Domingo 12 de Abril de 2020
>> Beatriz Actis (1961)
Escritora y docente. Publicó, entre otros, Los poetas nocturnos y Lisboa (para adultos); Lágrimas de sirena y La oveja imaginaria (para chicos).
Sigo leyendo, tal vez con un ritmo mayor al habitual, y escribo en las redes. Creo que allí se construye una suerte de diario de cuarentena en el que —con mayor o menor conciencia de eso— todos participamos. Vivo en un edificio, en un piso alto, y la mirada sobre la ciudad (o el recorte que se hace del paisaje urbano, dadas las circunstancias) contribuye a ese punto de vista parcial que se suma y aparece como rompecabezas en las redes. Una especie de qué veo yo desde acá y qué ves vos desde allá y cómo pueden construirse yuxtaposiciones o bien intersecciones, ya sea como discrepancia o como punto de encuentro, una especie de mapa nuevo: la humilde cofradía de los que mateamos temprano en el balcón, las ventanas que se iluminan cuando oscurece (y ahí te sentís como James Stewart con los prismáticos y la cámara), los ruidos que marcan el paso del tiempo. A la vez, en mi página de Facebook posteo links desde los que se accede a cuentos para chicos, audiolibros, libros completos para descargar. https://www.facebook.com/beaactis/
>> María Paula Alzugaray (1974)
Poeta, licenciada en Letras, editora. Publicó Frivolidad, 2019; Todo llegó por sí solo, 2017; Estampados, 2014; y Lo albergado, 2008.
En esta vigilia elijo qué leer considerando los recursos y dispositivos que tengo, y digo leer pero no concretamente literatura. Estoy comenzando a escribir un libro. Esta crisis contemporánea no se relaciona con el eje de mi proyecto pero en esta incubación todos estamos mutando y no vamos a salir iguales. Espero ilusionada cosechar utilidades de esa mutación. Ocasionalmente comparto algún texto o imagen, prefiero no atestar ante lo que ya se muestra. Disfruto materiales vinculados a la risa, a la alegría. Somos vírgenes en este conflicto global. Nadie sabe cómo se hace, no desapruebo ninguna práctica o acción, me parecen flotadores para paliar las horas. Creo que debemos participar sin hastiar, cuidarnos, ser solidarios y abandonar nuestra anarquía e ir para el mismo lado. Siento que es una oportunidad para generar nuestros propios tiempos.
>> Juan Bereciartua (1948)
Narrador. Publicó Ay derechos, La virgen de San Martín (novelas) y La ruta 40 en la Patagonia (crónicas de viaje).
Cinco palabras (a veces seis, a veces cientos), en algún momento de todos los días, disputan con ferocidad en mi cabeza para que las lleve al texto. Nunca me opongo, menos en este aislamiento forzado. Los proyectos actuales aceleran su decurso engrosados por momentos que antes dedicaba al trabajo. Mis últimas ambiciones escriturarias van en dirección de las crónicas, sobre todo las relacionadas con mis viajes y mi infancia. También son de crónicas los libros que me acompañan: sentí la necesidad de releer Lugar común la muerte (Tomás Eloy Martínez), La guerra del fútbol (Ryszard Kapuscinski) y Crónicas ejemplares (Enrique Raab). Compartí en Facebook textos míos y de otros escritores. Para no contribuir a la confusión general, traté de que no tuvieran vinculación directa con la actualidad.
>> Virginia Ducler (1967)
Narradora. Publicó El sol, 2016, y Cuaderno de V, 2019.
Mi relación con la escritura y la lectura no cambió: leo varios libros a la vez, casi siempre en papel. En general narrativa de mujeres pero también libros de yoga o de tarot. Voy dejando libros en cada mesa de mi casa. Ahora quedó Sara Gallardo en la mesa del comedor, Amèlie Nothomb y Flannery O´Connor en mi mesa de luz, Joan Didion e Irene Nemirovsky en el piso, libros de yoga e hinduismo en mi escritorio. No soy muy audiovisual y eso, de algún modo, me excluye de mi época. De a poco voy incorporando el video como forma de acceder a discursos dentro de los campos que despiertan mi interés. Es imposible estar al margen de este formato. No es mucho el tiempo que dedico a la tarea de escribir propiamente dicha. Sí lo es el de contemplación y lectura que necesito para que surja la escritura. No uso redes para compartir textos, circula demasiada información y me encuentro con uno de mis peores demonios: la dispersión. Aldo Oliva decía: “No escribo mucho, pero escribo siempre”. Esa frase se aplica a mi relación con la escritura.
>> Pablo Colacrai (1977)
Escritor. Publicó La noche en plena tarde, 2012, y Nadie es tan fuerte, 2017.
La cuarentena modificó radicalmente la distribución de los tiempos en mi casa, como en todas, supongo. Como sigo trabajando, dando talleres en forma virtual y tengo un hijo de cinco años, casi no me queda tiempo libre. Aunque quizá sea mejor: no soy bueno administrando el tiempo libre. Cuanto menos tenga, menos posibilidades de desperdiciarlo. Los pocos ratos que me sobraron entre la preparación y el dictado de las clases y los partiditos de fútbol en el pasillo, las luchas de Playmobiles y el juego de la oca, tuve que elegir entre escribir o leer. Decidí terminar un cuento que empecé meses atrás. De modo que hace días que no leo una línea. En otro momento eso me hubiera causado mucha angustia. Ahora no, lo acepto. Otro efecto secundario de la cuarentena. No tengo la costumbre de compartir textos, ni propios ni ajenos. Quizá porque no me llevo del todo bien con las redes sociales.
>> Florencia Giusti (1989)
Escritora. Publicó Anillos de Saturno, Santa Fe, 2018.
Estoy avanzando en un diario/novela de viaje. Trato de ponerme una rutina de escritura para no aburrirme. Leo notas, artículos, crónicas, poemas sueltos y algún que otro libro corto —me cuesta concentrarme en lecturas más largas—. Me gusta escribir afuera de mi casa y muchas veces en bares, extraño eso. ¡Comparto muchos materiales! A fines de marzo salió un proyecto de música y poesía experimental con comentarios de Youtube que hice con mi amigo músico San Tarcisio —se puede consultar en mi instragram @flustigiusti —. Lo íbamos a sacar en abril pero nos dieron ganas de lanzarlo antes ya que mucha gente está en las redes. También compartí un video leyendo un avance de mi novela. Me dan muchísimas ganas de encontrarme, de hacer devoluciones. Soy de ir a talleres y presentaciones, por lo que el encierro afecta mis actividades literarias cotidianas.
>> Javier Núñez (1976)
Narrador y coordinador de talleres literarios. Publicó La doble ausencia y Después del fuego (novelas); La feroz belleza del mundo y Praga de noche (cuentos).
Ni escribo ni leo más que antes, salvo los fines de semana. El resto de los días sigue dividido entre un montón de horas del trabajo que hago para ganarme el pan —ahora desde casa, en modo home office— y ese rato en el que trato de comprimir algunas lecturas, una que otra serie, la vida familiar, la escritura y todos los etcéteras que hacen una vida. En mi caso el aislamiento puede haber alterado las formas pero no tanto las proporciones. Hay textos míos en audio y también e-books que podrían circular. Yo comparto textos ajenos cuando doy los talleres: subo el material al Google Classroom o lo leemos por videoconferencia. Y un día de estos a lo mejor pegue un cartel en el ascensor ofreciendo prestar libros de mi biblioteca: lo vi en alguna red y me pareció una idea simpática. Eso sí: rociados con desinfectante cuando van y cuando vuelven.
>> Mercedes Gómez de la Cruz (1974)
Poeta, escritora. Publicó Roca madre, Caudal y Soy fiestera, entre otros. Administra el blog andromedamil.blogspot.com
Creí que al pasar más tiempo en casa tendría la oportunidad y la energía para leer, escribir y hacer mil cosas. Pero el primer día descubrí que tenía poca concentración, así que me aboqué a sostener la cotidianidad. La vigilancia de la higiene lleva tiempo, organizar las salidas mínimas para hacer compras y a la vez no tener horarios fijos hace que regular el orden familiar sea mi tarea principal. Mi relación con la lectura y la escritura está en los retazos que quedan de ese tiempo, no mucho pero de una calidad muy superior al que tendría si me autoexigiera. La cuarentena es día a día, como una ventana temporal que permite subsistir. Sostener el equilibrio cotidiano es una tarea enorme, entonces la escritura y la lectura son parte de los ratos de disfrute. Este verano subí videos a instagram y a Facebook leyendo un poema de otros cada noche con el hashtag #unpoemaantesdedormir. Me conectaba con el placer de leer en medio de la rutina enloquecedora del día a día fuera de casa. En la cuarentena no estoy compartiendo textos en las redes, sí profundicé las conversaciones e intercambios sobre literatura vía chats privados y en grupos de Whatsapp con otros escritores. Estoy reorganizando los talleres presenciales para brindar opciones on line, un salto que tengo pendiente y espero dar pronto.
>> Alejandro Pidello (1947)
Poeta, docente. Publicó, entre otros, Los colores del salón de lectura, El Diablo in albis, Estación de animales buenos y Las alas de Ángela.
Los que practican la lectura, la reflexión y la escritura practican oficios solitarios. Yo soy bastante organizado. Probablemente la docencia y la investigación científica, tareas que desarrollé durante toda la vida y desde muy joven junto a la actividad en la literatura, me moldearon para trabajar de este modo. O sea, durante la cuarentena mis actividades intelectuales son las mismas aunque el escenario sea diferente. Como soy bastante autónomo existencialmente, ninguna de las tareas derivadas del confinamiento me afecta mayormente y como soy un tipo positivo (que no es lo mismo que optimista) creo que este período es transitorio. Por el momento, no compartí especialmente mis textos. Respondo, si me lo solicitan, enviando algún texto escrito o leído en el Smartphone. Podría enviar algún cine-poema de mi producción inédita (en formato MP4 video) a algún interesado (apidello@hotmail.com) o recordar la dirección del sitio donde se pueden ver cine-poemas que realicé anteriormente desde cualquier computadora o dispositivo móvil: https://goo.gl/y9a6LX
>> Martín Roda (1995)
Poeta y profesor de yoga. Coautor de (Di)sentires. Publicó Tres poemas, 2019; y Carne de Luz, 2020.
Durante casi cinco años leí solo poesía. La cuarentena me acercó nuevamente a la narrativa. Estoy leyendo a Mariana Enriquez y Adolfo Bioy Casares. Literatura argentina de ayer y de hoy. El terror y lo fantástico abriendo nuevas posibilidades, incluso para mi propia escritura, la cual en tiempos de cuarentena se activó bastante. Escribo todos los días, corrijo y comparto no solo poemas míos sino también de otres. A esto lo hago como gesto político: difundir poéticas contemporáneas me resulta muy importante, para que podamos nombrar con palabras individuales y colectivas la intensa transformación que vive nuestra humanidad a raíz de esta pandemia. La poesía y la literatura ocupan el lugar de los abrazos que no puedo darle a la gente que quiero. Nuevas dinámicas sociales se generan y la virtualidad es central en todo esto. Sin redes sociales, sin compartir poesía, me sentiría tremendamente solo.
>> Gloria Lenardón (1945)
Narradora y colaboradora de medios gráficos y digitales. Publicó, entre otras, las novelas La reina mora, A corta distancia y Shopping.
Contrariamente a lo que pensaba, que me iba a ir bastante mal -también es pandemia que el virus provoca depresión y dispersión-, retomé una narración corta, que no llega a ser una noveleta y empecé hace tiempo. Escribo con muchas interrupciones; si no interrumpo para leer, necesito cortar con lo propio y meterme en lo ajeno cuando la atención me falla; interrumpo para limpiar cualquier cosa de mi casa, sacar roña me viene bien, la exigencia de limpieza se me dio con el virus, espero que no me dure.
Sigo sujeta al momento a momento, soy de dejarme impresionar; en estos últimos años estuve más pendiente de la realidad que de la ficción, más deseosa de escribir contratapas, algunas notas. El centro fue la lectura de notas y artículos especializados, todo material que aportara algo para desenmarañar el día a día, una pretensión agotadora. Tiendo a la lectura urgente, aunque sorba la cabeza. Ahora a la par de averiguar las consecuencias del virus en la vida, leo a Betty Ruth Lozano Lerma, que en su trabajo sobre la posición de las mujeres negras afrocolombianas de Pensamientos Silenciados, aclara muy bien por qué de ningún modo la pasamos igual en este mundo. Después Boris Vian, algunos de sus cuentos no pueden dejar de releerse, y Giovanna Rivero, con su humor crudo y veloz.
>> Norman Petrich (1972)
Escritor y colaborador en medios digitales. Publicó, entre otros, Fuegos levantados en las sombras vigiladas y De qué boca caerán los silencios.
Lo que más me atrajo en lo que va del aislamiento es la lectura de un cuento o poema por día a través de una videollamada con mi hijo. Edgar Allan Poe, Julio Cortázar, Haroldo Conti, Silvio Ballan y Roque Dalton han hecho de puente entre nosotros. Con respecto a la escritura, no pude escribir ni un mediocre verso. He puesto más la energía en algunas notas y estuve editando. Estoy intentando ponerme en estado para volver al fulbito de los jueves usando unas tobilleras con peso, subiendo y bajando por las escaleras y hasta ahora sólo he conseguido no rodar por ellas. Algo es algo. He compartido algunos libros en formato PDF por Whatsapp o por Facebook. Ajenos, sobre todo a amigos y amigas a quienes la cuarentena agarró sin aprovisionarse. Míos sólo un par, para el 24 de marzo.
>> Sonia Scarabelli (1968)
Escritora. Publicó, entre otros, Flores que prefieren abrirse sobre aguas oscuras y El arte de silbar (poesía); La orilla más lejana (crónica).
Siempre leo mucho, es la actividad que más tiempo me insume (también por razones de trabajo). Antes de la cuarentena mis incursiones por Netflix eran más asiduas, ahora los libros se han vuelto la compañía más constante y se dispersan en pilas por la casa, como promesas de lo que vendrá mañana. En estos días leí un cuento de Juan José Saer que me encantó, Barro cocido, de Unidad de lugar. Estaba buscando otra cosa y caí al azar en ese cuento. Ahí nomás de empezar a leerlo, ya no lo pude dejar. El narrador relata la llegada de un forastero a un pueblito de la llanura seguida de la consiguiente anagnórisis. Están en medio de un año de gran seca y entre un grupo de amigos que se reúnen en un bar de la ruta le pagan el vino al sordo Sebastián Salas, un hombre muy viejo, para que les cuente de secas peores que haya visto. El episodio que les sirve de distracción se resuelve y concluye, pero ellos siguieron ahí “con nuestro silencio, nuestra soledad y nuestro miedo”. La situación particular ha tenido un desenlace, pero esa amenaza de fondo, esa parte incontrolable de la vida, no; sigue allí para el final del cuento, y siempre, en algún momento, reaparece la duda de quienes esperan: “Ya ni siquiera las historias del sordo Sebastián nos servían, porque si bien había habido muchas sequías en el pasado, no eran esta: esta sequía no había ocurrido jamás, y no había ninguna razón para que terminara en vez de ir empeorando. Así como no había habido ninguna razón para que las otras sequías terminaran con lluvia, ni había habido ninguna razón para que la sequía simplemente comenzara, no había ninguna razón que impidiera que esta sequía continuara indefinidamente, se extendiera cada vez más y acabara con todos nosotros”. No pude evitar la analogía y cierto sentimiento de complicidad y camaradería con los borrachitos del bar de Barro cocido, a pesar de vivir en una ciudad y tener a disposición la información y las conexiones actuales (excepto las redes sociales, que no frecuento). No pude evitar ese temblor, el de la incertidumbre frente a las grandes transformaciones, y la impresión de que existe un modo de las cosas (sentarnos muy cerca en los bares, por ejemplo), que tardarán en volver a ser como antes. En ese sentido, extrañé no poder marchar el 24 de marzo. Hay una energía en reunirse, en estar entre la gente en esa marcha, que siempre me renueva la esperanza. Y por otra parte, en nuestro país la calle es una forma de empujar la historia…, no sé.
En estos días, me senté a escribir un par de veces. La conciencia repentina del silencio, sobre todo, hizo su efecto. Son cosas que, probablemente, no lleguen a nada. Pero lo que hoy es una marquita en el papel, mañana encuentra otro cauce más ancho y se te aparece algo que llamarías un poema. Un poema es un gran regalo para quien escribe, independientemente de su valor para otros ojos.
>> Maia Morosano (1986)
Escritora, docente de escritura creativa, editora. Publicó, entre otros, Cuentemas del pez barbudo, Con el amor no alcanza, La puerta, Pronombres siderales.
Durante la cuarentena leo mucho, algunos libros para las clases de escritura pero muchos que tenía juntando polvo en el estante de los pendientes. Siempre comparto libros, sobre todo libros en papel, ahora no puedo pero sigo recomendando por las redes y tengo una web de mis talleres donde pueden bajarse un montón de libros www.patasdecabra.com.ar. La semana pasada lancé por instagram el regalo del audiolibro para niñxs y grandes Cuentemas del pez barbudo.
>> Patricio Raffo (1959)
Escritor, editor, colaborador en medios gráficos. Publicó, entre otros, Restos inexplicables, Dios hembra y El ritual del adiós.
La relación entre el escritor y la escritura no depende fundamentalmente de factores externos porque el primer proceso literario es íntimo, crece y se desarrolla para luego salir a la luz. Esa temporalidad no guarda relación con la tradicional: puede resultar que un texto salga con cierta urgencia del decir o descanse todo lo que tenga que descansar. Lo que nos hace escribir es la vida y la vida se entiende en relación a un otro. El aislamiento no es cuna literaria, es circunstancia. Si la escritura depende de una rutina o es necesario realizar una tarea de investigación, es probable que contar con el tiempo sin restricciones resulte interesante. Pienso que el aislamiento no es bueno; sin embargo, no todo está perdido. Queda esa manualidad tan creativa que es cocinar, tomar una copa de vino, leer, mirar una buena película, asentarse en el silencio extraño que nos rodea, con alguna música lejana, y bucear en la memoria hasta algún mínimo gesto que nos haya conmovido en un tiempo no olvidado, o que retorna misteriosamente, y ahí sí podría decirse que a través del aislamiento damos las primeras puntadas de un probable texto. En redes sociales comparto poco o nada. Para los textos están los libros, que son su caja de resonancia, el ámbito adecuado.