Cultura y Libros

Cuando todo está a punto de explotar

De manera microscópica, Valentina Vidal cuenta en Fuerza magnética un puñado de historias que suceden en el interior de una clínica privada que se encuentra a punto de ir a la quiebra.

Domingo 08 de Septiembre de 2019

Alina cruza acostada en una camilla los pasillos de la clínica. Vestida con una bata de flores mira el techo camino al quirófano. Huele a jabón desinfectante y tiene las uñas sin esmalte. Alina conoce cada rincón de ese lugar y sabe exactamente cuánto tardará en llegar a destino porque no sólo se atiende –es una paciente oncológica–, sino que también trabaja ahí. O al menos, lo hacía hasta que hace poco le diagnosticaron un cáncer. Jimena la acompaña casi todos los días. Ella es más que su compañera de oficina, también es su amiga. Y es quien se esfuerza por preservarla no sólo de una recaída física, también de ser testigo quieto de lo que por esos días sucede en la clínica. El reciente cambio de directorio, los negociados de la salud, el vaciamiento voraz de medicamentos, los despidos en puerta, las largas asambleas del sindicato, son parte del escenario trepidante en que se desarrolla Fuerza magnética, la reciente novela de Valentina Vidal.

Sin golpes bajos, sin siquiera mencionar la palabra cáncer y con algunos guiños de humor como catalizador de la crisis, Vidal toma la historia de Alina —la empleada que pasó a ser paciente— casi como hilo conductor de la novela. “Me gustaría que pudiéramos vivir las enfermedades oncológicas como un momento difícil del que hay que ocuparse sin que sea una sentencia. Una persona que pasa por una situación así, es alguien que atraviesa una enfermedad y que sigue siendo la misma persona de siempre. Por lo menos en algunos casos, se les exige a los pacientes que cambien su forma de ser y de pensar, como si de ellos dependiera la cura tan sólo por la actitud, llenándolos así de miedos y culpa”, dice la autora.

La novela tiene una particularidad: está contada a partir de microrrelatos. En un inicio se trataba de una serie de cuentos pertenecientes a un mismo universo, el de la clínica, cada uno con un principio y un fin. Pero durante el desarrollo, según la autora, los personajes pedían más que un cuento y la forma que tomó fue de una novela compuesta por capítulos breves que alternan los puntos de vista de cada uno de los protagonistas. “Me resulta muy interesante que se vean todos los ángulos posibles de una misma situación, inclusive hay momentos de plano secuencia para no perder nada de lo que está ocurriendo y lograr una mirada de 360° en toda su dimensión”, dice.

No es casualidad que Vidal haya utilizado el escenario cerrado de una clínica. Ella misma trabajó varios años en una que terminó cerrando sus puertas por ir a la quiebra. Fue así que decidió echar mano a ese objeto de estudio, tan cercano para ella, y como si se tratara de mirarlo con un microscopio lo observó a fondo y con precisión. Le sobraba conocimiento sobre el funcionamiento de un lugar de ese tipo, pero puso la lupa en los cambios que se producen en las relaciones interpersonales para contarlos de una manera incisiva.

Le interesaba narrar las situaciones que se desatan ante la desesperación de la pérdida del trabajo, frente al acoso laboral despiadado o de la desidia en relación a los pacientes. “Desde que el paciente ingresa por la mesa de entradas, a los técnicos, los camilleros, los médicos, hasta el grupo de empresarios que hay por detrás y por encima de cada ladrillo en la pirámide de una empresa que piensa al paciente como un número en su facturación. Es un círculo que se devora a sí mismo con un montón de personas en el medio”, dice.

La autora buscó diseccionar ese encierro y que fuera contado desde dos miradas. Una, desde Alina y el proceso de su enfermedad, que la encierra en su cuerpo, en sus alarmas físicas, sus incertidumbres y miedos. Otra, desde la de Jimena, amiga y compañera que la sustituye en su puesto mientras Alina queda internada en la misma clínica en que las dos trabajan.

“Jimena es la que observa cómo la empresa y sus compañeros se desmoronan. Ambas son las observadoras, desde sus individualidades, de un edificio que también es un cuerpo enfermo. El agobio y la sensación de encierro es la de estar apegadas a un núcleo tóxico como el de esa clínica de la que, por alguna razón, no pueden salir. Es un imán que todo lo atrae hacia sí y lo deglute. Las horas de guardia, los turnos de varios días seguidos sin dormir, provocan que las líneas que separan lo salubre de lo insalubre empiecen a desdibujarse dando lugar a pequeñas vías de escape, como puede ser tener sexo en el vestuario en el medio de una guardia”, cuenta.

Fuerza magnética ocurre puertas adentro de la clínica. Un espacio cerrado donde todo (o casi todo) parece a punto de explotar, como una olla a presión o una bomba de tiempo, de un momento a otro. Los protagonistas se mueven entre la resistencia y la traición. Viven envueltos en el agobio, la sordidez y cierta tensión sexual que aflora al compartir muchas horas de trabajo en el encierro. Los cheques sin fondo, el jefe que acosa, la jornada sin pausa de la residente que sigue de largo y ya no distingue entre el día y la noche. Tanto es así que el sopor de la vigilia interminable invade a quien la lee.

La residente que se masturba para poder dormir y Jimena que no pierde la ilusión de ver que se enciende la ventanita del chat con algún mensaje de Diego. Son las pocas líneas de fuga que dan la señal de que hay algo más allá afuera. Mientras tanto, puertas adentro de la clínica la vida y la muerte siguen presentes durante toda la jornada laboral y el derrumbe de la clínica toda parece inevitable. El que graba lo que se discute en las asambleas del sindicato para entregarlo a los nuevos dueños, el que se sienta con el directorio capaz de cumplir cualquier orden, el que hace la vista gorda ante el recorte de medicamentos oncológicos para mantenerse a salvo. ¿Acaso alguien podrá salvarse? ¿Hay lugar para el amor en tanta tierra arrasada?

“La amistad es lo que nos salva en los momentos de angustia y desolación. Es la red de contención más maravillosa que puede existir. Luego, lo colectivo, el darse cuenta de que nos necesitamos para salir de la opresión de turno”, dispara Vidal, convencida.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario