Cultura y Libros

El dedo del curador

Domingo 24 de Septiembre de 2017

El Salón de Rosario no en vano es legendario: sus premios permitieron que ingresaran a nuestro Museo Juan B. Castagnino algunas obras que hoy sabemos fundamentales en la historia del arte argentino, como lo es el Paisaje de San Juan, de Lino Enea Spilimbergo, pintura que si actualmente integra el patrimonio del museo, es gracias a un Primer Premio Adquisición otorgado en el Salón de 1929.

Sin embargo, la singularidad de este certamen ―que aún perdura, cual rémora dieciochesca pegoteada al barco de la loca contemporaneidad― en este momento pasa por otro lado.

Pasa por el hecho de que el Salón Nacional de Rosario se ha convertido en un baluarte inexpugnable del que, a falta de una nomenclatura más acotada, precisa y descriptiva, se conoce como "el arte contemporáneo". (Y no voy a repetir aquí esas estúpidas obviedades que charlamos con mi vecina de enfrente, como que contemporáneo es todo lo que coincide en el tiempo, incluso un hueso de mamut de la era cuaternaria encontrado ayer en Siberia, y todo ese bla, bla, bla que a nada conduce).

Lo que sí es digno de ser tenido en cuenta es que si el concepto de arte contemporáneo se diluye por su vastedad y la incertidumbre de sus límites, sus guardianes, en cambio, son especialistas en poner límites y decir: esto sí y esto no, esto es arte contemporáneo y aquello de más allá, por el contrario, no lo es. Con ese criterio dictatorial aplicado a rajatabla, es que en el Salón Nacional de Rosario (¿no debería llamarse, desde hace ya varios años, "Salón de Arte Contemporáneo"?) son rechazados centenares de envíos, y el exclusivo número de elegidos ―de bienaventurados― que logran pasar el tamiz, queda reducido a una veintena o poco más.

De lo antedicho, se deduce que las puertas del Macro (sigla del Museo de Arte Contemporáneo de Rosario) para los artistas, en general, no son fáciles de atravesar. ¿Cómo es posible, pues, que en el caso de la muestra Rosario Remix, recientemente inaugurada, los cancerberos hayan hecho la vista gorda y las blindadas puertas se hayan abierto de par en par para acoger a figuras, meritorias sin duda, pero que en-circunstancias-normales jamás hubiesen llegado a conocer ese Empíreo?

La respuesta es: el que operó el milagro fue el dedo sagaz y divertido del curador Marcelo Pombo (Buenos Aires, 1959) que, emulando el acto creador de la Capilla Sixtina dijo ¡estos sí!, y a partir de allí construyó una singularísima versión (cuasi gauchesca) de lo que él entiende por arte rosarino, a mitad de camino entre la devoción y el sarcasmo. (A propósito: ¿quién habrá asesorado a Pombo sobre los autores a invitar, o el reputado artista y curador porteño conocerá tan a fondo lo que se produce, tangencialmente, por estas llanuras de la pampa húmeda?).

Pero entremos de lleno en materia, y amoldándonos a la verticalidad edilicia del Macro ―¡ah, las verticalidades y las implacables pirámides que hay que remontar en el mundillo del arte!―, tomemos el ascensor y luego recorrámoslo piso por piso, de arriba hacia abajo, tal como lo aconsejan el buen criterio y sobre todo la comodidad.

En el séptimo piso se proyectan videos de Rubén Lescano ―el bueno del Palomo―, que compensando la consabida indiferencia que los medios de difusión suelen reservar para las artes plásticas, registra puntualmente con su infatigable cámara cuanto vernissage tenga lugar, en cualquier punto de la ciudad. Una actitud muy generosa y encomiable, por cierto, y que a veces cobra ribetes maratónicos, lo cual queda reflejado en el producto, que cautiva, más que nada, por la formidable abundancia.

En el piso siguiente, para mi gusto el más logrado de todos, Pombo entroniza una encantadora pieza que es propiedad del Museo Castagnino: La chica de la leña, del cordobés Miguel Ángel Budini, y acentúa el sortilegio que emana de la pequeña terracota ―cuyos ojos vacíos evocan los de algunas esculturas griegas―, velando sugestivamente el material colgado en las paredes.

Al quinto piso lo ocupa la "Escuela de diseño de indumentaria de Rosario", con lo cual la propuesta, que ya se vislumbraba ecléctica, da ahora un inexplicable vuelco didáctico-propagandístico.

El cuarto piso está dedicado a una tapicista neuquina radicada en Rosario, María Cristina Ríos Iñiguez, con tapices minuciosamente confeccionados y de un atractivo sentido ornamental.

La copiosa muestra de la escultora Nelly Giménez Vallana se despliega en el tercer piso, y allí el curador parece haber apostado a la cantidad. A pesar de lo frondoso del bosque, que dificulta ver cada árbol en particular, la artista entrerriana, quien ha matizado la producción plástica con una prolongada actividad docente, revela un gran dominio de las técnicas escultóricas más variadas y, en cuanto a lo formal, pone en evidencia una pertinaz devoción por aquellas configuraciones estilizadas y horadadas que tuvieron en el consagrado Henry Moore a su exponente más conspicuo.

Los dos últimos pisos contienen sendos homenajes a mi querida amiga Claudia del Río y a mi querida amiga Mele Bruniard (dado que en el pago nos conocemos todos, creería que eso me habilita a mechar algunos giros tiernos y campechanos).

Para Claudia estar en el Macro no es novedoso, ya que es una habitué del lugar, y desde la multitud de portarretratos que le dedica Marcelo Pombo sigue seduciendo con sus poéticos dibujos, cuya desmaña antiacadémica y sabroso primitivismo proclaman (como ocurriría tal vez con los dibujos de Federico García Lorca): "Yo no sé dibujar, pero igualmente soy genial".

Y como lo que abunda (a veces) no daña, el pequeño homenaje que, en el primer piso, el curador le tributa a la grabadora Mele Bruniard, resulta simpático y sobradamente merecido: la suprema técnica xilográfica de Mele y su inconfundible imaginería, no cabe duda de que ya están inscriptas, para siempre, en la historia del arte rosarino (y, por qué no, en la historia del arte universal).

Con los aportes del alfarero Rubén Winkler ―artesano que practica su oficio con una bonhomía y entusiasmo lindantes con la beatitud―, se completa esta muestra de arte contemporáneo, que una vez más salió a reclutar productores que "están fuera del circuito" ―¡y sobre todo del circuito oficialísimo!― para legitimarlos bonachonamente, no sé si por amplitud de criterio, o por pura y extravagante frivolidad. Yo voto por lo segundo.

Lo que se está implementando aquí no es una política de revalorización y resarcimiento para desagraviar a nombres que en su momento fueran arbitrariamente proscriptos, sino que sólo se trata de apuntalar un fantasioso guión curatorial, aportándole alguna que otra rareza ―algo así como un mono albino o un ternero con cinco patas―para que, en el contexto general de la exposición, resulten tan exasperantes como la carpetita primorosamente bordada o el infaltable chorreado de purpurina, de rigor…

Porque no debemos ser incautos: cuando el dedo del curador estrella apunte hacia otro lado, aquí, en Rosario, la carroza volverá a ser zapallo, y todo retornará a la bien conocida normalidad.

Data

Rosario Remix

• Nuevos y otros artistas del Grupo Litoral.

• Del 1° de septiembre al 12 de noviembre.

• Sede Macro.

• Av. Brig. Estanislao López 2250.

• 341 480 4981/82

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