Eduardo D'Anna vuelve al ruedo con tres libros desbordantes de ideas, donde exhibe su rigor como investigador literario y abre necesarias polémicas
Miércoles 13 de Noviembre de 2024
Eduardo D’Anna nunca se detiene. A pesar de que su extensa obra como poeta, ensayista y narrador parecería otorgarle la posibilidad de un descanso muy bien ganado, el autor de “La jueza muerta”, “Carne de la flaca” y “Capital de nada” −que es con seguridad el principal investigador de la literatura rosarina− acaba de editar de manera simultánea la friolera de tres libros, que intentan responder cuestiones tan postergadas como candentes.
En efecto, “Los demiurgos”, “Hacia una historia integral de la literatura argentina” y “Cierta literatura” abren un amplio abanico de temas, que van desde el “boom” latinoamericano a la construcción del canon de la literatura nacional, pasando por la necesaria discusión en torno de la identidad rosarina y la vinculación de la cultura local con la nacional y la santafesina.
Publicar tres libros al mismo tiempo no es un hecho precisamente usual en la escena cultural argentina. Mucho menos, la rosarina. ¿A qué se debe tan extraordinaria resolución, tomada además en un contexto de retroceso del mercado editorial en el país?
Cuando los tiempos son difíciles, la respuesta debe ser más enérgica. Por lo demás, debido a las contradicciones existentes entre la literatura central y la periférica en nuestro país, el retroceso del mercado editorial central produce una posibilidad de avance en el mercado periférico: la gente no puede comprar los libros “que están de moda” porque son muy caros, y entonces compra los nuestros, que son más baratos. Ya pasó en el 2001.
Me gustaría que hicieras una síntesis del contenido de cada uno de los integrantes del trío de obras, todas centradas en el terreno del análisis literario y la historia de la literatura, con ejes respectivos en Hispanoamérica, el país y la ciudad, es decir, Rosario.
“Los demiurgos” trata de definir en forma racional y coherente las características de las obras que integraron el “boom” en los sesenta. Me pareció que la idea de “realismo mágico” no las explicaba bien. Por lo demás, pude incorporar obras de Saer y Jorge Riestra a la corriente, demostrando, a mi juicio, que funcionaban del mismo modo. “Hacia una historia integral de la literatura argentina” es un intento, todavía un poco en bruto, de mostrar cómo se vería la literatura argentina si se le incorporaran las obras excluidas del canon literario. Es, además, un intento de explicar cómo y cuándo se formó ese canon, y por qué. El tratamiento del problema llega hasta cerca de los años 40 del siglo XX, porque después se volvía muy compleja la exposición, algo que quizás no pueda realizar un solo crítico: se necesitaría un equipo.
El que a mí me resultó más atractivo (y los tres me lo parecieron), por una cuestión de afinidad con los temas tratados, es “Cierta literatura”. Sería interesante que explicaras a fondo tu cambio de posición en torno del controvertido asunto de la relación cultural y literaria entre Rosario y la capital de la provincia.
Es el más ameno de los tres libros, porque es variado; junté artículos ya publicados con otros inéditos. Hay crítica literaria, teoría literaria, y simples homenajes a escritores que fueron mis amigos. La relación con Santa Fe capital está explicada en uno de los trabajos: se trató de un enfrentamiento que se venía gestando desde antes, pero que explotó en 1912, cuando Lisandro de la Torre sugirió que la capital provincial debía estar en Rosario. Para la ideología de la época, con su teoría del progreso indefinido, era lógico que se pensara que la ciudad que más progresaba materialmente cumpliera ese papel. Pero esa teoría, como sabemos hoy, es falsa. Además, el progreso cultural no se logra tan rápidamente, requiere siglos de experiencia, que la vieja Santa Fe poseía y Rosario no. Pero en definitiva, esa situación ya no tiene razón de ser. Ambas ciudades hoy se necesitan mutuamente para configurar una imagen de la cultura santafesina (en el sentido provincial del término) que, si no, resulta ser mucho más pobre; no ganamos nada con hacer de cuenta que Santa Fe es Ouro Preto y que Rosario es Ciudad del Este, imágenes falsas las dos.
La idea de “demiurgos” para definir a los integrantes del “boom” me resultó muy rica: ¿de dónde proviene? Y de paso, traspolando: ¿Joyce sería un demiurgo? ¿Faulkner y Proust también?
Imposible contestar en unas líneas: hay que leer el trabajo. En cuanto a los autores que mencionás, creo que sí (no soy especialista en ellos), pero sólo en el caso de Faulkner esa característica funciona como en los latinoamericanos, porque él tuvo que salir a enfrentarse con acusaciones de regionalismo (¡Faulkner regionalista!: es increíble).
Buenos Aires y sus aliados regionales mandan incuestionablemente en la construcción del canon: ¿cómo enfrentar con éxito su poderío, afincado en un ámbito que abarca, por ejemplo, los medios de comunicación y la universidad?
Hay que investigar tratando de desmontar la imagen ideológica (en el sentido de falsa) que aporta la academia, y mostrar sus contradicciones, su incapacidad para entender y explicar el fenómeno literario, y lograr que esa visión, que es la científicamente correcta, se imponga. Es un combate, naturalmente.
¿Y qué hacemos con la mayoría de los lectores rosarinos? ¿Será posible persuadirlos de que la literatura de la ciudad incluye algo más que los cuentos de Fontanarrosa?
Sí, pero depende de dos factores interrelacionados, que, a su vez, dependen de una política de Estado: primero, editar y reeditar las obras, precedidas de artículos esclarecedores, y a precios accesibles, y segundo, transmitir esa experiencia en las escuelas primarias y secundarias.
Y ya que estamos, ¿qué le pasa a la poesía? ¿Por qué no logra crear, como en el pasado, un público que no esté constituido solamente por los propios poetas?
Mi generación vivió una época particularmente democrática y federal. No en el sentido institucional, ya que había una dictadura y estaba prohibida la actividad política y el funcionamiento constitucional del gobierno. Pero sí en el sentido de que todos, cualquiera de los pendejos de entonces, se animaban a leer y publicar libros, revistas, ver y hacer obras de teatro, y mil cosas más, sin darle bola a la crítica académica, y gestando sus valores estéticos al margen de las academias, y además, la cultura porteña era sensible a las manifestaciones del interior: así surgieron cosas como Hortensia, la editorial de la Biblioteca Vigil, el lagrimal trifurca, etcétera. Hoy el juego formal de las instituciones existe, pero nadie se atreve a hacer nada porque todos quieren ganar dinero con la literatura, lo cual es absurdo, teniendo en cuenta que el que va a pagar por eso, en el mejor de los casos, es el enemigo, y plegarse a las ideas estéticas del enemigo ahuyenta a los lectores, que, salvo una minoría, no son giles.