Cultura y Libros

El lugar donde vive la historia

Fue creada en 1912 y hace muy poco volvió literalmente a nacer, gracias a una obra excepcional. La Biblioteca Argentina, espacio emblemático de la ciudad, está colmada de libros y también de vida

Domingo 16 de Junio de 2019

Principios del siglo veinte. A Rosario, próspera ciudad en pleno crecimiento, le hace falta “su” biblioteca. En 1912 se inaugurará la Biblioteca Argentina. La construye la Municipalidad y la sostienen sociedades culturales. En 1949, el municipio se hace cargo. En 1983, se planifican obras de remodelación. En 1993, se inauguran esas obras. En 2019, para erigir la “nueva” Biblioteca Argentina, se gastan cuatro millones y medio de dólares.

Los pájaros de la plaza Pringles solían cansar el aire con un silbo atonal. Al llegar el momento justo, hacían nidos en los aleros exteriores del salón de lectura de la Biblioteca. Pero este último año y medio no fue así. Los cien albañiles que derribaron paredes —y levantaron otras— los ahuyentaron. Es la tercera reforma del edificio en 107 años. En 1912 en la Biblioteca había 9.423 libros, en 1962 rondaban los 100 mil y en 1983 ya eran 130 mil. Este año los empleados debieron ocuparse de mover unos 220 mil libros.

El 30 de abril de 1909, una gran marcha obrera en Buenos Aires terminó en una represión violenta. En Rosario, en 1911 los gremios reclamaron la derogación de la ley de defensa social y la ley de residencia. En ese clima de huracanes sociales se proyectó la biblioteca.

En 1909, justamente, se presentó el proyecto. Juan Álvarez era secretario de la Intendencia y Alfredo Lovell, un bibliotecario llegado de España, fue quien pensó en los libros para poblar el salón diseñado por los arquitectos Arselli y Herrera Ducloux. Los albañiles fueron inmigrantes, y seguro que alguno, anarquista. Los que la levantaron en 2019 son paraguayos, chaqueños, hijos de inmigrantes internos. También, claro, hubo rosarinos.

Fermín tiene 35 años, es alto y robusto. “Soy de Villa Rica, Paraguay, acá tenía un hermano y por eso me vine. Soy casado con la que era mi novia en Villa Rica. Me gusta el trabajo de carpintería de obra y cuando vi los libros me llamó la atención. Entre nosotros hablamos guaraní y estoy entre compañeros”.

Marcelino, Fierita o Fiera para los otros, no pasa de cincuenta, aunque parece más. Está orgulloso de trabajar “en una empresa seria”, dice. Tiene dos hijos. “Vine del Chaco y hace diez años me dedico a la albañilería. No es la primera obra que hacemos. A todos los que estamos acá nos gustaron los libros grandes, los de 80 centímetros de ancho y grandotes. Nunca los había visto, también me atrajeron las revistas El Gráfico, algunas leímos”.

A Walter, otro paraguayo, le gustó este trabajo. “Ver los libros y que nos dejen hablar guaraní es bueno. Vine con una mano atrás y otra adelante hace veintinueve años. La construcción me dio todo”.

En septiembre de 1909, según el censo Rosario sumaba 192.278 habitantes. La burguesía ilustrada de entonces apostaba al conocimiento. La fórmula fue sencilla: el municipio construye la biblioteca y los rosarinos la sostienen. Entre septiembre de 1910 y mayo de 1911 estaba terminada. Se entraba por pasaje Centeno (actual Álvarez), de ahí a la recepción y los ficheros y al salón de lectura, inmenso y luminoso. Al costado, una hemeroteca y el despacho del director. Un palacio.

Algo tan mágico e increíble como que Google instalara en Rosario las fibras ópticas que atraviesan mares y selvas, como si de pronto China estuviera a la vuelta de casa y se pudiera subir al holograma de la torre Eiffel sólo con ir hasta la esquina y sin depender de un joystick. Entre 1917 y 1920 funcionó una escuela de adultos analfabetos y se imprimieron volantes : “A los obreros”, en los que se invitaba a la biblioteca. A lo largo del siglo hubo talleres de grandes pintores como Antonio Berni y Julio Vanzo, presentaciones del genial pianista polaco Artur Rubinstein, de Alfonsina Storni, de Borges.

En 1949 se hace cargo el municipio. En 1982 el intendente Alberto Natale gestionó nuevas obras y el 20 de enero de 1983, ya en democracia y durante la Intendencia de Horacio Usandizaga, se iniciaron para inaugurarse diez años después. El ex intendente Héctor Cavallero abrió en 1995 la nueva hemeroteca.

Una frase de Joaquín V. González fue el lema durante décadas: “Conocer es amar, ignorar es odiar”. El vidrio de la puerta de acceso en la que estaba inscripta desapareció, pero prometen que la frase volverá.

En 2019 el tiempo del papel se torna incierto. Contra toda corriente, en esta remodelación se inauguró La Casa Imaginada, con libros y juegos para chicos. Es la nueva versión de la recordada sala infantil.

Para Miguel Lifschitz, ingeniero, 64 años, gobernador de Santa Fe, su encuentro con los libros fue una cuestión familiar. “Entré con mi madre a la biblioteca a los seis años, me deslumbró. Mientras fui intendente en 2005 me quedé con las ganas de remodelarla y al ser gobernador de la provincia insistí. Nadie puede asegurar que los libros desaparezcan, la sociedad y las costumbres se tienen que adaptar a las tecnologías. Es raro, en tiempos de militancia no usábamos la biblioteca como lugar de encuentro. Acá descubrí a Verne, Salgari, García Márquez, Cortázar. No pensé en la obra de la biblioteca para que se me recuerde, sólo es que uno siente que la historia pasa por acá. Me imagino paseando por este lugar cuando me retire”.

El proyecto de las obras de 2005 se retomó en 2017 y los trabajos se terminaron en 18 meses, se inauguraron el 23 de mayo de 2019. A mediados del 2000 las visitas a la biblioteca no superaban los 450 lectores diarios, a futuro apuntan a los mil por día.

Los empleados de la Biblioteca recorrían incansablemente las escaleras y las pasarelas, gastaban las estanterías. Buscaban libros con obsesión de cirujano en laberintos ordenados. Ahora tendrán más luz, más comodidad.

Muchos entraron a la biblioteca por concurso o porque les gustaban los libros. Otros para sumar a una economía escasa. Al menos tres de las mujeres que influyeron o trabajaron en la remodelación de la biblioteca admitieron que se enamoraron de sus maridos y ex maridos entre los libros. Algunas eran bibliotecarias, otra una ex estudiante que terminó escritora y artista plástica. El promedio de edad de los empleados es de 45 años. Los hay escritores, ex mozos de restaurante, vendedores. Muchos una vez adentro estudiaron bibliotecología y ahora son bibliotecarios.

Ellos fueron un ejército organizado que junto a los cien obreros acataron cada orden de los constructores para mover libros de un lado al otro. La catalogación de los volúmenes no es temática, van desde el número 18, un estudio judicial norteamericano, hasta el último catalogado, el 220 mil y pico. El pánico de la pérdida irreversible se instalaría si no se mantiene el orden. También trabajó allí una cooperativa municipal.

Enfrentaron el caos con carritos de supermercado, cajas, carretas y a mano entre rampas improvisadas. Movieron 70 mil libros del subsuelo a otros edificios de Rosario y después los 130 mil que faltaban. Los únicos protegidos fueron las joyas: entre esos el LA 50, Los viajes de Magallanes, de 1788, y el LA 51, Virgilio, de 1556.

Sergio Piriz es hijo de un encuadernador que pudo llevar el oficio de su padre a la biblioteca hace 27 años. Fue el capitán en ese teatro de batalla. “Los movimos tres o cuatro veces, o más. Están numerados y había que respetar ese orden, si no se perdían. Usamos rampas de madera, montacargas especiales y le pusimos ganas. Los empleados podíamos elegir ir a otra función durante ese lapso, pero este es nuestro lugar”.

Verónica Laurino es bibliotecaria y escritora. “Mi papá vendía libros y eso fue muy fuerte para mí. Cuando tuve que elegir de qué vivir, me hice bibliotecaria. Hay lectores que vienen desde hace veinte o treinta años y los queremos mucho”.

Leonardo G. (no quiere que se difunda su apellido) tenía tercer año de secundaria y 32 años cuando entró a la biblioteca. A los 63 es bibliotecario. “Era mozo del restaurante Sunderland y esto lo hice como segundo trabajo. Me gustó y me quedé, un día descubrí la colección de la revista El Gráfico y empecé a mostrarla a los lectores de la hemeroteca. Me gusta hablar con la gente, aconsejar. «¿Y si terminás la secundaria?», me dijo una vez la directora anterior, Carmen D’Angelo. No fue sencillo pero después me metí en la carrera de bibliotecología y hace unos años organicé una muestra de la Hemeroteca en Victoria, donde nací”.

Lili Romero entró a los veinte y desde 2009 es directora de la Biblioteca. Su escritorio es, por el momento, un caos armónico. “Nunca pensé que la obra se iba a hacer y terminar. Alquilamos la casa de una jueza al lado de la biblioteca y llevamos los libros. Otros quedaron en el armario No te Quejes, lo llamamos así porque es el de la dirección y sobre una de las estanterías está esa inscripción. Me enamoré acá, entre libros. De chiquita venía con mis padres. Me luxé la muñeca en esta obra evitando que un libro se cayera por la rampa, pero eso es anécdota ya”.

Un psicólogo laboral se reunió con los empleados para evitar el estrés. En los próximos meses se verá el resultado.

Lila Siegrist, artista visual, poeta, editora y funcionaria, trabajaba en la Secretaría de Cultura en 2005 y en 2019 es subsecretaria de Industrias Culturales. Tuvo mucho que ver con los cambios. “A los seis años venía con mi papá y aprendí a bucear en los ficheros, años después nos cruzábamos con gente de la facultad y hasta amores tuve ahí. El gobernador me llamó un día y me dijo que quería una biblioteca nueva. Fui a muchas bibliotecas. Y acá está”.

Los arquitectos que la diseñaron son empleados municipales desde hace dos o tres décadas. Forman un verdadero equipo . Cuentan que se adaptó el proyecto anterior, que se visitaron “dos o tres bibliotecas”, que “pensaron la luz”. Que están orgullosos y que hasta diseñaron el mobiliario. Son Carlos, María y Rino. No quieren ser nombrados de otro modo.

El 23 de mayo pasado se inauguró. En la plaza Pringles se montaron escenarios con obras de Rosario y una estética de circo moderno. Llegaron más de mil rosarinos.

Aimé cumplió 30 años. Hizo su carrera de letras en la Biblioteca. “Ahora traigo a mi hija de seis y trabajo en mi propia librería, Chicho y Babel. La primera vez que vine fue a los 16 a un taller literario con Vicki Lovell. Acá estudié griego, latín y literatura argentina”.

Abril tiene diez años y junto a su madre viene desde chiquita. “Me gusta la sala infantil y saqué todos los libros de Harry Potter”.

Vicente tiene 78 y va a la biblioteca desde siempre. “Hice talleres, estudié, seguí a la Hemeroteca en todas sus mudanzas. Vamos a ver, parece lindo”.

El día de la inauguración, la novelista Angélica Gorodischer dijo desde el escenario, al lado de la intendenta Mónica Fein, que “esta es la casa de todos”. En la plaza Pringles la escuchaban varios escritores, entre ellos Rafael Ielpi. “Vine por primera vez a los 17, yo no tenía más que una cama en una pensión, así que la Biblioteca me dio un techo, buenos libros y un cobijo. Aún tengo el sonido del piano en mis oídos. Es mágico. Me quedaba horas y horas”, cuenta el Negro, conmovido.

Horacio Vargas, periodista, escritor y propietario de un sello musical, estaba ahí también. “Vivía en el barrio Sarmiento, así que llegué de grande a la biblioteca. Logré que donaran un archivo histórico no hace mucho, uno que certificaba que la ciudad fue incendiada en el siglo XVIIII, y aquí armé muchos conciertos de jazz. Un secreto: los libros absorben el sonido, y esto la hace un lugar especial”.

El poeta Humberto Lobbosco da un taller de lectura anual en la Biblioteca. Él mismo tiene en su departamento de dos ambientes una biblioteca babilónica. “Me crié acá, en la Argentina y en otras de la ciudad, me traía mi viejo. Hay libros increíbles. Ahora tal vez la sociedad no piense en la cultura, como a principios de siglo, pero la biblioteca seguirá”.

Esa milagrosa confianza es la que permite sostener el futuro.

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