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El libro en papel le sigue dando pelea al aislamiento social

Libreros y editores de Rosario debaten sobre la pertinencia de oponer el libro en su formato tradicional.

Domingo 17 de Mayo de 2020

Durante la cuarentena el sector del libro rosarino está sufriendo un fuerte revés, sobre todo los eslabones más débiles de la cadena: librerías y pequeñas editoriales. La venta se suspendió durante el primer tramo del aislamiento y el público lector, con más tiempo que nunca para esta actividad, se volcó a los contenidos digitales que algunas editoriales, principalmente las de mayor envergadura, fueron liberando en sus páginas web. Esto alentó la creación de grupos en Facebook donde se inició un intercambio de todo tipo de textos y ediciones en PDF, que ya venían circulando de manera aislada o silenciosa en internet. Mientras en Buenos Aires algunas escritoras de renombre reclamaron al público lector más conciencia a la hora de descargar sus obras sin copyright, en Rosario, lectores/as, autores/as y libreros y bibliotecarios se fueron acomodando de acuerdo a las posibilidades de cada uno. En medio de una pandemia y la industria editorial al borde del abismo, se reflotó una vieja discusión: ¿el libro electrónico pone realmente en peligro al objeto tradicional de papel y tinta? ¿Qué diferencia tiene el libro con otros consumos culturales que a partir de la llegada de la web cambiaron para siempre? Libreros, editores y lectores opinan sobre el tema y también analizan la función social de las librerías en Rosario, que después de un mes y medio empezaron a abrir sus puertas en la nueva fase del aislamiento social.

Un invento insuperable

Umberto Eco dice que el libro es un invento insuperable y que los verdaderos enemigos de los libros son "principalmente los hombres, que los queman, los censuran, los encierran en bibliotecas inaccesibles y condenan a muerte a quienes los han escrito. Y no, como se cree, internet u otras diabluras". Hay intelectuales que vienen recordando que los reproches que hoy se le hacen al libro electrónico son similares a los que se le formularon al libro impreso desde su origen hace cinco siglos, frente a la restringida circulación de manuscritos entre las castas que los elaboraban, leían e interpretaban.

El narrador español Arturo Pérez Reverte asegura que en un mundo razonable oponer el libro impreso al libro electrónico no debería plantearse jamás. Pero este no es un mundo razonable, y como si fuera poco una pandemia lo puso patas para arriba. En el medio del caos y la confusión, y la crisis económica mundial y, en particular, la de la industria del libro, se reflota este dilema: ¿el libro electrónico amenaza al libro tradicional? Nadie está tan seguro de eso, pero las consecuencias del aislamiento social obligatorio encienden todas las alarmas de la industria. Un dato importante es que muchas editoriales están convirtiendo sus catálogos de libros en papel, a ebooks. La Agencia Argentina de ISBN (administrada por la Cámara Argentina del Libro) indica que el registro de libros digitales aumentó en abril en un 70 por ciento respecto del año pasado, mientras que en el mismo mes la producción de libros en papel cayó en un 50 por ciento. Lo que no significa que el ebook sea ni por asomo la principal opción de los lectores. Sin embargo, el dato más desalentador es la caída de ventas de libros fisicos en un 80 por ciento durante el primer cuatrimestre de 2020, respecto al mismo período del año pasado. El libro electrónico, utilizado mayoritariamente como lectura complementaria al formato papel, suma puntos aunque todavía lejos de los principales hábitos de consumo cultural, como las plataformas de streaming, las verdaderas ganadoras de la emergencia sanitaria mundial.

"Yo creo que lo que va a pasar en esta situación de encierro es que muchos lectores van a empezar a usar cada vez más métodos digitales y virtuales, y esto excede ampliamente a la lectura, desde usar homebanking a realizar compras por internet, hay un empuje muy fuerte a realizar en forma virtual procedimientos o hábitos que antes se hacían de forma presencial y por supuesto, también va a estimular la lectura digital en muchos casos", analizó Gabriel Riestra, socio fundador de la librería Homo Sapiens. Al mismo tiempo, el librero consideró que "la cuarentena también le ofrece una oportunidad al libro, el libro quizás sea un cisne negro, hay mucha gente que tiene tiempo ocioso y va a recuperar el hábito de la lectura y eso lo estamos notando desde el lunes 13 de abril, cuando nos habilitaron a hacer venta de libros por entrega a domicilio. Está claro que la demanda y venta de libros no puede ser comparada con la que uno tiene con el local abierto de manera normal, pero mucha gente que quiere leer nos está consultando, y hay un nivel de demanda interesante, y no creo que eso suceda en otros rubros como el textil, por ejemplo", detalló Riestra, apenas unos días antes de que se iniciara la fase 4 de la cuarentena, y se dispusiera el permiso para abrir comercios. Lo cierto es que, con los condicionamientos sanitarios específicos para la atención al público, sumados a la restringida circulación de personas, el sistema delivery sigue funcionando a toda marcha como principal canal de ventas en librerías.

No tiene competencia

Quique Rey, dueño de la librería Paradoxa, dice que a diferencia de lo que ha pasado con la música y el cine, donde plataformas y formatos digitales desplazaron al disco y al CD, "como Spotify, que apareció y en una semana destruyó la industria discográfica, el libro electrónico hace veinte años que está y todavía no ha podido competir con el libro de papel. A los diarios les llega la crisis pero al libro no, por ahí mañana se revoluciona todo y me equivoco, pero hoy no está ocurriendo eso”. Rey, sin embargo, reconoce que el libro electrónico sí afectó a algunos sectores específicos, como diccionarios y enciclopedias. Incluso “muchas clientas que leen novela romántica me han dicho que se han pasado al formato digital”, explicó. Así y todo, sumó otro dato alentador para la galaxia Gutenberg: “Los nativos digitales que hoy son adolescentes compran libros, tienen un montón de opciones y nosotros los tenemos cuartos en las estadísticas de ventas. El libro infantil lo compran el tío, la tía, la abuela, el padre o la madre, pero acá entra el pibe o la piba con la madre y dice «quiero ese libro»”. “Yo creo que el libro sigue siendo un buen objeto de regalo, no podés regalar un pendrive con un libro adentro. O podés regalar un Kindle, pero es una vez. Como dijo alguna vez un librero, el libro sigue siendo un adorno barato para poner en la biblioteca”, concluye, ácido.

Carolina Musa dirige Libros Silvestres, la editorial rosarina de literatura infantil y juvenil que incluye en su catálogo libros artesanales en la técnica pop up, elaborados por la propia editora. Para ella la rivalidad entre los formatos no tiene cabida. “Para mí el papel no compite con el digital, el libro es un objeto fetiche que está bueno tocarlo, que tiene olor, que significa muchas cosas para mucha gente, otros valores, una carga simbólica, status o lo que sea, también tener una biblioteca con libros es una cosa burguesa”.

De todos modos, Musa también aprecia las bondades de la web. “En digital podés acceder a un montón de cosas que no podrías comprar nunca. A mí eso me pasa, porque yo no soy una compradora compulsiva de libros, no lo fui nunca porque nunca me alcanzó la plata, al contrario, soy más lectora de bibliotecas. Pero el que quiere un libro de papel, lo tiene, y le gusta subrayar y doblarle las puntas o le gusta tenerlos apilados en la mesa de luz, es algo más ligado a los hábitos”.

Por su parte, Nicolás Manzi, editor del sello local Casagrande, apuntó que “el libro como objeto es perfecto, no puede ser mejorado en su esencialidad”. Incluso, afirmó que “el libro de papel ha ganado un nuevo protagonismo porque se ha visto en la obligación de tener que poseer un plus. Todos los editores ya entienden que si quieren comercializar sus libros tienen que ir hacia la distinción al decir de Bourdieu, y ese plus suele ser el nivel de impresión, de diseño, los detalles gráficos que son del orden de la materialidad del libro”, opinó el editor y gestor cultural local. Y añadió: “Pienso que los editores han tenido que redoblar la apuesta porque lo que la materialidad propone, no lo tiene, ni está cerca de tenerlo lo digital. ¿Cuál es la satisfacción de tener un libro que está bellamente encuadernado, que tiene imágenes que se despliegan? ¿Poder mostrarlo? ¿Verlo? No sé, pero hay un nicho en el negocio para esto”.

La amenaza de los gigantes

Con bastante anticipación a las cifras que publicó la Cámara Argentina del Libro, Marcos Buchin (de Buchin Libros) había expresado su preocupación sobre la lectura online como única posibilidad para los lectores de acercarse a nuevos textos, en un contexto de aislamiento. “Por ahí en la cuarentena la lectura online obligatoria ayude a que se instale con mayor fuerza esta modalidad de consumo de textos escritos que ya venía avanzando lentamente y ahora recibe un gran impulso”.

Por su parte, Riestra señala que en la Argentina ya hay una gran oferta de ebooks, de libros electrónicos en portales nacionales e internacionales. “Aunque no es tan fuerte, la demanda existe, y además el precio es menor. También sucede que, por ejemplo, los grandes grupos editoriales comercializan algunos de sus títulos primero como ebooks antes de traer el libro físico a la Argentina, sobre todo Planeta y Penguin Random House, que son los gigantes de habla hispana”.

Sin soslayar el nivel de concentración de los grupos editoriales, el librero y editor rosarino advierte que “a su vez, esos gigantes de nuestro sector son pigmeos comparados con Apple o Amazon”, las grandes compañías que son competencia en cuanto a la producción y distribución de contenidos digitales de libros y textos.

Por ejemplo, Amazon no solo comercializa el ochenta por ciento de los libros digitales, sino que amenaza con arrasar con el mercado editorial al ofrecer venta directa y la autopublicación, obviando todos los eslabones de la cadena de producción del libro tal como editores, correctores, diseñadores, e incluso actores estratégicos a cargo de la distribución y la venta final, las librerías mismas. “Ese es un modelo muy riesgoso porque implica una inmensa concentración de poder. En Argentina amagaron con instalarse varias veces y todavía no lo han logrado”.

Exactamente un mes antes de que se decrete el aislamiento, la Facultad Libre Rosario abrió una pequeña librería en su local de 9 de Julio y Sarmiento. Si bien hasta el momento el local estuvo más tiempo cerrado, uno de los referentes del espacio, Adriano Peirone, se incorporó a este intercambio con una mirada expectante, promisoria, respecto del libro como objeto relevante de nuestra cultura. “Es fundamental y necesario que el Estado ponga en el centro de su propuesta cultural al libro en toda su trama, en papel e incluso la línea digital; este último seguramente será una forma de ampliar universos de lectorxs y narraciones que circulen, potenciando al libro en papel”.

Y subrayó que “del mar revuelto en que el libro se encuentra, se saldrá con inventiva y convencimiento de les actores implicados, pero sobre todo con políticas que apuntalen al universo de escritores, editores, diseñadores, imprenteros y libreros, que son quienes trabajan por su sentido”.

Lugar de encuentro y sorpresas

Citando al ensayista español Jorge Carrión (autor de Librerías), Quique Rey destaca la función social de las librerías y el rol de los libreros como orientadores, “y no como meros despachantes de libros detrás de un mostrador”. De a poco, y si es que todo sale bien en el marco de las medidas preventivas del gobierno, se irán recuperando progresivamente las experiencias que se perdieron en este largo período de confinamiento, como la de visitar al librero amigo, ir a buscar un título y volverse con uno totalmente diferente (o con dos o tres, en el caso de los lectores más pudientes). La conversación y la sorpresa siguen siendo (o eran) buenas costumbres en las librerías rosarinas, y en eso coincide Germán Armando, dueño de El Juguete Rabioso. “Yo como cliente de una librería siempre buscaba un paseo y un lugar para encontrar lo que no estaba buscando (dicho un poco pomposamente), y esa es una cuestión que el delivery no puede reemplazar. Después cada librería tiene su sociabilidad propia, muchos encuentros fortuitos pero recurrentes que en este tiempo se perdieron”. Justamente, para aminorar la pérdida, o mejor dicho el desencuentro, Armando abrió un grupo de Facebook apenas se decretó la cuarentena: El Heraldo de la Peste. “Lo armé con la idea de no perder el contacto con los clientes en la cuarentena, y el pretexto no podía ser otro que la literatura, por eso compartí un fragmento de libro o un cuento, del mismo modo que la mayoría de las editoriales permiten descargar un fragmento para incentivar al potencial lector. Después cada quien se apropió del espacio a su manera y terminó pasando que se trafiquen libros de todo tipo”.

Inmediatamente, el librero del local de Mendoza y Laprida agregó: “Lo que tampoco veo mal, porque no dejan de ser comunidades que se arman y comparten cosas… no creo que nada de eso conspire contra la venta, o al menos no se puede decir cuánto la perjudica o la favorece, toda vez que sabemos que la venta de libros también responde a la lógica de consumos problemáticos: cada libro leído lleva a necesitar leer muchos otros”.

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