Domingo 13 de Octubre de 2019
Cuando los que aún esperan en este chato mundo que la literatura se rebele descubrieron a la gran Lucia Berlin, ella ya había muerto. La situación no resulta novedosa, claro. Y si no, pregúntense —digamos— por un tal Lautreámont.
La aparición a escala mundial de esta notable cuentista estadounidense, nacida en Alaska en 1936 y fallecida en California en 2004, se produjo con un primer libro excepcional, oportunamente comentado en este suplemento: Manual para mujeres de la limpieza. En los textos fulgurantes que reunía aquel volumen también editado por Alfaguara, la ternura y el desamparo se cruzaban con una mirada que no podía ser sino de una mujer. Y qué mujer. Los amores y desamores, los alcoholes y las noches, los hijos y los trabajos estaban narrados como hace mucho no se narraba. Tal vez, y aunque tiene otro registro, haya que apelar al recuerdo de Raymond Carver para explicar la emoción que siempre suscita en los auténticos lectores el descubrimiento de un escritor perdurable. Pero la palabra exacta acaso sea "entrañable". Porque Lucia no sólo se hace admirar, sino que sobre todo se hace querer.
En esta época de gélidos calculadores literarios, donde los especuladores de mercado se mezclan con los esnobs carentes de sangre, tropezarse con una prosa y unas historias como las de Berlin se ha tornado inusual. Tal vez no sea casual, por supuesto, que su talento pertenezca a otro siglo, y que entonces —como es lógico— su palabra esté más cerca de William Faulkner, Erskine Caldwell, Carson McCullers o Flannery O'Connor que de la mayoría de los exangües, previsibles contemporáneos.
Lo concreto es que, como si fuera un émulo con faldas y de ojos verdes de Fernando Pessoa, del baúl de Lucia acaba de brotar un nuevo milagro. Y si bien Una noche en el paraíso no alcanza la excelsitud del Manual..., estamos en presencia sin dudas de otro imponente libro de cuentos, cruzado de principio a fin por la intensidad de Berlin, que marca al lector con la potencia filosa de una cachetada.
En estos cuentos tan personales, el telón de fondo está constituido por aquello que en general no se narra del american way of life: la marginalidad, la desesperanza, la pérdida de rumbo, el vacío. Sin embargo, no se percibe apatía ni entrega en la narradora. Por el contrario: hay furia y rebeldía. Y persistencia en la dura tarea de amar.
No fue una novela rosa
Lucia Berlin estuvo lejos de protagonizar una novela rosa en su propio transcurso por la Tierra. La vida nómade de su padre, un ingeniero de minas, arrastró a la familia en su periplo. Y así, desde la remota Alaska en la que nació y tras breves períodos en Idaho, Kentucky y Montana, cuando su progenitor marchó hacia la Segunda Guerra Mundial ella, su madre —una mujer alcohólica y prescindente— y su hermana recalaron en El Paso, Texas, donde ingresó a un colegio de monjas en el cual era la única protestante. Al regresar el padre partieron hacia el remoto Chile, donde llegó a rozarse con la clase más alta (en Una noche en el paraíso hay cuentos que transcurren en la nación trasandina).
Sin embargo, tanto lujo resultó un mero espejismo. Al comenzar sus estudios en la Universidad de Albuquerque, Berlin ya había ingresado en un espiral de bohemia libertaria que le costaría la ruptura con su familia, que finalmente la apartó y desheredó.
Cuenta Wikipedia, siempre a mano: "Se había casado con un escultor que la abandonó cuando tuvo con él su segundo hijo. En esa época, todavía viviendo en Albuquerque, terminó sus estudios y conoció al poeta Edward Dorn, persona clave en su vida. También conoció a su maestro, el escritor Robert Creeley, y dos de sus compañeros de Harvard, Carrera Newton y Buddy Berlin, ambos músicos de jazz. Fue el momento en el que empezó a escribir. En 1958, a los veintidós años, se casó con el pianista Newton y firmó sus primeros textos con el nombre de Lucia Newton. En 1959 el matrimonio y sus hijos se trasladaron a un loft de Nueva York. Carrera trabajó de manera constante y la pareja se hizo amiga de sus vecinos Denise Levertov y Mitchell Goodman, así como de otros poetas y artistas. En 1961 Lucia dejó a Newton y se marchó junto a sus hijos con Buddy Berlin a México, donde éste se convirtió en su tercer marido. Según la biografía de Lucia, Buddy fue un compañero carismático pero también un adicto a la heroína. Con él tuvo otros dos hijos, que nacieron en 1962 y 1965. Se divorciaron en 1968. Lucía nunca se volvió a casar".
En este marco turbulento, y pese a los prolongados lapsos en que se hundió en la botella, Berlin logró criar a sus cuatro hijos y continuar escribiendo. Trabajó de lo que pudo: enfermera, mujer de la limpieza, docente, recepcionista en un consultorio de ginecología. Y escribió. Escribió. Cómo escribió.
De a poco, fue logrando un statu quo más cercano a la paz: "En 1994 —continúa la enciclpoedia virtual—por mediación de Edward Dorn logró una plaza en la Universidad de Colorado y pasó los siguientes seis años en Boulder como escritora visitante y profesora asociada. En su segundo año de estancia ganó el premio de la universidad a la excelencia en la enseñanza. Los estudiantes la adoraban pero el clima no le sentaba bien y empeoraba sus problemas respiratorios, cada vez más graves hasta el punto de no poder separarse de un tanque de oxígeno. En 2001 un cáncer de pulmón forzó su retiro. Se trasladó a California para estar cerca de sus hijos y se instaló en el garaje de la casa de uno de ellos". Murió en 2004.
Y al parecer era consciente del valor de su trabajo literario, que nosotros tanto agradecemos.