Cultura y Libros

El Chino y el Pepe

Anoche llegué de viaje. Diez días lejos de casa y cuando voy a desayunar la leche de la heladera sabe agria. No tengo un cartón de reserva.

Domingo 04 de Febrero de 2018

Anoche llegué de viaje. Diez días lejos de casa y cuando voy a desayunar la leche de la heladera sabe agria. No tengo un cartón de reserva. Son las ocho de la mañana y el súper chino de enfrente acaba de abrir. No hay nadie en la calle, pienso que podría cruzar en pijama. Es un dos piezas fino, parece de seda, jaspeado, azul, algo bien sobrio para un barrio donde Alan Funes festejó la Navidad con una ametralladora automática el mes pasado.

Ya estoy en la vereda, me acerco al cordón como quien revisa las margaritas de los canteros y me bastaría con otros quince metros para llegar a un cartón de leche fresco. Me acordé del día que llevaba a Devoto a tres curas capuchinos en el auto y me paré a orinar en mitad de la Panamericana, a la vista de toda la cristiandad. Me meaba, ¡qué iba a hacer, si habíamos tomado cuatro termos de mate desde Rosario! Y ahora tenía que desayunar, qué iba a hacer... donde hay una necesidad hay un derecho, dijo Evita y el mío era tener un cartón de leche fresca, pero de golpe apareció la pituca del chalet de enfrente barriendo la vereda.

Las viejas barredoras de Fabricio Simeoni, agarradas al único falo que le dan con gusto, limpiando el polvo de la calle y recogiendo la información del barrio. Si por mí fuera, por la vecina, hubiera cruzado desnudo o agarrándomela con la mano, pero recordé la inquina que se tenían con mi vieja y no quise darle el gusto. Como la defensa de un pudor transitivo, como si la casa (la mía) tuviera una historia (la de mis viejos) y hubiera que respetarla. En todo caso, si la pituca hablara mal de mí que fuera por cosas importantes y no un cartón de leche, por ejemplo, como esa vez que delante de ella en la verdulería le pregunté a don Tito, el verdulero, si estaba bien poner la marihuana en la heladera, en la misma bandeja que la lechuga. ¿Todas son plantas, no?

Decidí no cruzar en pijama. No por un cartón de leche y enseguida vi que Wu había empezado su habitual ceremonia de los cartones y lo chisté. Pensó que lo saludaba y me hizo la V de la victoria con su mejor sonrisa de la dinastía Zhou y el emperador amarillo Huang. Insistí con el llamado y ahora lo reforcé con el cartón de leche vencido y el ademán de manos para que viniera. Cuando cruzó me pareció que se reía por el pijama o por mi gestualidad italiana, excesiva, que supongo que a los chinos le debe molestar tanto como a Borges. Sabía que me iba a entender, pero le dije que en mi vereda yo podía vestir como quisiera, incluso desnudo, porque mi vereda gozaba del principio de la extraterritorialidad de las embajadas. Wu se rió más todavía, no porque entendiera sino porque la situación y mi énfasis se le volvían más desopilantes a las ocho de la mañana, un sábado, con la calle vacía.

Le mostré el cartón vacío y estrujado, se lo di, lo golpeé dos veces y le pedí que me trajera uno. Dijo "cha", cruzó la calle y al instante trajo un cartón nuevo y completo. Me lo dio y volvió a decir cha. No sé qué desayuna el Chino, no sé si toman leche como nosotros pero como yo estaba con mi taza vacía del Pepe Mujica que acababa de comprar en Montevideo, se la mostré, como si él necesitara saber que lo que había en el cartón, lo que él me había traído iría a parar a esa taza con la cara del ex presidente uruguayo.

Cuando Wu vio la taza, además de sonreír me preguntó algo en cantonés que no entendí. Él repitió la pregunta con la sonrisa y volví a decirle que no comprendía. Entonces Wu dijo: Niunamei —repitió—, niunamei.

Una fonética muy cercana a "ni una menos" y con eso no se jode, pensé si acaso en China pondrían la foto de las pibas asesinadas en los cartones de leche y él volvió a golpear el cartón y dijo niunamei. ¿Leche?

No me quedó otra que cruzar al chino, a fin de cuentas el pijama parecía de seda y salvo la pituca rival de mi vieja, no había nadie en la calle.

Wu se reía más fuerte ahora, va entendiendo las normas del pudor barrial de la clase media argentina que es capaz de votar a un emperador amarillo como Huang, pero no se atreve a cruzar la calle en pijama. Entramos al súper por Fanny, la dueña, la cajera, que se ha convertido en nuestro tribunal bilingüe y nos permite mejorar la diplomacia, calle al medio. Fanny dijo que niunamei es leche. Solo eso. Leche de animal, mujer (dijo), hombre, vaca, oveja o cabra. Ni una menos, volví a pensar y los tres sonreímos.

Yo aún tenía en la mano la taza del Pepe y Fanny me preguntó si era mi padre y más risas. No, no, dije y expliqué lo del Uruguay. Fanny me pidió que no fuera más en pijama al local y dijo que la leche costaba $ 25, le dije que lo anotara, que más tarde volvería vestido a comprar otras cosas. Ella dijo cha y siguió concentrada en su contablidad ideogramática en unos cuadernos Mis Apuntes similares a los de un flaneur.

Wu estaba otra vez en la vereda preparando cartones y dijo cha con su sonrisa de la dinastía Zhou y yo le respondí cha, con la mía de Nápoles, la de mi abuelo Benito que fue también la de Marco Polo.

Marcelo Scalona


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