaco le dio esta posibilidad. Quería ver si esas historias de heroísmo de soldados que participaron en la Guerra de la Triple Alianza tenían base en la realidad y lo comprobó todo tras estar cuarenta días en el infierno y regresar vivo", asegura Viveros, con énfasis.
EM_DASH¿Cómo llegó a esa historia, a descubrir este personaje?
—Había escrito un libro de cuentos sobre la guerra del Chaco, entonces empecé a investigar y en un momento doy con esta historia. Me pareció una gesta muy grande la suya, cuando había gente en Paraguay que se escondía para no ir a la guerra este señor extranjero, que no tenía vela en el entierro dice: "Yo me voy", y arriesga el pellejo. Pudo haber estado cómodamente en un hospital de campaña, en un hospital de sangre, pero no: el tipo estuvo en la línea de fuego. Pudo haber caído prisionero y al ser argentino su destino hubiera sido el fusilamiento inmediato por mercenario. Termina actuando en una guerra que no había sido ni siquiera declarada. Entonces arriesgó mucho y estuvo cuarenta días que pueden parecer poco, pero son cuarenta días en el infierno.
EM_DASH¿Cómo conoció las experiencias que el médico vivió en la guerra?
—Por suerte las fotografías que él tomó las tiene el Museo Histórico Provincial Julio Marc. Esas fotografías se publicaban en un sitio de internet, allí las vi y me vine a Rosario para poder tocarlas. Él comentó esas fotos.
EM_DASH¿O sea que el material en el que se basa el libro está sacado de los comentarios que el médico agregó a las fotografías?
—Buena parte, sí. Yo soy novelista: invento, construyo por encima de la historia. Tomo a De Sanctis, pero mi personaje se llama Pablo Dicenta, porque así me tomo las licencias de ficción. Creo que la labor del novelista es el fabular, el ficcionar aunque la base sea la historia real.
EM_DASHSu personaje hace pensar en el pasaje de Hemingway por la Guerra Civil Española. Fue una época en la que aún se veían gestos de mucho romanticismo.
—Era ese romanticismo. Me han preguntado si me parecía que podía darse en esta época algo parecido y creo que es muy difícil. Ahora lo veo más complicado. De Sanctis tenía ese espíritu aventurero, era como un Marco Polo que quería conocer de primera mano, quería ser testigo, quería verlo. Eso lo hizo arriesgando la vida, arriesgando el pellejo.
EM_DASH¿Qué lugar ocupa esta obra dentro de su producción?
—Es mi primera novela. He escrito poesía, libros de cuentos, he publicado teatro, escribí películas, guiones de cine y mucha literatura infantil, pero esta es mi primera novela sobre un personaje maravilloso que los rosarinos deberían conocer, porque Carlos De Sanctis es un digno hijo de Rosario que debería ser más conocido.
Javier Viveros.