Domingo 13 de Octubre de 2019
UNO
En el comienzo del otoño del 52 una Vespa, con Gregory Peck y Audrey Hepburn a bordo, hacía zigzag por las calles de Roma escapando de la policía. Se estaban filmando las últimas escenas de Vacanze romane. Se estaba filmando, para siempre, el amor entre Anna y Joe Bradley. Diría que, con sorpresa, los vi pasar mientras tomaba un café en un barcito de la via del Viminale. En Argentina había aires de primavera y en Italia el otoño comenzaba a enfriar la brisa que se llevaba las servilletas de papel de las mesitas que estaban en las veredas. Había llegado a Roma buscando a una mujer que nunca habría de hallar. Y lo sabía. Y aun así, sabiéndolo, crucé el mar solo por buscarla. Y anduve por las calles de Roma solo por buscarla.
DOS
Gregory Peck era un actor consagrado y Hepburn era una actriz que recién se iniciaba. EN mitad de la filmación, Peck le pidió a William Wyler, el director, que a pesar de la diferencia de trayectoria que había los nombres de ambos figurasen en idéntico status de marquesina. Y fue tan así que el mundo asumió que esa pareja consagraba el amor a través de una pantalla y que siempre serían recordados. Y así fue. Y todos esperaron un segundo film. Todos querían volver a ver a Hepburn y a Peck riendo por las calles de Roma. Pero la segunda parte de esa película jamás fue filmada. Y ese amor quedó en estado de zigzag, como sobre una Vespa, en la belleza de sus sonrisas, para toda la eternidad.
TRES
Mientras revuelvo un ristretto y pienso en aquella mujer tan buscada por mí en el 52 y en Peck y en mi amor y en Hepburn y en su hermosísimo rostro y en las Vespas que siguen dando vuelta por las calles de Roma, pienso en Paul Éluard. Sí, en Éluard, así como así, como si de un plumazo pudiese estar en ParÍs como para seguir buscando, en la Ciudad Luz, a esa mujer que nunca encuentro. El asunto es que Éluard se casó en el 18 con Elena Ivánovna Diákonova, más conocida por Gala, cuando él aún no era Paul Eluard sino Eugène Grindel. Se conocieron en un sanatorio de Davos, Suiza, en el que Gala fue internada por tuberculosis a los 19 años. Se casaron sellando un amor que, pensaron, habría de durar para siempre. Más tarde se mudaron a ParÍs, donde conocieron a Max Ernst, un artista plástico del surrealismo, y abrieron los ventanales para el ingreso de los cálidos aires del ménage à trois, conviviendo a lo largo de algunos años. Y luego llegó Dalí, claro. Y Gala volvió a Éluard alguna vez, una y otra, pero solo para irse nuevamente. Y Éluard volvió a casarse pero su para siempre del amor lo dejó plasmado en las palabras de un libro dedicado a Gala.
CUATRO
En el 29, año en que Gala conoce a Dalí, Éluard publica un libro llamado L'amour la poésie y su dedicatoria dice: "A Gala, este libro sin fin".
CINCO
Lo inconcluso, se me ocurre, es propenso a la eternidad.
SEIS
Hace años que la espero. Hace años que la busco. Sin cesar. Hace años que la espero sin cesar. Hace años que la busco sin cesar. Y la espera y la búsqueda no se me hacen insoportables sino necesarias. Me resulta necesario esperarla. Me resulta necesario buscarla. Una vuelta más de cucharita en la pequeña taza de café y la esperanza se renueva.
SIETE
¿No es el amor una esperanza eterna de hermosura?
OCHO
¿Sigue Peck manejando una Vespa, zigzagueando junto a Hepburn por las calles de Roma, en un eterno escape para siempre? ¿Continúa Éluard escribiendo L'amour la poésie, sin fin, para una Gala sin fin, para un amor sin fin, en el juego sin fin de lo que nada termina? ¿Estaré, para siempre, revolviendo un ristretto en un barcito de la via del Viminale, con la vista alzada, en la esperanza de ver llegar a esa mujer que tanto busco, por esas calles empedradas, como si el tiempo no hubiese pasado y nos siguiésemos amando para siempre?
NUEVE
El amor inconcluso es el único que no tiene fin.
DIEZ
Una vuelta más a la espuma cargada del ristretto: es la persistencia de la memoria lo que agita la sangre. Y algún día, como si nada, nos encontraremos en esas calles de Roma o en las palabras de este texto sin fin. El presente siempre llega, inexorable, pero sabemos perfectamente de dónde venimos —no podemos ocultarlo— y sabemos hacia dónde vamos. Vamos hacia la búsqueda.