El marginal
La obra del pintor y dibujante acaba de ser rescatada por un libro que publicó Iván Rosado.
Cuando al filo de 2014 le contaron que se preparaba un libro en su homenaje, el pintor Delfo Luis Locatelli propuso titularlo como a un dibujo que le obsequió en 1975 a Hugo Padeletti, Buscando a Buda y la realidad de los pájaros. Quizás porque el recordado poeta había sido un gran amigo con el que compartía el interés por la filosofía oriental y la plástica, o porque "los chinos decían que un dibujo vale más que mil palabras". Con esa frase comenzó, a su pedido, la edición de Iván Rosado que Delfo no llegó a ver: en marzo de 2015 falleció a los 65 años tras urdir durante cuatro décadas una vasta obra, ausente hoy de los museos y circuitos comerciales, ignorada por la crítica, testimonio de quien entendía el arte como una forma de amor. Único, original y experimental, Locatelli habitó la Rosario bohemia de los años setenta y ochenta, manteniéndose siempre al calor del fuego creativo que lo alimentaba.
A Delfo se lo evoca siempre con aprecio, con una sonrisa en los labios. Fue un artista de raza que exhibía sus obras en galerías o las hacía circular de mano en mano, sueltas o en cuadernos anillados, cultor de la impresión y la fotocopia, que no diferenciaba materiales nobles de innobles. Prolífico y al mismo tiempo fuera del sistema del arte, sagaz conversador con visiones propias, inventor de objetos como la mesa de calor, donde transmutaba ceritas en óleo, Delfo se había vuelto parte inseparable del paisaje de los bares que frecuentaba ―Savoy, El Cairo, Odeón, Laurak Bat, Albatros―, hermanado con la realidad que creaba y le tocaba, asumiéndola sin poses ni estridencias.
Primeros pasos
Homónimo de su padre, Delfo fue el primogénito de una culta familia de clase media, que pronto integrarían además un hermano y una hermana. Nacido el 18 de junio de 1949, comenzó a explorar la expresión plástica en 1970. Con un tío paterno pintor, una madre maestra y un progenitor al que ayudaba a hacer planos de agrimensura ―en una conexión íntima y temprana con la importancia de la línea―, su formación fue autodidacta y sui generis. No se lo puede adscribir a ninguna escuela por lo diverso de su producción, aunque solía expresar su admiración por Pablo Picasso, Piet Mondrian y Jackson Pollock. Tomó clases con Julián Usandizaga y tuvo un pasaje breve por la Escuela Provincial de Artes Visuales. En ese contexto entabló con el ya mencionado Padeletti una relación estrecha, luego disgregada porque el poeta se instaló en Buenos Aires y Delfo no viajaba, cuenta la artista Claudia del Río, su amiga y admiradora. "En una genealogía del arte en Rosario, a Delfo lo encontrás solo, suelto", asegura quien lo conoció en una muestra a fines de los años setenta, cuando estudiaba Bellas Artes, y permaneció siempre cerca de este "intelectual complejo, con mucha lectura y obras de raíz conceptual, que producía desde un lugar ingenuo".
"Era un raro, se apartaba de cualquier deber ser, experimentaba y cambiaba siempre de imagen. Como yo venía de una educación academicista eso me resultaba atractivo, un soplo de aire fresco. Delfo exploraba los medios, incluso las tecnologías bajas como la fotocopia. A la impresión la explotó como pocos artistas de esa época. Para él, el arte era vincular", resume Del Río e ilustra: "No te dabas cuenta y te ponía en el bolsillo una obrita pequeña. Era una costumbre. Como otros llevan masas finas, él te daba ese regalo". Lo ubica en el espectro de lo que Jean Dubuffet catalogó desde Francia como art brut, "en términos de ideología en cuanto a qué es ser un artista, esa especie de fuera de registro de Dubuffet en su época que también tuvo Delfo, una disfunción con el sistema".
Artífice de una obra que fluía en distintas direcciones, sus movimientos vitales estuvieron generalmente ligados a un mismo punto, la zona de Buenos Aires y Mendoza. Por ejemplo, cursó la secundaria en la Escuela Técnica N°6, de 1° de Mayo al 1000, aporta su amigo Gustavo Simez. "Sabía de fotografía y de física; el acercamiento a las ciencias duras se da a través del padre, un ingeniero civil con prestigio en los años 50 y 60", precisa este psicólogo que cruzó de casualidad a un Locatelli "a todo ritmo, con las máquinas deseantes a flor de piel" en un picnic en el parque Urquiza. Interpelado por su intensidad y verborragia, asistió poco después a su muestra debut, Movimiento en 5 etapas, inaugurada el 16 de junio de 1976 en el instituto Van Dyck. Allí Delfo, tras un breve taller con Esperanza Esplugas y Ana Castellani, plantó el mojón inicial de la treintena de exposiciones que montaría a lo largo de su bizarra trayectoria.
"Mi afinidad con Delfo se funda en un profundo respeto por las diferencias", explica Simez, cuatro años menor que el artista. "Él demuestra, a través de su propia vida, que la vida es una experiencia con enorme potencia", agrega. Cuando se encontraron, el entonces estudiante de psicología quedó prendado del "vértigo de la palabra" de ese joven "de mirada penetrante y cósmica, de una calidez que procuraba el acercamiento, el compartir". Luego, lo de Van Dyck lo impactó. "Fue conmovedor, por su producción y por cómo estaba Delfo en términos de búsqueda: muy encendido, con una tremenda emotividad. Eran solo cinco cuadros de 50 por 70, acompañados por poemas de él. Eran desgarradores, había cruces, un chorro de tinta", recuerda y a la luz de la historia interpreta que "esos símbolos expresaban algo del orden del terrorismo de Estado, sin que la muestra tuviera un discurso político". En ese sentido, Locatelli no solía polemizar ni debatir posiciones, aunque fuera locuaz, ingenioso y capaz de "un discurrir joyceano".
Algún magnetismo habrá emanado de aquellos lienzos para que a un muchacho ajeno al arte lo cautivaran desde la ventanilla del colectivo. "Yo vivía en zona oeste y volvía en ómnibus desde el centro. Me acuerdo de que el coche se detuvo en Santa Fe y Maipú y vi la galería con mucha gente y una serie de cuadros llamativos que hoy señalaría con una notable influencia de (el pintor ruso Kazimir) Malevich: blancos contra negro, negros contra negros, una gran tela con una cruz negra. Con el tiempo se lo comenté a alguien y me dice: «Era una muestra de Delfo». Sin conocerlo sentí atracción por quien había pintado esos cuadros o quienes podrían mirarlos y sensibilizarse". El que habla es Armando Vites, psicólogo, librero anticuario y editor de la revista literaria Mirto. Aún no había hecho este descubrimiento cuando uno o dos años después coincidió con Locatelli en el mítico bar Savoy.
"Que estuviera ahí, sin haberlo escuchado nunca, me producía simpatía: para mí era un lugar de encuentro, y arriesgo que también para Delfo", rememora Vites. "Se sentaba con Simez, Ciro (Ciliberto) y el físico Peter Lewis, recién venido del Instituto Balseiro. Ciro era un músico que después se fue a Buenos Aires, un personaje silencioso que se notaba manejaba todo. Peter, amigo de Aldo Oliva, había sido profesor mío". Terminaban los 70 y los jóvenes Vites y Locatelli ―casi de la misma edad― se llevaban muy bien aun sin frecuentarse. "La relación era cálida e íntima, aunque no teníamos diálogos convencionales", explica Vites, hoy especialista en libros antiguos. "Nos encontrábamos casualmente en la calle o en un bar y arrancábamos hablando de cualquier tema, sobre el cual Delfo tenía una mirada propia, no repetía nunca algo que se decía sobre ese tema. Su toque personal estaba dado porque atendía cosas que otros no, tenía una manera especial de percibir y vivir el mundo", completa Vites.
Simez convalida y toma expresiones del filósofo francés Gilles Deleuze para explicar esta particularidad. "Delfo era nómade aunque estuviera en el mismo lugar, trazaba y seguía un plan de composición en oposición a un plan de organización. Es decir un plan que tiene que ver con movimientos creativos y con avanzar creando alternativas por fuera de las jerarquías de lo orgánico, del poder", ensaya Virulín, como lo llamaba afectuosamente Locatelli. A Ciliberto lo había bautizado El Encantador de Pájaros y a otro amigo, Carlos Moyano, Coyote, porque se movía mucho como esquivando algo. Es que a Delfo le encantaba poner apodos, jugar con las palabras, hablar durante horas. "Era muy divertido", recuerda Claudia del Río. Y a su vez "la rigurosidad se le autoimponía, no podía olvidar nada", advierte Vites. Ni dejar de hacer un arte caracterizado por la diversidad y la amplitud, en una Argentina donde florecía por fin la primavera de la democracia.
Una carrera muy particular
Desde los circuitos alternativos, en un cruce de disciplinas, sin intenciones de construir una carrera en los términos en los que ahora se la proyecta, Locatelli sostenía una práctica singular: hacía convivir lo figurativo y lo no figurativo en el mismo período, combinaba técnicas sin encasillarse, visitaba a reconocidos artistas dela ciudad de quienes se nutría ―como Julio Vanzo, Fernando Espino, Raúl Domínguez y Juan Grela, con quien departían en una peluquería de Alberdi―. Publicaba ediciones de autor fotocopiadas en tiradas discontinuas, a las que llamaba "impresiones", y que entregaba como regalo o carta de presentación. Escribía poesía y breves ensayos de arte, tomó talleres de fotografía y otros de historieta con el grupo Cucaño, amén de pulular por la zona de la Facultad de Humanidades en los albores de la democracia. Delfo disfrutaba en los bares aledaños, participando de tertulias, leyendo o dibujando con la mano izquierda ―era zurdo― generalmente con un trazo continuo, vital, enérgico. En sus recorridos, a veces entraba a las clases que Del Río dictaba en Bellas Artes. "Yo lo presentaba como a uno de los pintores importantes de la ciudad y nos poníamos a charlar con los estudiantes, era muy conversador", recuerda ella.
Por años ayudó al padre a medir terrenos, según él mismo detalló en Parques y Paseos de la Municipalidad, y luego al hermano agrimensor ―comenta Simez―. También trabajó en Edinam, imprenta de apuntes universitarios de Córdoba y Maipú. Tuvo parejas, aunque no hijos. Vivió períodos solo y otros con familiares, a quienes citaba siempre con enorme cariño. Pidió especialmente dedicar el libro sobre su obra artística a la memoria de los padres.
"Quise comprarle un cuadro aunque nunca había comprado uno y no sabía cuánto salían. Fuimos a su casa y entramos a una habitación llena de láminas, dibujos, pinturas: no era alguien que posaba sino que produjo mucho", apunta Vites sobre aquella comprobación in situ. Lo que siguió "por mi inexperiencia y su posición fue una especie de sainete. Recuerdo que me interesó un cuadro y me dijo: «Sale 5.000». Busqué otro, me dio un precio similar y finalmente elegí uno que podía pagar. Entonces me quiso regalar los dos primeros pero no podía llevarlos, me hubiera aprovechado de esa debilidad suya de dar", lo evoca el librero, que desde hace diez años también pinta. "Delfo podía regalar pero si le compraban estaba encantado. Era su patrón en el sentido de ponerles precio a sus obras, y a veces vendía", revela Del Río.
"Es muy difícil pensarlo vendiendo su fuerza de trabajo, su vida eran la pintura y las creaciones. Tenía la mesa caliente (donde derretía las ceritas y llamaba al producido «el óleo de los pobres»), un dispositivo para dibujar arriba de las fotos, otro para interrumpir el timbre de la puerta de su casa, una guitarra eléctrica construida con un distorsionador y un remo, al que llamaba remo eléctrico, y usaba para hacer fraseos jazzeros ya que le gustaba el blues ", explica Simez, testigo privilegiado de cómo el plan de composición prevalecía sobre el de organización en la existencia del único amigo que conservó de los 70, dice, gracias a la voluntad que el propio Delfo le puso al vínculo. "De eso le voy a estar siempre agradecido", subraya.
Hasta el último minuto
A partir de 2009 Locatelli sufrió problemas de salud, por lo que fue perdiendo la motricidad y la vista, cuentan los compañeros, que lo visitaban en un geriátrico del barrio donde estaba alojado e incluso hablaban en bares cercanos. Delfo se las ingenió para seguir creando hasta el último minuto. "Trabó muy buena relación con los enfermeros, y cualquier servilleta y papelito eran propicios para dibujar. Los amigos le llevábamos materiales y con una cámara de rollo sacaba muchas fotos", señala Del Río. "No se amargaba, era una persona de gran fortaleza, agradecida. No diría optimista sino entregada al universo, a lo que sucediera, a haber tenido una vida con el arte", amplía. "Nunca perdió su interés por la línea y sus direcciones, por los encuentros de una línea con otra, por el uso del espacio total en el plano". También recurrió a la mancha a la hora de producir, al estilo del test de Rorscharch, y hasta organizó muestras en el geriátrico.
"No era resentido sino amoroso, por eso regalaba cosas. De más joven muñequitos de peluche, lo que causaba ternura sobre todo en las mujeres, luego miniaturas de sus obras", aporta Simez. "Pasó del formato cuadro y de las exposiciones en distintas instituciones y ámbitos a algo más pequeño, canalizaba su búsqueda expresiva a través de fotocopias y nunca sabías cuál era el original", cuenta quien lo conoció bien, tanto que cree que Delfo ―frugal y austero en lo cotidiano pero altamente sociable, abierto y vincular― sufría la soledad y la distancia con algunos amigos en silencio.
"Nunca lo escuché quejarse, él aceptaba. Creía en algo cuyo resultado no pudo ser otro que el que tuvo", refuerza Vites. En 2011, junto a Cristian López, montó una muestra pequeña de Locatelli en su librería de Pichincha. Pensada como algo íntimo, despertó interés al punto que concurrieron más de cien personas. Durante la inauguración, Delfo se ubicó en el patio a sacar fotos. "Estaba contento, a su estilo. No creo que se sintiera excepcional como muchos en el mundo del arte. La inteligencia está en todos lados y, a juzgar por sus actitudes, él participaba de esa idea", sostiene Vites.
En 2012 el club editorial Río Paraná organizó otra muestra en su local de Refinería. Delfo fue con el hermano, y con su cámara. Nacía la semilla del libro en su homenaje (ver aparte). Claudia del Río cree que la última exposición grande de Locatelli, que él mismo diagramó, fue la de 2009 en Amigos del Arte, titulada Diversidades. "Hermosa, de muchas obras; todavía estaba bien de salud y la disfrutó. Es una pena que no se haya hecho una gran muestra ni se lo estudiara en vida. Su obra está virgen de estudios críticos", lamenta. No obstante, "personas de diferentes generaciones y escuelas al referirse a Delfo lo hacían con consideración, como pintor y como persona", destaca Vites. "Llevaba una vida bohemia en el auténtico sentido de la palabra, en acto, sin una filosofía sobre eso. No era un militante anarquista en contra de las instituciones, esa vida le tocó y punto. Era querible por eso: un creador de arte, y en la vida misma, genuino y coherente", resume Vites.
Si bien hacia al final no podía generar ni ver las imágenes que tanto amó hacer, Delfo Locatelli ya se había encargado de irradiar un brillo que aún perdura: el de quien ―fiel a su esencia― deja para siempre una huella, una obra.
Un libro atemporal, una muestra en puerta
La trilogía "Maravillosa energía universal" del sello Iván Rosado, que contó con el apoyo del programa Espacio Santafesino, se presentó el 21 de junio. Los libros están dedicados a Augusto Schiavoni, Aníbal Brizuela y Delfo Locatelli, "enigmáticas y contundentes figuras de la plástica local y regional que vivieron su vida para y con el arte, unidos por un aire de extrema creación mística y cierta noción de ser y estar «fuera de lugar", según sus editores Ana Wandzik y Maximiliano Masuelli. Buscando a Buda y la realidad de los pájaros aborda la excéntrica obra de Locatelli: dibujos, pinturas y poemas realizados entre 1970 y 2012, así como catálogos, fichas y notas personales. Cuenta con colaboraciones de Claudia del Río y Beatriz Vignoli.
"En 2012 mostramos cuadros de Delfo producidos con cerita a fines de los 80", recuerda Masuelli. Allí aparecían, entre otros, Bart Simpson, Superman, Patoruzú y la famosa La Crista, además de dibujos más abstractos. Fue una oportunidad para que la pareja editora y el pintor se conocieran y relacionaran. "Pensamos en hacer un libro y con el tiempo conseguimos unos cuadernos con muchas fotocopias, textos filosóficos, poesía, ensayos de arte", recuerda Maxi de aquel proceso "que no fue fácil". Si bien el proyecto resultó seleccionado por el Ministerio de Innovación y Cultura de Santa Fe, había que decidir qué mostrar y qué no, "hacer la curaduría". Del Río ofició de intermediaria y el pintor dio algunas opiniones para el que sería el primer volumen sobre su obra.
"Encontramos un artista más completo, él producía con cerita, acuarela, tinta. Unimos dibujos clásicos con la experimentación y partes facsimilares de sus cuadernos. Tratamos de abrir el panorama, el lado B del arte rosarino donde podrían estar Brizuela y Delfo", continúa el responsable de la editorial, que ha publicado 75 títulos en seis años. Junto a Wandzik, planea otra muestra de "objetos preciosos" de Locatelli en el local que abrieron en Arroyito, El Bucle.
"A Delfo antes que nada le interesaba producir. Estaba por fuera del mercado, sostenía otras intenciones. Pensaba su propia historia dentro del arte, la relación con su archivo. Tenía opiniones y decisiones bien marcadas, no se sumaba a las modas ni se repetía. Sus influencias son más internacionales", lo define. "Con el libro incorporamos un nombre, lo ponemos en escena, pero no porque fuera un tapado. No trabajaba en relación al arte sino en relación a él", advierte el joven. "Muchos se asustan ante una producción como la suya ―sin un entorno dado, con tanto material― porque necesitan ver a alguien que le va bien, que tenga algo más o menos ordenado, que pueda dar un taller. La obra de Delfo es atemporal, siempre va a existir, se mantiene. A veces en el momento los artistas no son reconocidos pero las cosas tienen su rumbo y todo se acomoda".