El gran creador de escalofríos también puede conmover
En su última novela, Elevación, Stephen King elude el territorio que mejor domina y da pruebas de que el género terrorífico está lejos de ser su único registro

Domingo 15 de Marzo de 2020

El caso de Stephen King es uno de los más controvertidos de la literatura contemporánea. El narrador estadounidense nacido en Portland, Maine, en 1947 es uno de los grandes creadores de best sellers de las últimas décadas: sus ventas son, inevitablemente, masivas. Sin embargo, en contradicción con lo que habitualmente sucede en tales casos, la calidad de sus obras no resulta despreciable. A pesar de que abundan en golpes bajos y suelen caer en una vulgaridad abismal, puede afirmarse que King tiene el talento de un narrador de fibra, como heredero y continuador de una tradición excepcional (la de su país) que incluye, entre tantos otros, a Edgar Allan Poe, Mark Twain, Herman Melville, Thomas Wolfe, Ernest Hemingway y William Faulkner.

La alusión a Poe no fue, por supuesto, casual. Porque a pesar de que los textos de King no merezcan ser leídos exclusivamente a partir de los parámetros del género terrorífico, para el gran público constituye, en efecto, apenas un simple —aunque muy eficaz, por cierto— productor de escalofríos. En tal sentido. habría que sumar a la lista de sus ilustres predecesores los nombres de H. P. Lovecraft, Ray Bradbury y Richard Matheson.

En su última (y breve) novela aparecida en la Argentina, Elevación, King elige sin embargo escapar del territorio en el que se hizo famoso a partir de títulos tan conocidos como Carrie, Christine, El resplandor o It. La historia que cuenta, sin embargo, está situada ciento por ciento en otro ámbito que nuestro hombre maneja como pocos: el fantástico.

No corresponde develar aquí los secretos de su argumento: baste con decir que el protagonista sufre una pérdida de peso indetenible que no se refleja, paradójicamente, en su aspecto físico. Solo la balanza —y sus propias sensaciones, claro— reflejan el horror que lo aqueja.

Pero el horror será apenas el punto de partida. Porque el trasfondo de este texto es muy otro. Y aquí detiene este reseñador su pluma en lo que a descripción de la obra se refiere. Lo que sí deberá agregar es que ésta será leída de un tirón —no resulta sencillo soltarla— y que posiblemente conmueva a quienes la recorran hasta su epílogo, algo que, debería decirse, ocurrirá de manera infalible.

Porque, señores, nuestro creador de escalofríos lo ha hecho de nuevo. Y aquí corresponde decir que muchos de sus lectores no experimentan el hechizo de sus novelas solo a partir de los climas vinculados al miedo, sino por la capacidad que tiene King de crear personajes atrapantes, nimbados por un aura de legitimidad que nunca los abandona.

Y en tal sentido, no es únicamente el mal el paisaje cuyas coordenadas domina de memoria. En Elevación, el mismo hombre que ha inventado los más oscuros espantos demuestra con creces que también sabe internarse en caminos más luminosos, y salir del laberinto por arriba.

No resulta sencillo encontrar, en esta época sobrecargada de plumíferos de ocasión —meros inventos de editores ávidos de dinero— un fenómeno tan genuino como el que King representa. Más allá de sus notorios fracasos, o de aquellos momentos donde su odio contra la crítica lo lleva a incurrir en autoelogios disimulados, el hombre que aterrorizó a varias generaciones de lectores no debería tener miedo de la imagen que le devuelva su propio espejo: será la de un auténtico escritor. Por si hubiera hecho falta, Elevación es una nueva prueba.