Cultura y Libros

"Dibujo para sacudir el alma"

En Diario de un hijo, Tute cuenta su propia vida desde el nacimiento hasta la muerte de su padre, el también dibujante y humorista Caloi, en 2012. El libro le permitió reencontrarse con el inolvidable creador de Clemente y a la vez atravesar el duelo por la pérdida.

Domingo 21 de Julio de 2019

Flaco y alto, Tute aparece para la charla con Cultura y Libros vestido con un saco marrón, una remera a rayas y una bufanda enroscada al cuello. Hasta se parece a su propia ilustración como salida del libro. Mientras camina hacia la cronista se topa con un nene que dibuja en pequeños papelitos. Se acerca. Le pregunta el nombre. Hojea las ilustraciones de unos vehículos locos y dice: "Mirá qué tal. Muy buenos, che. No dejes nunca de dibujar".

Tute se llama Juan Matías Loiseau. Su padre, fallecido en 2012, era Carlos Loiseau, más conocido como Caloi. Caloi fue padre de Tute, sus dos hermanos y la vez de Clemente, esa criatura de dos patas que se convirtió en uno de los personajes más populares de Argentina.

Hoy los dibujos del hijo de Caloi se multiplican y comparten en todas las redes sociales con miles y miles de "me gusta", "likes" y "emojis" y él no hace más que vivir ese presente con entusiasmo y alegría. "Me remonto al principio de mi carrera y pienso que mi sueño era exactamente este. Que la gente se pasara mis dibujitos, que los pegaran en las heladeras, que los comentaran, que dijeran que les gustaban", confiesa, sin falsos pudores.

¿Para qué dibuja? "Para mover algo, la risa, lo que sea. Sacudir el alma", asegura.

No fue nada fácil para Tute llegar a Diario de un hijo, novela ilustrada que cuenta su propia historia: desde su nacimiento hasta la muerte de su papá. El desafío era doble. De un lado, el vínculo con Caloi padre y, por otro, la relación con Caloi humorista gráfico. Carrera que él también eligió y que pinta de una manera formidable en una de las viñetas que aparecen en el libro.

En diálogo con su padre, Caloi le dije a un Tute más joven: "Lo que tendrías que estudiar es diseño gráfico". Y a ese Tute, que lo que quiere es hacer humor gráfico como su papá, se le abre un globo de imaginación donde se lo ve clavándose un puñal en el estómago. Una frase harakiri que su papá jamás recordó haber pronunciado.

"Fue todo muy vertiginoso e inédito porque por primera vez me dibujé a mí mismo, a mi viejo, a mi familia. Es un registro a color, con rasgos reconocibles, que en mi producción es absolutamente inédito", cuenta Tute sobre esta extraña historia filial atravesada por el dibujo.

Diario de un hijo es una línea de tiempo ilustrada que no deja de cruzar constantemente el oficio de los dos. Aparecen los primeros dibujos de la infancia de Tute, los Clementes de Caloi y los que Tute hacía de niño mirando los su padre. También las cartas, por supuesto con dibujitos, que el padre les dejaba a Tute y sus hermanos cuando se iba de viaje.

Con un registro sensible que no escatima en poética, ironía y sentido del humor, el libro se divide en tres capas de relato: el recuerdo de la vida familiar, el diálogo con su inconsciente, y la escena de terapia (que funciona como un separador no menos importante de las partes de la novela) tan característica en toda su obra.

"Está lo más personal, los pasajes de nuestras vidas. Está el inconsciente como contrapunto señalándome los olvidos, los errores en el recuerdo. Es interesante porque es así como funciona el inconsciente en una terapia psicoanalítica, poniéndote frente a cosas que uno por ahí prefiere esquivar. O haciéndote las notas al pie, es como un ladero, como compañero para atravesar esta aventura. Y la terapia, que es muy importante en mi vida y por eso ocupa este espacio en el libro. Mi propio análisis fue central para poder duelar a mi viejo, y poder hacer este libro. Hubo marchas y contramarchas, mi fuerte deseo de hacerlo, y además está dibujado. Por eso tiene ese protagonismo", contó.

Tu padre murió, pero sentarte a hacer el libro te llevó un tiempo más largo. De hecho, no fue apenas falleció que lo empezaste. ¿No?

—En 2013, a un año de la muerte de mi viejo, estaba en un bar de Santiago de Chile charlando con mi mujer. Ahí empecé a pensar la idea de dibujar esta historia. En una servilleta ponía títulos, armaba capítulos, me entusiasmaba con cada cosa que se me iba ocurriendo. Pero cuando llegué a Buenos Aires no pude tocar nada. Recién en 2017 me pude sentar a dibujar el libro que había soñado. El proceso fue con alegría y un poco de tristeza también. Pero pude hacerlo. Antes no podía.

Una de las preguntas que te hacés y que es posible que tenga que ver con ese tiempo que te llevó sentarte a hacer el libro es: ¿cuánto duele un duelo? ¿Cuánto dura un duelo?

—Sí. Son esas preguntas que uno se hace porque produce mucha desesperación no ver el final del proceso. Hay muchas etapas en un duelo. La personal en mi caso era algo así como la culpa de seguir viviendo en un mundo que ya no lo tenía a él, culpa de reír en un mundo donde ya no ríe él, habitar un mundo en él que ya no está él. Luego el tiempo, que es distancia, va acomodando y suavizando.

El libro está cargado de una sensibilidad extrema y a su vez no le falta nada de humor. ¿Cómo encontraste el registro de esa escritura del yo sin perder esos dos tonos?

—Era necesario encontrar momentos que levanten un poco. El humor atravesó nuestras vidas y estaba seguro de que iba a aparecer. El libro fue un fluir. Una vez que me sentí con fuerzas para encararlo, cuando ya había transitado una buena parte del duelo para meterme en estas aguas, confiaba que aparecería el humor. Y ocurrió. Encontré rápidamente el tono, empecé dibujando un estado anímico, era dibujar un desdibujamiento, un dibujo que empieza a perder sus líneas hasta convertirse en un punto que era un poco la sensación que yo tenía y la necesidad de reconstruirme desde ese punto hacia adelante.

Dijiste que el libro te permitió reencontrarte con tu padre. ¿Cómo fue?

—Eduardo Galeano nos enseñó que "recordar es volver a pasar por el corazón" y es exactamente lo que me pasó con el libro. Me reencontré con mi viejo. Pero físicamente. La sensación es que era físico. Fue muy grosso, dibujarme y dibujarlo fue como tenerlo frente a frente conversando. Así que eso fue maravilloso, momentos de mucha felicidad, de mucha tristeza, de nostalgia. Siento que es un libro único e irrepetible.

¿Y acaso este diario de hijo te conectó de otro modo con tu paternidad?

—Pensé mucho en Olivia, mi hija menor, que no llegó a conocer a mi papá. Uno de los objetivos primeros que tenía con el libro era que quedara un documento para que Olivia tuviera acceso a su abuelo a través de la mirada de su papá. Eso me daba tranquilidad, me gustaba la idea de que ella lo conociera de ese modo.

El humor en los tiempos de crisis

Tute dice que en estas épocas críticas es "donde casi siempre aflora una necesidad de expresarse". "No son tiempos deseables en término de crisis política y social. Pero no hay que olvidar que la crisis es cambio también, una realidad convulsionada y agresiva siempre motiva y sacude al arte en general", dice.

Y apuesta a que este año haya una transformación que permita que el próximo gobierno nacional "vuelva a mirar a la gente y no al mercado", como en la actualidad.

Otra ficha que pone el humorista gráfico es a la revolución de las mujeres. "Siento un gran orgullo, la apoyo en la medida de mis posibilidades. La siento como una esperanza pensando en un mundo del futuro que sea más justo para todos, pero en especial por mis hijas (una de seis y otra de catorce años) a las que les deseo que puedan vivir en un espacio más libre y con más libertades".

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