Cultura y Libros

El hombre de las cortadas

El rosarino Fabricio Simeoni (1974-2013) generó entre quienes lo conocieron una profunda empatía. La reedición de una de sus obras más características abre el espacio para la reflexión y el conmovido recuerdo.

Sábado 24 de Noviembre de 2018

Hay una palabra que define la sensación que produce el escritor Fabricio Simeoni: ruptura. En sus libros, como en su vida, el autor rosarino rompe moldes, se escapa todo el tiempo

—sin respiro— de las formas tradicionales y prueba, analiza, muestra alternativas. Se mueve de un lado para el otro. Y "driblea". Pese a todo, que en su caso es todo en serio. Para quienes no lo conocieron, Fabricio padeció una atrofia espinal de nacimiento, por la cual apenas movía los ojos y la boca.

En La mujer de las cortadas avanza en una escritura con una trama y un estilo extraños por lo no convencional. Y nada, pero nada improvisada: se advierte la dedicación al texto, el rechazo de la frase fácil, una búsqueda despiadada de la palabra precisa.

Y uno tiene la idea, en una primera lectura —se advertirá enseguida el porqué de una primera lectura— de que son poemas. ¿Lo son? También lo son. Simeoni se inspira en esa libertad que dan la ficción y la narrativa poética para enlazar reflexiones, interpretaciones y alegorías.

Es el propio autor, cuando sube el nivel de abstracción, quien obliga a su lector a una re-lectura, es decir, al encuentro de nuevas interpretaciones, de nuevos misterios.

Simeoni aparenta —sólo aparenta— dar un rellano en la lectura, cuando el lector concluye el recorrido de cada uno de los 64 textos. Es un espejismo. No hay tal entretiempo. Él elige primero, lo condiciona al lector y luego lo hace su cómplice. Como en libros anteriores, de una manera voluntaria o no, hay referencias incesantes e inequívocas a los líquidos. Esas alusiones son directas e inteligentes, incursionan, giran, proponen.

Lo hace en Hídrico, habla de "ilusiones anfibias", "mujer inundada", "agua bajo las napas", " figuras submarinas", "afluente anímico". Y en "Tiempo de agua" menciona "goteando a medias por cañerías averiadas", "tiempo potable donde el agua se hace crónica", "nacemos de la humedad del tiempo", "el perdón es del agua", "la muerte es la misma humedad".

¿Casualidad? No lo parece. Simeoni necesita de ese soporte acuoso, allí se mueve con comodidad, pese a que conoció el mar a los treinta y pico, pero tenía el Paraná ahí, todos los días, desde que nació. En el agua, Simeoni "driblea".

La mujer de las cortadas es un libro intimista que propone una relación condicional con el lector que debe inferir esas alternativas a las que aludió, al principio, este comentario. Y premonitorio: Poeta Simeoni se llama hoy una calle, una cortada de una cuadra, en pleno centro de Rosario.

Se puede adivinar que Simeoni escribe desde su ámbito "desde el barrio marginal de todo antebrazo". En El margen de las veredas mantiene un lenguaje elíptico que sin embargo menciona, sin metáforas "atrás, dos brazos que empujan la estática, el ritmo cardíaco aumenta después de la primera esquina cruzada. Soy esas manos". La identidad que se daba por el movimiento integro de su cuerpo se ha reducido a un mosaico y a las manos de quien lo traslada.

En El lapso del cosmético lo dice: fuera de su habitación existe un mundo que le prepara una fiesta, pero cuando quiere ingresar en ese mundo, los límites de la inmovilidad no lo dejan pasar, aunque "no hay rejas abocadas a la tarea de recluirnos". Hay allí una mujer a la que no puede alcanzar: "Ahora estoy en el subsuelo y ella baila sobre la mesa".

Hipnos agotado habla de "la mano única que siempre recorría el mismo hemisferio" y que "yo quería despertar las hadas"; hay una mujer también inalcanzable, como en El lapso... y por eso luego dice "yo quería soñar las hadas". En Despojos hay una continuidad: el personaje no puede tener una relación con una mujer. "Miró hacia abajo y me dejó", dice. No tiene contención en su cuerpo y remonta el deseo incumplido que tiene por ella. "Cuando alguien venga a buscarnos será temprano, aún no dejamos la tarde", dice y marca así su calidad poética, sus juegos temporales borgeanos, sus movimientos necesariamente lentos y complejos. En Destete, describe a una mujer con los pechos de siliconas que estalla, explota, a la vez que un hombre la violenta y lamata. Prefiere los cuerpos imperfectos.

"Somos una isla flotante", dice en El beso antes del beso. La isla flotante es ficticia como los pechos de siliconas. Y recurre a la geografía del Paraná, el río que Simeoni tuvo ahí, para acortar su aislamiento. Refiere a la isla puente que se utilizó para la construcción del túnel subfluvial Santa Fe-Paraná, para trabajar, y luego fue desarmada. "¿Sabrán que hay alguien acá afuera?", se pregunta el personaje. Y agrega: "¿Sabrán que somos restos del viento?"

En El mar de cada gota, si ella se moja vuelve a decirlo con pocas palabras, contundente, sin dejar la poesía de lado: "Cuando las manos no tienen ventanas, no hay forma de comunicar las yemas". Habla de acomodar el cuerpo a las nuevas realidades, mientras la vida está sin control.

"Pienso en ella y no existo, la única verdad es que no existo", dice en Del superyó a los plegamientos. Y dicta: "Lo insensible es lo único que supera una repetición". Cuenta que no puede defenderse de la picadura de un mosquito y lo compara con un orgasmo en la sangre. Y remata: "Basta con decir sí y el cuerpo cambiará de forma". No sabemos si es así, pero Simeoni pudo cambiar algunas formas de la literatura sentado en una silla que lo llevó a pasear por claridades y sombras.

La primera pregunta, si cabe, es si se puede escindir la obra de Fabricio Simeoni de él mismo, de su calidez, su simpleza, su calidad humana, su humor infinito —desplegado en la calle—, del profundo ser sociable que fue, que es y que será. Y que hizo que Roberto Fontanarrosa, a poco de conocerlo, le preguntara a Marcelo Scalona: "¿Este pibe está siempre contento así...?".

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