Cultura y Libros

El gomero y su ensueño

A comienzos de 1982 yo caminaba por Rosario como un fantasma. Ajeno al paisaje, había desembarcado en la ciudad unos meses antes y con ese desembarco había emprendido, también, el arduo trabajo de convertir sus calles en mi nuevo ámbito de vida.

Domingo 29 de Octubre de 2017

A comienzos de 1982 yo caminaba por Rosario como un fantasma. Ajeno al paisaje, había desembarcado en la ciudad unos meses antes y con ese desembarco había emprendido, también, el arduo trabajo de convertir sus calles en mi nuevo ámbito de vida. Por entonces compartía con mi viejo amigo Puma una inmensa pieza de una vieja pensión en las inmediaciones de Presidente Roca y Urquiza. Ese era nuestro hogar, donde escuchábamos música, tomábamos mates dulces y, sobre todo, estudiábamos y leíamos incansablemente. Filosofía, sociología, apuntes de poca monta y otros abominables textos de teoría política se mezclaban con libros de poesía surrealista y casetes de Spinetta. Los fines de semana Puma partía a su tierra natal y entonces, ya solo, solía yo caminar para descubrir algo afín en la esquiva Rosario. Por Presidente Roca hacia el norte, siempre, era el comienzo de mi caminata, y en apenas cinco cuadras me topaba con el todavía erguido paredón a lo largo de calle Wheelwright, allí donde también concluye, o comienza, calle Brown. Me resultaba particular la intersección de tres calles (no cuatro, tampoco dos: tres) y, en ese mismo punto, en la última casa sobre Roca, el inmenso gomero plantado en su patio, asomado sobre el tapial.

Según pasaron los años ese gomero siguió creciendo. La humanidad de Rosario se sacudió en las décadas siguientes con entrañables historias de amor, conmovedoras obras de teatro, guerras, alzamientos militares, estallidos sociales, festejos del fútbol, maravillosas creaciones musicales, cambios de gobierno y dramáticas explosiones inmobiliarias. Casi como un ritual, según pasaban los años, seguía yo —triste o alegre, apasionado o hundido en el fango de la Existencia— pasando por la esquina del gomero en mis sucesivas caminatas. Y lo veía cada vez más grande, más hermoso, más imponente. A medida que yo avejentaba, creía ver en el antiguo gomero una renovada juventud, una incansable expansión amorosa hacia todos sus costados, algo que, además, despertaba mi corazón compasivo.

Hace apenas unos años, después de mi mudanza número once en Rosario, acabé viviendo por calle Brown, a pocos metros de la esquina del gomero. Y desde entonces comencé a soñar con ese árbol. Cada tanto el gomero apareció en mis sueños como un ave protectora, como la inmensa caperuza de la cobra que protegió a Siddartha durante sus días en el bosque. Sentí que era una eterna bendición, para todos y cada uno de nosotros, pasar a su lado en cualquier momento. Un ser mágico y providencial. Un gigante verde de decenas de metros irradiando oxígeno en medio de la tertulia de cemento. Desde hace dos años más o menos, entonces, cada mañana he amanecido para mirar su expansión, saludarlo temprano desde mi balcón, y luego juntar del piso de su vereda, cada tanto, alguna de sus aceitosas hojas para unirlas a mi piel. Ese ritual amoroso se prolongó hasta ayer.

Ayer, mi amigo Ernie y yo descendimos de un taxi frente a mi casa; habíamos comprado pollo y verduras para compartir un almuerzo en el soleado mediodía rosarino. Al cerrar la puerta del taxi nos topamos con una numerosa cuadrilla de hombres con motosierras, escaleras, serruchos manuales, arcaicas hachas, inmensas escaleras, arneses de seguridad y demás herramientas en la esquina de Brown y Roca: al gomero le había llegado su hora. Cual féretros, dos volquetes de los más grandes estaban protegidos por un encintado tendido por otros operarios. Mientras Ernie tomaba fotos del desguace, algo se acongojó en mi pecho: el gomero estaba a punto de cruzar hacia el otro lado.

Subíamos por el ascensor hacia mi casa y mi mente no se detenía: pensaba en el trabajo que les daría a esos hombres desenterrar tamañas raíces, abortarlas de una vez y para siempre, terminar con su vida misma. Serví la comida sobre el mantel y la compartimos, mientras Ernie me contaba sus viejos problemas de alcoba entreverados con su presente atribulado; al cabo del almuerzo preparé café y salimos al balcón para mirar a la distancia, otra vez, al gomero, ya herido, ya talado. Ernie tomó nuevas fotos del ejército de operarios con motosierras en tanto yo ya imaginaba un nuevo rascacielos donde antes el árbol había reclamado su apogeo ¿Algo inevitable? ¿Inexorable? No.

"Durante varios siglos, la civilización occidental ha mantenido una motivación priápica hacia la acumulación material y el constante incremento del poder político y económico denominado progreso (…); los humanos aparecen resolviendo sus destinos finales (¿paraíso? ¿perdición?) con el planeta Tierra como escenario de su drama, animales y plantas mero decorado, la naturaleza un enorme depósito de suministros. Alimentada por combustible fósil, esta visión económico-religiosa se ha convertido en un cáncer: el crecimiento incontrolado. Puede que acabe asfixiándose a sí misma y arrastrando muchas cosas consigo (…) Si la gente se diera cuenta de que hay muchas vías de crecimiento -del orden más elevado y atrayente- que no son ni destructivas ni materiales, ayudaría a moderar la preocupación común de que una economía de crecimiento cero significaría un estancamiento mortal" (Gary Snyder, Energía es delicia eterna, 1974).

Hay siempre en la ciudad un lugar que atrae nuestros pasos. Desde distintos orígenes, durante décadas mis pasos en Rosario fueron hasta allí, hasta el viejo gomero de Roca y Brown; mi ser allí no concluía en nada, simplemente se expandía y reposaba para un nuevo punto de partida: la lectura de un poema, la escritura de una música, compartir una melodía que me venía desde el río…

El viejo gomero que vio pasar trenes y barcos desde tamaña altura (sus hojas rozaban el piso sexto de su edificio vecino) ya no se alza. Extrañado, por estos días el río mirará hacia el sur y llorará su ausencia. Mañana habrá también menos oxígeno en la esquina de Roca y Brown. Pero es que muchos decían que el gomero era demasiado inmenso, demasiado incómodo. Demasiados troncos, demasiadas raíces. Demasiado grande. Demasiado para una humanidad tan pequeña.

Gastón D. Bozzano

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario