Cultura y Libros

"Dedicar más que un ratito a la actualidad es un despropósito"

Enrique Butti no puede con el genio: a su conocido talento le suma una inoxidable dosis de irreverencia. El narrador, poeta y dramaturgo santafesino charló con Cultura y Libros y lanzó definiciones que llevan su personal sello,

Domingo 06 de Mayo de 2018

En el panorama literario de la provincia, el santafesino Enrique Butti brilla con luz propia. Dueño de un estilo inconfundible en el cual se mezclan la ironía, la precisión y la ternura, no sólo se destaca en la escritura sino también en la lectura de sus propios textos. Butti (nacido en 1949, pero de espíritu absolutamente joven) se prestó al diálogo con Cultura y Libros.
—¿Conviven pacíficamente el narrador, el poeta y el dramaturgo?
—Sí, ellos se las arreglan. El que no convive bien soy yo conmigo mismo.

—¿Cómo encontrás el modo para expresar la idea o palabra disparadora en la elección del género?
—Cuando uno es joven supone que hay un sistema, una orden, una llave para encontrar el rumbo hacia dónde se va. Cuando llegás adonde estoy largás la toalla, y si no forzás las cosas tenés que aceptar que no hay idea ni palabra ni disparo posible que te anticipe sobre cuál terreno estás trabajando. El último proyecto que me atrajo quería ser novela, tenía todo para serlo: personaje bien plantado, variedad de situaciones, amplitud de senderos posible de bifurcarse (se trataba de un pervertidor de ancianos, de un joven apuesto que se dedica a rescatar ancianos de su anomia e introducirlos en el mundo que los ha desplazado, parirlos como fuera, sexo, computación, droga mediante, lo que fuera, con las felicidades o las desgracias que puedan imaginarse). Bueno, contra todas las previsiones no fue ni siquiera cuento sino poema.

—¿Es sano y recomendable construir una obra intensa y mantener un perfil bajo?
—Si las tabas, el estómago y la suerte te permiten crear sin transigencias y a la vez moverte como un rey, bueno, supongo que vas a vivir mejor incluso después de muerto, para prosperidad de tus viudas y nietos, te van a tratar con respeto, vas a poder hacer lo que quieras. No es el caso de ninguno de los grandes que he llegado a conocer, ni el de Olga Orozco, Eugenio Montale, Lermo Balbi, Juan Rodolfo Wilcock, Jorge Riestra, Jorge Leónidas Escudero, ni siquiera el caso de una verdadera reina como Marosa Di Giorgio o de alguien que estaba en la cúspide del siglo como Borges. El caso de Borges es interesante, porque el perfil alto o el perfil bajo parecieran prometer ambos la impunidad: el perfil bajo, impunidad para trabajar tranquilo y que nadie te fastidie; el perfil alto, para trabajar y hacer lo que quieras sin que nadie pueda fastidiarte. Paradójicamente (traicionando todos sus impulsos transgresores) es la supuesta vanguardia literaria la única que actualmente puede otorgar ese status de impunidad, imponiendo una aceptación indiscutida y sin fisuras académica, crítica y catedrática, y que por absorción llega a esos lectores medianamente letrados que aceptan o rechazan según sople el viento (como en esa novela que sí vale la pena releer, Las frutas de oro, de Nathalie Sarraute). Digamos, para remitirnos a nuestra parroquia y a las contingencias de hoy, la aceptación indiscutida de César Aira o Juan José Saer (al pobre Piglia parecen haberle bajado el pulgar). Pero Borges, que era lo suficientemente grande como para cultivar una falsa modestia, que cultivó un perfil bajo mientras pudo, antes de llegar más allá del bien y del mal, vivió por distintas razones, y no sólo políticas, muy muy discutido, criticado, hostigado, odiado por muchos, y aún hoy, de poder hacerlo, más de uno patearía su cadáver, seguramente para bajarlo del trono que locamente creen que a algún otro le tocaría ocupar. Así que lo mejor es ir de frente nomás, borrarte el perfil.

—Participaste del último Festival de Poesía rosarino, que fue -digamos- tradicional. ¿Qué podés decir de los Fanny, aquellos festivales de poesía organizados en Santa Fe allá en los 90?
—Nada, era puro jolgorio. Leíamos una hora y una hora bailábamos.

—Recuerdo haberte escuchado recitar poemas de Edgar Lee Masters de un modo cautivante. ¿Cómo pensás que se vincula la oralidad con la escritura?
—Incluso la lectura silenciosa debería tener una resonancia musical e instigar a la tentación de pronunciarla. Pero hemos perdido la costumbre de decirla y saber escucharla. Y algunos intentos juveniles actuales son medio patéticos, parecen remedar con gestos rockeros a aquellas recitadoras de la primera mitad del siglo pasado, que decían poesías aleteando, susurrando y de golpe gritando, haciendo teatro en suma. De lo que estoy seguro es de que la mejor manera de decir una poesía no es leyéndola sino recuperándola de la memoria, porque ese tiempo de sacarla de las entrañas condice mejor con el tiempo de captación de quien escucha.

—¿Te interesa la poesía actual?
—Creo que siempre, aun con el esfuerzo que supone, hay que mantener la curiosidad, más allá de la obvia decepción que entraña el hecho de que el presente es un vértigo en el que nada todavía ha sido filtrado y suelen brillar los peores oropeles y llamar la atención los peores maullidos. Frente al pasado, bastante más largo que este instante, cargado de buena literatura, dedicar más que un ratito a la actualidad sería un despropósito.

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