Domingo 25 de Octubre de 2020
El 6 de mayo de 1963, hacia el final del día, una ambulancia se detuvo frente a una clínica médica en San Martín al 5700, en la zona sur de Rosario. Traía desde Ezeiza a Alejandro Lavorante y a su madre, quien también lo acompañó en un vuelo de Pan American desde Los Angeles. Lavorante había sido boxeador profesional, pero llevaba meses postrado luego de recibir una paliza en un combate realizado en la ciudad californiana. Nunca se recuperó y casi un año después murió en Mendoza, donde había nacido y a donde su madre lo llevó en un último y desesperado intento para salvarlo.
Casi desconocido en Argentina hasta que una sucesión de golpes lo mandó a terapia intensiva, Lavorante fue un púgil distinto que llegó a pelear con Cassius Clay, trepó hasta el tercer lugar del ranking de los pesados y tuvo serias aspiraciones de llegar al número uno. Dos derrotas consecutivas (la primera contra Clay) lo dejaron fuera de carrera. La segunda también acabaría con su vida.
La corta existencia de Lavorante (murió a los 27 años) ahora está contada en un libro del escritor y periodista mendocino Rolando López. Se titula El boxeador que sonreía demasiado y es una reconstrucción puntillosa desde su nacimiento hasta su triste final.
Con una minuciosidad notable y una pluma que atrapa, López repara el escaso conocimiento sobre la vida, la carrera y los últimos días de un deportista al que el periodismo deportivo y el público argentinos no le perdonaron que fuera a probar suerte a Estados Unidos. Hábil narrador, el mendocino es también un cronista tan implacable como la temible derecha que distinguía a Lavorante, según él mismo cuenta en el libro.
No hay detalle sobre el longilíneo Lavorante que quede sin contar. Desde su niñez en Godoy Cruz y su adolescencia en Rosario hasta su difícil escala de un año en Caracas y su desembarco en San Antonio, Texas, donde inició una corta carrera que lo llevaría a estar en la consideración del público y la prensa especializada, todo está plasmado en El boxeador que sonreía demasiado. Sonreía incluso sobre el ring, cuando combatía con la ilusión de ser campeón mundial.
Pero es el drama de Lavorante el aspecto que la sensibilidad de López describe con más contundencia en páginas de las que resulta difícil despegarse: la pelea con Clay, en la que sucedieron cosas extrañas y tal vez definitivas, y sobre todo el combate con un tal Johnny Riggins, el último, el que perdió por nocaut y marcó su destino. Un final con una cruel paradoja, ya que en el país se habló más de esa tragedia que de su talento boxístico y su vertiginoso ascenso a la consideración como uno de los mejores pesados de Estados Unidos a principios de los años 60.
Todo está en el libro: la timidez del chico mendocino, su mudanza a Buenos Aires y luego a Rosario para conseguir rivales, el abandono de sus representantes en la capital de Venezuela, su llegada a Texas de la mano de Jack Dempsey, su relación con su manager y un matrimonio rosarino en Los Angeles, sus combates, un ofrecimiento de Frank Sinatra, el casi imperceptible gesto que le hizo Fidel Castro en La Habana tras ganar una pelea, la derrota con Clay, los golpes de Riggins que iniciarían su agonía, las cirugías, los esfuerzos de la “industria” del box para que continuara vivo y sus últimos días en Rosario y en Mendoza. Y también su belleza física, que atraía al público femenino a sus peleas, y un nivel de formación que lo distinguía en un ambiente rudo: era tan amable que saludaba con educación a sus rivales aun cuando los hubiese vencido. Toda una rareza para una categoría de forajidos.
López escribe una crónica atrapante, que por su ritmo y recursos bien podría ser una novela. Pero no: es la crónica de una historia que merecía ser rescatada, aunque hayan pasado casi 60 años. No lo hizo nadie en su momento, ni siquiera la prensa deportiva, que recién le prestó atención cuando, más que una persona o un boxeador que pudo llegar a a la cima, ya no era más que un muñeco esperando la muerte.
Este libro repara esa injusticia.
Así escribe
El siguiente es un fragmento del libro de López:
Una tarde, Pascualito llamó por teléfono a la casa de los Lavorante en Rosario y pidió por el jefe de familia. En la conversación, Pérez le dijo a don Alessandro que quería tener una charla con él, que había visto pelear a su hijo y que tenía una propuesta para hacerle. El dueño de casa sabía que hablaba con un campeón mundial en actividad, una celebridad que estaba en la cresta de la ola, y no dudó en concederle la entrevista, que se llevaría a cabo en lo de la familia Lavorante en Rosario.
Pérez apareció dos días más tarde. Llegó como todo un campeón: a bordo de un auto último modelo, vestido con un traje a medida, con varios de sus dedos adornados con anillos de oro y con dos hombres que no hablaban. Mucha gente del barrio, en especial los niños, se acercaron a admirar el auto y descubrieron en ese pequeño hombre al campeón de los moscas. “¡Es Pascualito!”, gritaban. Los matones no dejaban que nadie se le acercara y con rapidez hicieron que Pérez ingresara a la casa de los Lavorante, donde Alessandro, en soledad ante la mesa del living, lo esperaba.
— Don Alessandro, me han llamado de Venezuela, donde saben de su hijo. Me piden que vaya a boxear allá, donde el box está en crecimiento, y hay dinero para esponsorearlo y hacerlo ingresar rápido a la liga profesional. Allá no hay buenos boxeadores, pero hay plata de sobra para formar extranjeros. ¿Me entiende? Yo he ofrecido a los productores a Alejandro junto con otro chico mendocino que también es muy bueno —dijo Pascualito apenas se sentó a la mesa.
— Mire, Pérez —contestó Alessandro, serio y con los dedos de sus manos entrelazados sobre la mesa—: mi hijo anda bien en Buenos Aires. Casi no ha perdido peleas y la gente ya comienza a hablar de él como un futuro campeón. Habría que ver qué nos ofrece. Tampoco es cuestión de irse por irse nomás.
— Eso lo sé, pero lo que le propongo es más rápido. Como están las cosas acá, con la cantidad de boxeadores que hay, su hijo puede demorar en entrar en el ranking. Lo que le aseguro es que en Venezuela todo será más rápido; tengo contactos, tengo las peleas que se pueden programar con peleadores menores para que el Gringo ascienda lo más rápido posible. Tiene que dejarlo ir, hágame caso. Va a ser por su bien y por el de la familia. Es más, ya tengo arreglado un contrato para él y para el otro chico que quiero llevar. Nosotros nos hacemos cargo de los pasaportes, el viaje y las estadías. Es una oportunidad que no se puede dejar pasar —cerró Pérez, entusiasmado.
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