Trabajo

El estado de caos

Hablo de esa etapa, previa a la escritura propiamente dicha, en la que, más que la punta de un hilo para empezar a narrar, lo que tengo es una maraña.

Domingo 24 de Mayo de 2020

Hablo de esa etapa, previa a la escritura propiamente dicha, en la que, más que la punta de un hilo para empezar a narrar, lo que tengo es una maraña. Lo único distinguible puede ser un ámbito, un personaje, alguna escena, una frase que resuena en mi cabeza, o cualquier otro elemento que sospecho aglutinante de algo que necesito —que me tienta— encarar. Ni una pista en cambio de por dónde arrancar ni hacia dónde ir para que eso brumoso alguna vez tome forma.

Suele sucederme en la prehistoria de las novelas y de algunas nouvelles; con menos frecuencia en la génesis de los cuentos, justamente porque esa génesis suele estar ligada a una situación al menos enunciable y a un final. En la mayoría de los cuentos, aunque ignore todo lo demás —el punto de vista, el comienzo, la estructura, y tantas otras incógnitas previas a la escritura—, los pocos elementos que en cada caso generaron en mí el deseo de escribir me dan una punta para tirar del hilo. Pero no siempre ocurre: ciertos cuentos —o cuentos potenciales— no están generados por una situación ni tienen un esbozo de final; provienen de cierta problemática o de algún elemento que, a priori, no se vislumbra como narrable. Fuera de eso, nada. O mejor: un sinfín de posibilidades, ideas que se entrecruzan sin ton ni son, acontecimientos laterales que no se unen a nada, personajes de brillo efímero. Una maraña sin solución: el caos.

Un ejemplo de ese caos inicial lo constituye De la voluntad y sus tribulaciones. El centro del conflicto ya estaba enunciado en el título (que se me impuso tempranamente y me cautivó), en el que se esbozaba lo que esencialmente quería abordar. Fuera de esa precisión, todo era difuso. De la protagonista solo conocía el sexo, más o menos su edad y el empecinamiento de su voluntad: tres puntos incanjeables para lo que me proponía —la de la voluntad es una problemática que siempre me interpeló, y que me sigue sacudiendo: no es casual entonces que los únicos elementos nítidos de que disponía provinieran de mi propia condición—. De la trama, en cambio, ni una palabra. Situaciones o imágenes sueltas, eso sí. Un puesto de flores que la protagonista ve volviendo de Ezeiza y que atrae demencialmente su atención, a tal punto que deja las valijas en el taxi, confiadas a un taxista desconocido que las llevará a cierta casa. Ella regresa al país después de muchos años. ¿Desde dónde y por qué?, lo ignoro: esa idea nunca prosperó. Quedó, sí, el puesto de flores, y también la casa. Había también, fuera de todo contexto, una mesa para asados y un supuesto carpintero que la había construido; la escena, que me gusta, desapareció del relato pero no de mi narrativa: es probable que aparezca en una novela que, en la actualidad, está en perfecto estado de caos. Podría citar muchos otros elementos, en particular una madre o tía o abuela (fue cambiando de identidad en ese período previo, escribí largamente sobre cada una y, al final, solo algunos rasgos quedaron para una tía), pero creo que con esto basta para dar una idea de lo caótica que, en algunos casos, puede ser la escritura de una ficción en su etapa prematura, la diversidad de ocurrencias entre las que una tiene que abrirse paso hasta encontrar (si la encuentra) la punta del hilo.

En este caso, esa punta consistió en dos hallazgos. Uno: me topé con Brueghel, personaje que amo y que apareció intempestivamente, impulsado, supongo, por mi necesidad de un interlocutor con quien la protagonista pudiera dialogar sobre el trabajo del tiempo. Su nombre, su personalidad y su rol vinieron definidos de entrada. Dos: descubrí que el comienzo de una novela (escrito dos años atrás durante una estadía en la Universidad de Virginia), en el que una mujer llega a la puerta de la casa de su infancia, estaba íntimamente ligado a lo que iba a pasarle a mi protagonista. Supe por qué había llegado a la casa, conocí algo de su pasado y, después de haber recorrido varios nombres de dos sílabas (eso y la sencillez del nombre estaban claros para mí) supe que se llamaba Vica. Entré en un período de invención desatada. Incorporé al Cuervo, salido de un hombre insoportable que conocí en Mar de las Pampas y de la frase extraordinaria que una vez me dijo un tapicero: "Yo, señorita Liliana, tengo la delicadeza de haber triunfado"; y a Emilce (compuesta a partir de varias mujeres que conocí); integré algunos pedazos sueltos de esa novela fallida que había intentado en Virginia (otros forman parte de La muerte de Dios, nouvelle incluida en el libro homónimo; algunos todavía esperan, tal vez inútilmente, una ficción que los contenga); se me ocurrió poner como racconto algo desopilante que me pasó y que, durante años, traté infructuosamente de contar en un cuento que se llamaría El colchón; e incluir un episodio personal que me había sucedido en Punta Arenas (pisé mal al salir de la bañadera, me golpeé la cabeza, quedé tumbada, y solo el miedo a quedar abandonada en un lugar donde nadie me conocía me hizo levantarme y vivir), lo que constituiría un golpe en más de un sentido para Vica y un disparador narrativo para el cierre de mi texto. Había salido, por fin, del estado de caos y entraba en una etapa de trabajo también incierto pero más palpable, en el que, aun con resbalones y desvíos, sabría que era posible avanzar.

Por supuesto, estos incidentes no agotan las innumerables ocurrencias, afortunadas y descartables, sucedidas y por suceder, hasta la versión definitiva de De la voluntad…; imposible registrar todo lo que concurre en la escritura de cualquier ficción, aun de aquellas que, en su origen, no aparecen como caóticas. Lo que me propongo señalar con este ejemplo concreto es la manera en que el azar, o un cruce afortunado, o una asociación que se ocultaba, lógica y a la vez invisible como la carta robada de Poe, permite a veces salir del estado de caos y entrar en un estado neto de trabajo (lo califico como "neto" porque creo que la etapa anterior, la de abrirse paso, con éxito o no, entre la maraña, también es trabajo, aun cuando solo a posteriori una llegue a admitirla como tal y el resto del tiempo una sienta que flota en la confusión y la incompetencia).

No pretendo dar ninguna receta. En realidad, no la tengo tampoco para mí. En este mismo momento, mientras escribo este texto, estoy en un perfecto estado de caos respecto de un cuento en el que lo único que sé es que va a entrar el tenis. Me rondan varias situaciones conflictivas que suelen generarse en el juego y sobre las que me propongo hablar, y tengo un título provisorio, que me parece bueno y que, como en el caso de De la voluntad…, cifra de algún modo lo que quiero decir. También tengo apuntes para una novela, tan esporádicos que ni siquiera alcanzaron el estado de caos, en la que, si consigo darle forma, van a entrar la mesa y el carpintero, que me siguen tentando. Pero ignoro si algún día voy a salir de esos estados de caos y encontrar la punta para el cuento o la novela.

No hay garantías, en suma, de que una o sus proyectos salgan alguna vez de ese estado. Pero hay dos maneras seguras de no salir nunca de allí. Una es confiar en el amontonamiento; vanidosamente creer que si a uno las cosas le salieron así, por algo ha de ser, que la confusión expresa literariamente el caos, y que poner muchas cosas juntas supone —simula— una unidad. La otra manera es no afrontar el caos, tenerle miedo y, entonces, sacarlo prolijamente de nuestras vidas. La creación no es prolija. Hay que enredarse en el caos, hundirse sin salvación en él. Tal vez pesquemos al fin la punta del ovillo y salga de entre la vorágine algo que valga la pena.

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