Cultura y Libros

El libro volador

Cuando se estrenó Toy Story, allá por 1996, vi el trailer en el cine o quizás en la televisión.

Domingo 18 de Marzo de 2018

Cuando se estrenó Toy Story, allá por 1996, vi el trailer en el cine o quizás en la televisión. Eran los años duros de la penúltima encarnación neoliberal y la película proponía las aventuras de dos íconos de la cultura pop norteamericana: el cowboy y el astronauta. Era una película para chicos, suponía yo, que ya tenía más de treinta. A pesar de las recomendaciones, seguí fiel al cine italiano y al francés, porque me gustaba —y me gusta— y no quería rendirme.

Hago un flashback y me voy al prehistórico año 70 del siglo pasado, cuando los nacidos en 1964 y 1965 ingresamos al "preescolar". En mi caso, en una pequeña escuela de barrio con pocos salones y un patio para nosotros, separado de los patios para los más grandes. En marzo, cuando empezaron las clases, hacía apenas ocho meses que el Apolo 11 había alunizado. Las imágenes se reprodujeron al infinito, en la incipiente televisión y en la prensa escrita que atravesaba su mejor época. El alunizaje, como hecho histórico, permeó la cultura popular. Fue el punto más alto de un tiempo en que la astronomía se puso de moda y hasta en los libros de texto se empezó a reflejar el interés creciente por el sistema solar, los planetas y los viajes espaciales. La huella del hombre en la luna y el astronauta flotando dentro de la nave podrían ser emblemas de aquellos años. Aprendimos de memoria, hasta hoy, los nombres de los astronautas: Armstrong, Collins y Aldrin. Puedo nombrarlos sin temor a equivocarme. Como si dijera: Benítez, Suñé y Zanabria.
Aunque en mi casa no sobraban los pesos, esa Navidad apareció un robot de hojalata gris, a pilas, con tres luces rojas en el pecho, que dio algunos pasos temblorosos y a la tarde siguiente dejó de funcionar. El mundo de los viajes espaciales y el de los robots estaban unidos en nuestro imaginario futurista, moldeado por las horas felices que pasamos viendo Los Supersónicos. El mundo del espacio era la novedad y en el club de ciencias de la escuela nos enseñaban las constelaciones con una cartulina negra agujereada, que se ponía dentro de una lata de galletitas, pegada al vidrio y con una lamparita encendida detrás. En el salón a oscuras podíamos ver la forma del cielo.
El lejano oeste no desapareció de nuestro universo, nunca dejamos de jugar con los fuertes de madera que en la entrada tenían un cartel que decía "El Alamo" o "Gral. Custer", con "soldaditos" de cowboys y apaches de Norteamérica. En el campito del barrio hacíamos arcos y flechas con ramas de paraíso peladas y pedazos de alambre dulce, sin saber que nuestros indios usaban arcos parecidos a los que veíamos en las películas del sábado a la tarde. Pero el espacio infinito siempre estaba al acecho. Cuántas veces habremos mirado, en éxtasis, el cielo estrellado.
Cuarenta años después del alunizaje la paternidad me condujo, sin escalas, al mundo de los niños. De la Luna a la Tierra, enrevesando a Verne. Cuando con Francisco empezamos a ver películas —tras un largo preludio de Wiggles y Baby Einstein—, Toy Story todavía estaba allí. ¿Qué originalidad podía tener una película que cuenta la vida de los juguetes cuando los humanos no los ven? Pero ahí estaba la lucha por ser el preferido del niño Andy. Woody, el "convoy", es desplazado por el juguete nuevo, Buzz Light Year, el astronauta. Ese conflicto da lugar a toda la historia. Las buenas películas para chicos también están escritas para grandes detrás de su estructura clásica y en su cumplimiento a rajatabla de la introducción de un giro cada tres minutos puede haber un drama universal: el de ser desplazado en el amor. Hasta hay un guiño a quienes conocen algo sobre la escritura de guiones de cine: el niño malvado se llama Syd. Él mismo lo dice: soy Syd Field.
Para completar la maravilla de Toy Story, en este vaivén de casi medio siglo, en la Feria de Librerías de Viejo una imagen familiar me atrajo hacia una de las mesas. Me acerqué y ahí estaba mi libro de lectura de primer grado: El libro volador, de Atilio Veronelli, lleno de acuarelas preciosas y la historia de Yuyito, Nené y el perro Júpiter. Tres gnomos los visitan y les cuentan historias. Y hasta les proponen que pidan un deseo. Y los chicos, en 1971, piden viajar en un plato volador. Los gnomos (quiero nombrarlos: Nan, Nin y Non) los complacen regalándoles el libro volador con el cual los chicos van a la Luna y pueden ir adonde quieran con sólo ponerse a leer.
La paternidad deseada puede ser el camino de regreso a las emociones de la infancia, al asombro ante una historia bien contada. Basta con sentarse en un sillón y viajar, con el libro o el control remoto: al infinito, y más allá.

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