Cultura y Libros

El hijo de la perdición

Anagrama acaba de lanzar en un solo volumen tres de las obras más significativas de Charles Bukowski, uno de los escritores más atípicos de la última franja del siglo veinte. Marginal, alcohólico, directo y sentimental, su prosa es capaz de golpear como un cross a la mandíbula. Y su poesía no se queda atrás.

Domingo 18 de Febrero de 2018

Charles Bukowski (Andernach, 1920—San Pedro, California, 1994) fue un escritor muy poco probable, y muy extraño por cierto, para la historia de la literatura estadounidense. El cimiento de la "generación beat", en verdad, y toda esa forma de literatura experiencial que lo precedió, muy poco tiene que ver con un nombre que tuvo un solo y único objetivo: escribir con el corazón.

En Bukowski no caben las poses antiinstitucionales de un beat. Los beats eran lobos de una manada, actuaban en grupo, se autoproclamaban y reproducían. Algo parecido a un efecto publicitario de sentido, la conformación de una moda, o a un grupo de jóvenes que se escapaban de un recreo.

Charles Bukowski, nacido en Alemania y trasladado a los dos años a la ciudad de Los Ángeles, se parece más a escritores como Knut Hamsun o John Fante. Porque mucho antes que un movimiento o tendencia, y ante todo, era un hombre. Bukowski sólo vale por su prosa y por su poesía, y sólo por eso hoy lo reconocemos y valoramos.

Sea como fuere, Bukowski se valió por sus propios medios. Sin formación académica, sin contactos en el campo literario. Sin amigos, básicamente. Y logró lo que todos los escritores anhelan: ser leído por todo tipo de público y vivir, aunque de forma tardía, de su escritura.

La reciente edición de sus tres novelas autobiográficas (Cartero, Factótum y Mujeres) bajo el sello de Anagrama en la colección Compendium, en traducción de J. García Berlanga, nos permite acercarnos al verdadero hombre que escribió como pocos acerca de la realidad y de los propios sentimientos, y que vivió una experiencia única, y cuyo nombre o alter ego de ficción era Henry Chinaski.

Puede el lector o no estar familiarizado con la obra de Fante o con Hamsun, pero estas tres novelas —antes que nada— son claros homenajes a estos dos escritores, y por tanto a sus experiencias. En ambos casos, incluido el de Bukowski, hablamos de hombres de genio literario que se enfrentaron a la realidad desde los lugares más sórdidos y desalentadores. Por seguro, y más allá de la ficción, todos creyeron que la literatura era algo parecido a una falla y no una virtud, íntima y personal, propia de una especie desconocida hasta entonces, como un castigo autoimpuesto. ¿Quiénes eran estos letrados sin estirpe, hijos de la perdición y la pobreza? En el prólogo que preparó para Pregúntale al polvo de John Fante y su reedición de 1979, Bukowski recordaba: "Yo era joven, pasaba hambre, bebía, quería ser escritor. Casi todos los libros que leía pertenecían a la Biblioteca Municipal del centro de Los Ángeles, pero nada de cuanto me caía en las manos tenía que ver conmigo, con las calles, ni con las personas que me rodeaban (...) ¿Por qué nadie decía nada? ¿Por qué no alzaba nadie la voz por encima de la de los demás? Pero cierto día cogí un libro, lo abrí y se produjo un descubrimiento. Pasé unos minutos hojeándolo. Y entonces, a semejanza del hombre que ha encontrado oro en los basureros municipales, me llevé el libro a una mesa (...). He ahí, por fin, un hombre que no se asustaba de los sentimientos. El humor y el sufrimiento se entremezclaban con sencillez soberbia (...). El libro se titulaba Pregúntale al polvo y el autor se llamaba John Fante. Tendría una influencia vitalicia en mis propios libros".

Si bien estas tres novelas fueron escritas cuando Bukowski ya se dedicaba por completo a las letras (el autor tendría unos cincuenta años y había hecho un pacto con John Martin, editor de Black Sparrow, para dedicarse exclusivamente a la literatura), en la única historia que refleja su relativo éxito literario es en Mujeres, novela publicada hacia 1978.

En Factótum (1975), en cambio, presenta un monólogo fundacional, sus orígenes. Es la época en la que el autor deambula de un distrito al otro de los Estados Unidos, buscando trabajo, escribiendo pequeñas historias, siempre rechazadas por las revistas.

La historia comienza en Nueva Orleans, aunque bien podría haber comenzado en Florida, Filadelfia o Nueva York, todas ciudades por las que merodea el autor en Factótum. Si bien el escenario de la mayoría de los trabajos de Bukowski transcurre en Los Ángeles, se trata de una época en la que el autor viaja la mayoría del tiempo: "Había trabajado el tiempo suficiente como para ahorrar lo que me pudiera costar un billete de autobús a cualquier otra ciudad, más unos cuantos dólares para arreglármelas cuando llegase. Dejé mi trabajo, cogí un mapa de los Estados Unidos y lo miré por encima. Decidí irme a Nueva York. Me llevé cinco botellas de whisky en la maleta para el viaje. Cuando alguien en el autobús se sentaba a mi lado y comenzaba a hablarme, yo sacaba la botella y me pegaba un largo trago. Me dejaban tranquilo".

Hablamos de Hank, o Henri Chinaski, que ya había abandonado sus estudios universitarios en periodismo y cuyo único propósito era beber, acostarse con cualquier mujer que se encontrara en su camino y apostar en las carreras de caballos. Todo esto, claro, sin la necesidad de hablar mucho o desear amigos. Aunque escribía cuentos, además, y los enviaba al Atlantic Monthly: "Escribía tres o cuatro relatos cortos por semana. Los enviaba por correo. Me imaginaba a los editores de Atlantic Monthly y Harper's diciendo: —Vaya, aquí tenemos otra cosa de esas que escribe ese chiflado...". En su pobreza y dedicación, y, especialmente, en su humilde entorno de Los Ángeles, el joven Bukowski se parecía mucho a Arturo Bandini, el héroe de las novelas de John Fante.

A pesar de esa vida de constante rechazo y de búsqueda de trabajos temporarios (atendiendo locales de ropa, vendiendo repuestos de autos, limpiando las oficinas de un diario...), sin embargo, una esperanza radiaba desde su interior: "Eso era todo lo que necesitaba un hombre: esperanza". En Factótum Bukowski se conforma con narrar estos hechos de manera objetiva. La realidad, como una ola impostergable y destructiva, se describe de una forma muy natural, y todavía están lejos los cimientos de su vocación y formación literarias. Estamos frente a un autor al que sólo le aterra la vida, por ahora, y al que le espanta todo lo que un hombre tiene que hacer sólo para comer, dormir y vestirse. En la primera entrevista publicada en un medio importante, Chicago Literary Times (1963), Bukowski sin embargo decía que había comenzado a escribir a los 35 años.

Si bien Cartero (1971) fue su primera novela publicada, cronológicamente describe la segunda parte de su vida, y por tanto corresponde leerla después de Factótum. Si bien no nos hallamos ante su mejor novela (es muy probable que al ser la primera entrega de la trilogía, todavía le falte madurez y desarrollo al personaje o alter ego de Chinaski), es un documento muy importante en materia historiográfica para la vida del autor. En esta novela, Bukowski describe gran parte de su vida, y el pasaje que va desde desde 1952 a 1969, cuando trabajó como cartero en el Servicio Postal de los Estados Unidos. En este trabajo se dan las mismas constantes, y se hacen las mismas preguntas que en Factótum: "No sé cómo ocurren las cosas. Tenía que mantener a mi hija, necesitaba algo para beber, pagar el alquiler, zapatos, camisas, calcetines, todas esas cosas. Como cualquier otro, necesitaba un coche, algo de comer, por no hablar de todos los pequeños detalles intangibles". Hay muy pocas referencias a su carrera literaria, sin embargo, y en estos años sólo parece perdurar su afición a la bebida y a los caballos. Bukowski escribió esta novela tan solo en un mes por pedido exclusivo de John Martin. La propuesta del editor de Black Sparrow (que más tarde publicaría las novelas de Fante) era que Bukowski dejara su trabajo en la oficina de correos, a cambio de escribir estas novelas y recibir por ellas un sueldo básico mensual para sus gastos. Al parecer, en aquella época, el autor había conseguido vivir y apagar su oceánica sed con tan solo cien dólares mensuales.

En Mujeres (1978), a diferencia de las otras dos novelas de la trilogía, el alter ego Chinaski ya se reconoce como escritor y poeta. De hecho, en esta historia se refleja el comienzo de su éxito en su carrera literaria.

Henry Chinaski había publicado libros, y sus historias ya habían sido traducidas a varios idiomas. Era invitado a dar lecturas de poesía por varios distritos de los Estados Unidos, ganaba dinero, se emborrachaba mientras leía y provocaba a los públicos más salvajes: "Yo no tenía que hacer nada. Ellos lo hacían todo. Pero tenías que andarte con cuidado. Bebidos como estaban podían inmediatamente detectar cualquier gesto falso, cualquier palabra falsa. Nunca podías desestimar a un público. Había pagado para entrar; había pagado las bebidas; querían obtener algo a cambio, y si no se lo dabas te correrían hasta el océano (...). No podías menospreciarlos y tampoco podías lamerles el culo". Además, era uno de los poetas con mayor convocatoria en el ámbito, y en sus recitales el público siempre llegaba hasta la otra vuelta de la manzana.

Sin embargo, y más allá de todo esto, el libro es un reflejo de su experiencia con las mujeres. Luego de cincuenta años de vivir en la pobreza y oscuridad absoluta, de repente Chinaski comienza a ser conocido, y las mujeres y admiradoras aparecen por todas partes: le escriben cartas, lo llaman por teléfono, lo seducen en los recitales de poesía. Y pese a que el autor no rechaza a ninguna de ellas, el libro es ante todo una historia de amor y de su relación con Lydia Vance, y la debilidad que siente por su enamoramiento. Algo muy parecido ocurre con el estilo del libro, y con cada uno sus trabajos. Si por momentos todo parece estar lleno de vulgaridad, sexo explícito y alcohol, detrás de cada página se esconde una sensibilidad e inteligencia innata muy propia y característica de todo el trabajo de Bukowski: "Y sin embargo las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí. Básicamente deseaba prostitutas, porque eran duras, sin esperanzas, y no pedían nada personal. Nada se perdía cuando ellas se iban.

Pero al mismo tiempo soñaba con una mujer buena y cariñosa, a pesar de lo que me pudiera costar".

De la misma forma que la tetralogía de Arturo Bandini de John Fante, Mujeres es además un retrato de la ciudad de Los Ángeles, y a la vez una burla de los sectores más despreciados por Bukowski: el ámbito cerrado de las universidades, el esnobista mundo de los escritores y el ambiente de Hollywood (al que más tarde denunciaría enfáticamente en Hollywood, otra novela protagonizada por Chinaski y no incluida en este volumen).

A diferencia de las dos primeras novelas, además, por primera vez encontramos un verdadero juicio de valor sobre otros escritores. Cuando creíamos no saber mucho de la formación literaria de Bukowski (pese a una breve mención de Henry Miller en Factótum), en Mujeres encontramos una clara admiración por escritores como Knut Hamsun, al que juzga como "el escritor más grande del mundo", o el ya recordado John Fante: "—¿Quién es su autor favorito? —Fante. —¿Quién? —John F-a-n-t-e. Pregúntale al polvo. Espera a la primavera, Bandini. —¿Dónde podemos encontrar sus libros? —Yo los encontré en la biblioteca central. Entre la quinta y la calle Olive. —¿Por qué le gusta? —Emoción total. Un hombre muy bravo. —¿Quién más? —Céline. —¿Por qué? —Le rajaron las tripas y se rió, y les hizo reír también. Un hombre muy bravo. —¿Cree usted en la bravura? —Me gusta verla donde sea, en animales, pájaros, reptiles, humanos. —¿Por qué? —¿Por qué? Me hace sentir bien. Es una cuestión de estilo frente a algo sin arreglo. —¿Hemingway? —No. —¿Por qué? —Demasiada basura, demasiada seriedad".

Encontramos, además, un claro menosprecio a escritores como Norman Mailer y Truman Capote, y un completo desinterés por la poesía y los trabajos de Allen Ginsberg y William Burroughs, último con el que comparte una lectura —tal como relata en Mujeres— y al que prefiere no conocer (el desinterés, tal como lo describe Chinaski, en realidad había sido mutuo).

Esa breve alusión a John Fante en Mujeres, sin embargo, fue muy importante para el mundo de las letras, o bien para la historia de la literatura estadounidense. Gracias a ese comentario, y porque Bukowski en aquel entonces ya era un autor muy reconocido en varias partes del mundo, se desenterró a uno de los más grandes precursores de un estilo llamado por muchos "realismo sucio" (dirty realism), y del que forman parte escritores como Carson McCullers (autora a la que Bukowski le dedica un poema), Raymond Carver y Tobias Wolff, entre otros.

Estas tres novelas autobiográficas, ahora reunidas en un solo volumen, representan una corriente que supera al propio estilo coloquial y realista de la ficción del siglo XX. Avanza, primero, en dirección a los aspectos más vulgares de la vida cotidiana. Y lo hace, de hecho, a partir de un lenguaje sobrio y sin adornos. La poesía de Charles Bukowski avanza en esa misma dirección, arrastrando a la literatura a un pequeño extremo del camino por el que todos tienen inevitablemente que pasar. Incluso sus trabajos en materia de crítica (artículos escritos para la revista under Open City, como "Por qué murió Dylan Thomas" y publicados por Anagrama bajo el título Escritos de un viejo indecente; o el mismo prólogo que preparó para la primera edición de Pregúntale al polvo de Fante) son textos escritos sin mediaciones o consideraciones previas. Bukowski no se asusta de sus propios sentimientos, escribe desde su corazón, a partir de su experiencia.

Dan Fante, hijo del ahora célebre narrador ítalo-americano, decía que Bukowski había tenido la misma suerte que Raymond Carver, ya que ambos habían atrapado su último pez —su anzuelo final— en el primer intento.

Si bien los hechos contradicen sus juicios y entrevistas, la primera publicación de Bukowski se dio en 1944 (a sus 24 años), con la aparición del cuento Aftermath of a Lengthy Rejection Slip en el número de marzo-abril de Story Magazine. Dirigida por Whit Burnett, en dicha revista, además, habían publicado por primera vez autores como J. D. Salinger.

Los problemas personales de Bukowski —las palizas que le daba su padre, por ejemplo— fueron retratados con extrema fuerza y solidez en cuentos como Hijo de Satanás. En una entrevista para otra revista norteamericana, Bukowski comentó que había comenzado a beber a los 13 años para calmar el dolor por los continuos golpes que le daba su padre. Pese a lo autorreferencial en su ficción, y pese a que se trate de un autor más conocido por sus novelas y cuentos, dedicó gran parte de su vida a la poesía, escribiendo y publicando más de veinte libros en el género desde 1959 hasta el día de su muerte.

Con sus relatos cortos y novelas hizo algo de dinero, pero su corazón siempre estuvo más cerca de la poesía, género con el que se sintió sin duda más cómodo en sus últimos días.

Sus poemas fueron publicados por primera vez en periódicos de Los Ángeles como Open City y The Los Angeles Free Press y en pequeñas revistas literarias. Flower, Fist and Bestial Wail, su primera colección de poesía, se publicó en 1959.

A diferencia de la atmósfera que prevalecía todavía de la influencia de la Nueva Crítica, y la convergencia posterior de la Escuela de Nueva York (John Ashbery y Frank O'Hara, entre otros), es decir, de una poesía llena de giros, revisión y trabajo (pese a su falsa espontaneidad), Bukowski planteaba que los poemas "tenían que salir de la misma forma que sale un vómito a la mañana luego de una borrachera".

De la misma forma con la que Walt Whitman, William Carlos Williams y la "generación beat" —cada uno a su forma y en su propia época— llevaron a la poesía hacia un lenguaje más natural, propio del habla y de las costumbres estadounidenses, Bukowski lo empujó incluso más cerca todavía del verdadero núcleo y centro del corazón de la sociedad norteamericana.

Enfermo de leucemia, ya hospitalizado, escribió poemas como "my last winter", "a summation" y "like a dolphin". Esperó a la muerte con la misma tranquilidad con la que siempre esperaba otra cerveza. Pocos escritores fueron tan radicalmente solitarios y originales como él.

Decíamos que Bukowski siempre parecía atrapar el último pez. Aunque todas las historias terminan, y todo pescador arroja su anzuelo por última vez. La imagen que encontramos en uno de sus últimos poemas, paradójicamente, es la de un delfín: "Morir tiene su lado difícil./ No hay escapatoria./ El guardián tiene su ojo en mí./ Su ojo malo./ Estoy cumpliendo la condena ahora./ En soledad./ Encerrado./ No soy el último ni el primero./ Sólo te estoy diciendo cómo es./ Me siento sobre mi propia sombra./ El rostro de los ancianos oscurece./ Las viejas canciones todavía suenan./ Con una mano en mi mentón, sueño con nada/ Mientras mi perdida infancia/ Salta como un delfín/ En el mar congelado."

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