Domingo 08 de Abril de 2018

Era un hombre duro, macizo. Tenía la cara cuarteada por el sol y el pelo corto, oscuro. Caminaba con pasos lentos alrededor de la mesa de recomendados. No tenía ningún apuro. Se quedaba un rato largo mirando cada libro, como si lo examinara. Llevaba puestos un jean azul, mocasines y una camisa gastada. No me acuerdo si llevaba sombrero o no, pero me parece que sí, una boina, creo, como de peón de estancia.
Me hizo un comentario y nos pusimos a charlar. De la Segunda Guerra, de Hitler:
—¡Qué terrible lo que hizo ese hombre! —dijo indignado, como si se hubiera enterado ayer del Holocausto.
Lo miré. Se me ocurrió que debía conocer la crueldad. Que la había visto, sufrido. Pero no sé por qué se me ocurren estas cosas.
Seguimos charlando un poco más. Mientras miraba los libros, cada tanto me hacía un comentario. Yo no le prestaba mucha atención, estaba escribiendo algo.
No sé cómo terminamos hablando de la Guerra del Paraguay:
—La guerra de la triple infamia —dije yo.
—Una matanza —afirmó el hombre. Esta guerra la conoce, pensé. Hay algo en la expresión de una persona que revela si su cuerpo sabe, si su memoria preserva. Es un gesto que se logra sólo a fuerza de años de amargo silencio y férrea resignación. Habrá escuchado historias, habrá nacido o vivido en el Chaco o Misiones, imagino —no sé nada de tonadas y orígenes, pero sé que el hombre no es de acá—.
Levantó de la mesa La oscuridad y las luces, de Eduardo Grüner.
—¿Me puedo sentar? —dijo y señaló el sillón.
—Por supuesto.
El hombre se acomodó y se puso a leer. Yo seguí con mi texto.
Vinieron dos personas. Estuvieron mirando un rato y se fueron.
El hombre seguía leyendo.
Al rato vino una chica y me preguntó por Carl Sagan. Nos pusimos a charlar, me contó que estudiaba astronomía en La Plata. Le recomendé que leyera a Feinmann, no lo conocía.
El hombre cambiaba de posición cada tanto. Ahora tenía las piernas abiertas y estaba inclinado hacia adelante con el libro en las dos manos.
Entró Marcos y se sentó en la sillita al lado mío. Se quejó de que no se estaba vendiendo nada —tiene una librería de nuevos en Palermo—. Estaba releyendo todo Saer, desde el principio, libro por libro, rastreando la evolución del lenguaje en toda su obra —qué palabras, construcciones, artificios o imágenes repite, cuáles abandona—. Una locura.
Me miró y levantó las cejas en dirección al hombre, como preguntándome "¿qué onda este tipo?" Yo lo miré como diciéndole "el hombre está leyendo, ¿qué problema hay?"
Marcos largó un bufido. Esto no es una biblioteca, debía pensar, seguro. Ya me lo dijo varias veces. El libro se vende y el tipo circula. Así de simple. Me encanta, siente mi librería como si fuera la suya. Pero igual a mí me divierte que la gente venga a leer un rato.
Le sonreí y él comprendió de inmediato lo que estaba pensando. No dijo nada. Se levantó y se puso a mirar los libros que había comprado hacía unos días.
Después de más de media hora el hombre aún seguía ahí, inmóvil. Lo único que había cambiado era que cada tanto se lo escuchaba leer en un susurro casi inaudible.
Al rato entró una parejita. Dieron una vuelta rápida y se fueron.
El hombre se había inclinado sobre su izquierda para aprovechar mejor la luz del atardecer.
Marcos me dijo:
—¡Compraste buenas cosas!
—¿Viste? Una viejita en Belgrano. Una genia.
Revisó la última pila, me saludó y se fue.
Yo volví al texto.
Estuve un rato largo así, abstraído en la pantalla. Cada tanto levantaba la cabeza para constatar que el hombre no se había movido de su lugar.
El murmullo de su lectura iba y venía, como un oleaje. No lograba distinguir una palabra.
Lo miré bien. El hombre estaba completamente sumergido en el libro. Sólo lo habrían distraído un estruendo o un grito, como si soñara profundo. Pensé en cuánta serenidad y cuánta dignidad hay en el acto de leer. Pensé también en cuántas cosas le pasan al cuerpo cuando uno lee: las imágenes y las voces en la cabeza, los pensamientos, el escalofrío en el pecho, la tensión agarrotada en la nuca, el corazón bombeando como un loco, las manos que aferran, sudorosas —con fe, con esperanza—, el libro, y que corren, ansiosas, sus páginas amarillentas, quebradizas. Los ritmos de la respiración, la rabia, la pena, el estremecimiento ante la belleza, todo.
¿Estará haciendo tiempo?, me pregunté. ¿O no tenía a dónde ir? ¿O andaba sin un peso para comprar libros y aprovechaba a leer todo lo que podía, como hice yo en mi adolescencia?
No lo sabía.
Ya eran las siete. En media hora tenía que cerrar. Me levanté para acomodar algunas cosas y de paso sugerirle muy a mi pesar que afuera del libro había un mundo —una librería para ser exactos— con un librero que se quería ir a su casa, y al acercarme pude distinguir las palabras que salían, lentas y sucias, de su boca: "Como hemos visto, los estados nord" —y acá se trabó y volvió—"los estados nordoccidental..." —y otra vez— "nordoccidentales de Europa ya habían...".
Pude oír cómo el hombre seguía leyendo, sin mirarlo, dándole forma en mi imaginación al monumental esfuerzo que expresaba su voz cada vez que se demoraba, repitiendo las palabras que no le salían una y otra vez.
El hombre apenas sabía leer.
Acomodé unos libros y me volví a sentar casi sin hacer ruido.
A las siete y cuarto el hombre se levantó y dejó el libro donde estaba.
Me dijo:
—Muchas gracias. Voy a volver.
Y se fue.

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