Cultura y Libros

El escritor en viaje

El rosarino Marcelo Britos ha dado pruebas de su valor como narrador. En Mickey en Brandenburgo, su último libro, sus vagabundeos por el mundo son el disparador de reflexiones y provocaciones, con la sensibilidad en primer plano. A continuación, dos textos que integran la obra.

Domingo 22 de Abril de 2018

El rosarino Marcelo Britos ha dado pruebas de su valor como narrador. En Mickey en Brandenburgo, su último libro, sus vagabundeos por el mundo son el disparador de reflexiones y provocaciones, con la sensibilidad en primer plano. A continuación, dos textos que integran la obra.

Sólo puedo blandir estas palabras

Me mira y me dice, irónico, que nunca debo sentarme de espaldas a la puerta de un bar. Lo dice mirando al punto ciego, imposible para mí, lejos de mi mirada y frente a la suya. Quizá a mí no me sirva la recomendación, quizá sea posible y útil sólo para quienes están a la caza de la palabra y del momento, como él.
Ese hombre con el que compartí algunos años, los suficientes para cambiar cierta percepción del mundo y los mundos que se fueron abriendo en las páginas de los libros que él mismo reveló, fue también quien otrora había fundado Poesía Buenos Aires con Edgar Bayley y Raúl Aguirre, el que había traducido a Nicanor Parra con Allen Ginsberg. El mismo que solía conversar con Alejandra Pizarnik, que aconsejó la venida a Buenos Aires de Paco Urondo; el amigo de Bernardo Bertolucci, con quien hizo el protagónico del documental La vía del petróleo (1968). El que entrevistó a Fidel Castro, a Yasser Arafat y a Ben Gurión.
Por la tarde solía ir a buscarlo a la pensión de calle Buenos Aires. Saludaba a todos los que se asomaban de sus piezas, le ofrecían mates y él les gruñía con encanto; todos sonreían fascinados. Esquivábamos las palomas que los demás alimentaban con migas de galletitas Vocación: “Son animales siniestros”, me decía.
Igual que en el 88 en Buenos Aires, cuando había vuelto a la Argentina desde Europa, el círculo poético rosarino le dio la espalda, le escapaban como si fuera un demente, un leproso (hincha de Boca sin concesiones, aclaro). Por eso Daniel Valdez, él y yo, los únicos que quedábamos de la diáspora de su taller literario, andábamos de acá para allá, comiendo en restaurantes, tomando café, juntándonos a ver películas de Robert Bresson o de Pasolini. Los que le huían, se lo perdieron. Con él venían Vanasco, Vinicius, Girondo, también Faulkner, Conrad, Salinger, Kosinsky (otros varios interdictos para la crítica, que si no fuera por él no los habríamos conocido).
Una mañana llamó al móvil, su voz carrasposa, inconfundible —nunca llames a un poeta por la mañana, me decía, somos impredecibles—, para pedirme que, cuando fuera a buscarlo a la pieza, llevara marihuana. Que así sea. La mezclamos con tabaco y fumamos. Me contó cómo había conocido a María Fernanda, quien después fue su esposa. Me habló de la vida como si fuera su hijo y yo tuviera que saber de dónde había regresado ese hombre a su tierra, pero sin dramas ni complicidades, sólo el relato desprevenido que él necesitaba hacer, quizá tanto como yo necesitaba escuchar. Nos reímos, nos lamentamos, lagrimeó de alegría. Como dijo alguna vez Juan Gelman: “Enmudecía la tristeza cuando pasaba él…”. Y yo escuchaba. Nunca fue un par para mí, no podía reconocerlo como tal. Sentía una admiración profunda, como la que voy a sentir siempre. Una admiración que hoy va acompañada de una gratitud eterna. Fue un maestro. Una de las voces más importantes de nuestra poesía (aunque suene a comienzo de ensayo), una huella imborrable en la vida de muchos. Reynaldo Sietecase habló de él en su programa de radio, “Pájaros perdidos” de fondo. Se emocionó. Era muy poco lo que pedía, por tanto que nos daba. “Yo sólo pido perdón/ por haber besado las playas del mar Rojo/ haber visto las luces de Aqaba en el amanecer verde/ haber tomado mate entre el humo de los asesinos/ haber temblado ante el incesto/ del pez piedra con las piedras/ del sol con la belleza/ de mis sueños con la realidad. / Yo sólo pido perdón/ por haber inventado las montañas de Arabia Saudita”.

Mario Trejo amaba la vida, la amó hasta el último suspiro. La vida le había dado mucho y lo agradecía. Y eso también fue un párrafo en la multitud de cosas que aprendí de él. En uno de sus tantos éxodos, solía vivir de las traducciones en Europa. Llevaba un trabajo recién traducido —me contaba—, y me lo olvidé en el taxi. El viaje había sido extenso y el regreso también lo era. Había perdido ahí dos o tres meses de trabajo. Y el taxista volvió. Yo estaba sentado en el umbral, resignado, y él volvió. Podía haberme contado cantidad de anécdotas sobre los inmortales con los que se había codeado, pero era preciso que escuchara eso para recuperar o sostener el amor por la vida, como él sabía hacerlo.
“Elegí algo sobre qué escribir, y no te apartes de eso”. “El adjetivo que no da vida, mata”. “No hay nada que no haya dicho el tango, hay que leer tango”. No podía decirlo otro que no fuera él, que debajo de la casa de su niñez ensayaba la orquesta de Julio De Caro. Él, que después escribiría letras para Piazzolla.
Yo debía esto, en una fecha y en un año que no tienen nada que ver con sus nacimientos ni con sus despedidas. Sólo se lo debía, tenía que declarar a viva voz esta elegía. Que de la importancia de su obra —vaya obra— se ocupen quienes se tienen que ocupar (que lo hacen poco). Un provocador, un rebelde, un poeta que magnificó la palabra y la fundió en la experiencia. Yo voy a agradecer, egoísta, lo que dejó en mí. Casi todo lo que soy, lo poco e incipiente, lo que seguramente vendrá, se lo debo.
“Luego de tanta tentativa de huirme o enfrentarme/ y comprender que estoy solo/ pero no estoy solo/ al cabo de amores corroídos/ y límites violados/ y de la certidumbre de que toda la vida/ no es más que los escombros/ de otra que debió haber sido/ Al cabo del hachazo irreparable del tiempo/ sólo puedo blandir estas palabras/ esta obstinación de años y distancias/ que se llama poesía”.
Sólo puedo blandir estas palabras: gracias Mario.

Praga, enero de 2015


La llave rota

La historia que voy a contar no me pertenece. Es de Rashid Al Samir. William Faulkner decía que un narrador debía ser impiadoso. Creo que se refería a esa potestad usurpada por el autor de contar la vida de los otros. ¿Cuál es el límite? Supongo que está marcado por cierta intimidad sobre el dolor y la muerte, sobre nuestros cuerpos también o al menos el pudor que debería imperar cuando se trata de eso. Límites a los que todos los mortales tenemos derecho y que por momentos, inevitablemente, voy a transgredir en este relato.
Conocí a Rashid en Montevideo el año pasado y no hablé con él más de una noche. Estaba fumando en uno de los bancos que están sobre la calle que desemboca en el puerto, mirando el mar que después supe, lo hipnotizaba. Me acerqué para pedirle fuego y me hizo esta propuesta: “Fuma con- migo este cigarrillo y si nos quedamos con ganas, fumamos el tuyo”. Sonreí y acepté. Nació hace 60 años en Argelia, en el mítico barrio La Casbah. Su padre y sus tíos murieron en la represión de 1961. París no es sólo mayo y la Bastilla. A ambos los encontraron ahorcados en los bosques que lindaban con la urbe; otros no tuvieron mejor suerte y se fueron por el Sena, una flota de cadáveres alejándose como barcas a las que les han robado las velas. Su padre fue torturado en el Palacio de Deportes antes de ser ejecutado. Era tendero y de él Rashid aprendió el oficio. A los 20 años fue a Francia en busca de las huellas paternas y de su propio destino. Su madre quedó sola en Argel; murió meses después.
Rashid vio crecer los barrios africanos al sur de La Chapelle y sufrió el rigor de la policía y de los parisinos, los mismos que habían sentenciado a muerte a su padre. Fue expulsado a palazos de la mezquita, su mercadería tirada al río, junto a Notre Dame, los juguetes taiwaneses balanceándose entre las olas como los cuerpos de su comunidad. A veces imaginaba la vida como si estuviera nadando allí mismo, en pleno febrero, contra una enorme corriente que lo detenía siempre en el mismo lugar. Nunca son las mismas las aguas de un río, pero nosotros sí lo somos. Siempre somos los mismos los que no avanzamos.
Trabajando de botones en un hotel de Montmartre conoció a Sharon. Era directiva de una empresa canadiense y estaba en Francia por trabajo. Nunca supo qué le pasaba a esa mujer, pero se había convencido de que una fuerza de ese momento y de ese mundo los había juntado a pesar de todo: de la piel, de la lengua, de las diferentes puertas que se abren con el dinero. Dejó el hotel para viajar con ella por la campiña; fueron buenos tiempos. Cruzaron los Alpes y llegaron a Barcelona. Allí, frente al Tibidabo, ella le pidió que la acompañara a su hogar, una casa de madera en una ladera frente al Hurón; él aceptó. Antes de cruzar el océano para siempre decidieron una luna de miel en Tailandia. Por primera vez otro hombre le sirvió la comida en la mesa, quizá alguien de su propio país.
La mañana del 26 de diciembre Sharon lo dejó durmiendo para ir al gimnasio del apart. Cerró la puerta, dormida, y quedó la mitad de la llave en la cerradura. Rashid tuvo que descender por cuatro balcones hasta el patio, un hombre araña en pijamas. Se rieron de eso en el desayuno y ella le dio la mitad de la llave, como recuerdo. Cuando terminaban el café —él lo recuerda así, con esa exactitud escalofriante que tienen los recuerdos terribles— vio detrás de ella la pared de agua avanzando sobre todo, arrastrando árboles, sillas y personas, al menos las cosas que pudo distinguir en el torbellino. No tiene registro del impacto ni de lo que siguió después, sólo imágenes agolpadas e incoherentes. Despertó en un lazareto, rodeado de heridos, cadáveres y brigadistas. Sharon apareció un mes después a 11 kilómetros de dónde la había visto por última vez, abrazada al cuerpo de una niña.
Le costaba decir que había perdido el rumbo después de enterrarla, porque quizá nunca lo había tenido, salvo esos días en los que avistaba un futuro extraño pero concreto. Fue a Canadá a conocer a la familia de Sharon y después bajó a América del Sur, a rehacer su vida. Eligió el destino al azar, como si hubiera cerrado los ojos frente al mapamundi apuntando con el dedo. O quizá, sencillamente, se había dejado caer por el continente como lo hubiera hecho con su propia vida, sino fuera porque el mundo lo había empujado al bando de los que deben sobrevivir como sea. Durmió bajo los puentes de Morón y Castelar. Vendió praliné en la puerta del Amalfitani. Una noche, cuidando autos afuera del Luna Park, tres borrachos se bajaron de una Toyota y lo empezaron a golpear cuando les pidió dinero. Se levantó con una oreja colgando y la boca sangrante, se puso la llave rota entre los dedos y empezó a golpear para abrirse camino, hasta que pudo escapar.
Me dijo que conocía Rosario, que el río le encantaba. Que a veces parecía que se podía cruzar caminando, cuando las islas se veían cerca, casi como si uno pudiera tocar las ramas de los espinillos. Allá en el conurbano le dijeron que Montevideo era más tranquilo y así se lo ve a él. Mirando el puerto, como si estuviera esperando a alguien que va a llegar nadando, vaya a saber uno desde dónde.

Montevideo, septiembre de 2016


Con plástica y flamenco

Mickey en Brandenburgo (Editorial Aurelia Rivera) será presentado este miércoles 25 de abril a las 19, en el edificio de San Cristóbal Seguros, Italia 646. Junto al autor estará el artista Jorge Molina, que pintará un mural en vivo. Además, habrá un show de flamenco a cargo de la bailarina Analía Duarte, el cantante Santiago Alustiza y el guitarrista Lisandro Bernardini.

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